El primer club para mujeres
Hace un siglo se fundó en Madrid el Lyceum Club Femenino, considerado un notable avance de la liberación femenina

Un grupo de socias en el Lyceum Club Femenino de Madrid, retratadas por el famoso fotógrafo Alfonso.
La idea había surgido, cómo no, en Inglaterra. En 1904, la escritora y diseñadora Constance Smedley-Armfield fundó el Lyceum Club, un lugar de encuentro para mujeres según el modelo de los tradicionales clubs para caballeros que formaban parte esencial del tejido social británico. El ejemplo se expandió por el mundo y pronto hubo clubs femeninos en París, Berlín o Nueva York. En 1908 había ya una Asociación Internacional de Lyceum Clubs, pero a España no llegaría la onda hasta 1926.
Era una década fundamental para la liberación de la mujer. En 1920 se había introducido la 19.ª enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, dando a las mujeres norteamericanas el pleno derecho de voto, y en 1928 las combativas sufragistas inglesas culminarían su cruzada logrando el voto para todas las mujeres mayores de edad (lo tenían las mayores de 30 desde 1918). Pero quizá la mayor exhibición de empoderamiento femenino fue aquella Parada del Domingo de Resurrección de 1929 en Nueva York, cuando las puff girls (lit.: «chicas fumadoras») desfilaron fumando. Eran activistas del feminismo radical desafiando las convenciones sociales, que veían mal que la mujer fumase en público, aunque en realidad estaban manipuladas por Edward Bernays, psiquiatra y sobrino de Freud, que había puesto la psiquiatría al servicio de la publicidad, y estaba pagado por las tabaqueras para lograr que las mujeres fumasen tanto como los hombres. Triunfaron las puff girls, lograron que la mujer fumara en todas partes, aunque hoy vemos ese logro como una esclavitud y una desgracia.
En esa efervescencia feminista mundial hay que situar la creación en Madrid del Lyceum Club Femenino, en abril de 1926, recordada ahora por la aparición del libro El club de las modernas, de Eva Cosculluela. Paradójicamente, no corrían aires de libertad por España: desde 1923, el golpe militar del general Primo de Rivera había liquidado la democracia parlamentaria. Durante siete años España estuvo regida por lo que se llamó simplemente «la Dictadura», aunque este régimen autoritario no tendría comparación, en cuanto a dureza, con el fascismo o el comunismo. Para entender la ambigüedad de la dictadura de Primo de Rivera basta un detalle: en 1923, recién implantada, el dictador recibió muy atentamente a Isabel Oyarzábal, eximia feminista y una de las que fundarían el Lyceum Club, acompañada de dos pioneras del feminismo español, Benita Asas y Julia Peguero, que fueron a pedirle la implantación del voto femenino en España. Primo de Rivera les daría cierta satisfacción, igualdad de derechos con los varones. No les daría el voto a las mujeres, pero se lo quitaría a los hombres, pues suprimió las elecciones por sufragio universal.
De todas maneras y por si acaso, las fundadoras del Lyceum Club español tomaron ciertas precauciones para que la dictadura no mirase mal su asociación, nombrando presidentas de honor a la reina Victoria Eugenia y a la duquesa de Alba. Una tapadera conservadora para un proyecto progresista, pero fue uno de los factores que provocaron las críticas de algunas figuras del feminismo, como la escritora Carmen de Burgos, la famosa «Colombine», primera mujer española reconocida como periodista importante, o Margarita Nelken, que, sin embargo, luego se afiliaría al club.
Una conocida periodista, Teresa de Escoriaza, la primera española corresponsal de guerra, calificó al Lyceum Club de «un proyecto femenil con apariencia de feminista, fruto del esnobismo de algunas mujeres». Desde los sectores más conservadores llegaban críticas más agresivas, a veces grotescas, como la de que el Lyceum Club Femenino ocultaba un fumadero de opio.
Pese a esas opiniones adversas, el Lyceum Club Femenino nació en la biblioteca de la Residencia de Señoritas, una emanación de la Institución Libre de Enseñanza, dirigida desde su fundación en 1915 por María de Maeztu, que asumió la presidencia del Club.
Mujer de amplia cultura que dominaba cuatro idiomas y había viajado, estudiado o dado conferencias y cursos por Europa y América, María de Maeztu estaba considerada la primera pedagoga de España y sería la segunda mujer en ganar una cátedra de la Universidad de Madrid, honor solo alcanzado antes por Emilia Pardo Bazán. Pese a todos estos méritos, tras el estallido de la Guerra Civil, en septiembre de 1936, sería cesada por el Gobierno del socialista Largo Caballero.
Posiblemente, esa purga política se debió a que era hermana de Ramiro de Maeztu, político ultraconservador encarcelado por los republicanos. Un mes después de dejar la dirección de la Residencia de Señoritas, a la que se había dedicado en cuerpo y alma durante 21 años, recibiría un golpe aún peor, pues su hermano Ramiro fue «sacado» de la cárcel de Ventas junto a otros 31 presos políticos, que serían asesinados junto al Cementerio de Aravaca en la noche del 28 al 29 de octubre de 1936. Tras eso, María de Maeztu se exilió y no regresaría a España hasta después del triunfo franquista.
Las maridas
De un corte cultural e intelectual semejante al de María de Maeztu eran las otras cofundadoras del Lyceum Club, que formaron su junta directiva. Allí estaba como vicepresidenta Victoria Kent, la primera mujer que entró en el Colegio de Abogados de Madrid para ejercer la abogacía en los tribunales. De ideología republicana radical-socialista —aunque cofrade de la Macarena—, sería nombrada directora general de Prisiones tras el advenimiento de la República, y su labor de humanización de la condición carcelaria fue enorme. Fue también una de las tres mujeres diputadas en las primeras Cortes Republicanas, donde protagonizaría el famoso debate con Clara Campoamor sobre el voto femenino, al que Victoria Kent se opondría, conocedora de cómo era la condición femenina en la España de la época, y que el dominio de los curas sobre sus feligresas le daría la victoria a las derechas en las elecciones generales, como sucedió.
La otra vicepresidencia del Lyceum Club la ocuparía Isabel Oyarzábal, periodista, escritora y actriz de ideología socialista. En 1907 había fundado la primera revista femenina que existió en España, y fue pionera en el campo de la diplomacia, la primera mujer embajadora de España, función que desarrolló ante la corte de Suecia y, posteriormente, en Finlandia. Fue también la primera mujer española inspectora del trabajo, y en 1930 se convirtió en el único componente femenino de la Comisión Permanente para la Esclavitud de la Sociedad de Naciones, el antecedente de la ONU.
La secretaría del club la desempeñó Zenobia Camprubí, escritora y lingüista que tuvo un papel clave en el conocimiento por el mundo hispánico de Rabindranath Tagore, el premio nobel de Literatura indio, del que fue la primera traductora al español, llegando a traducir 22 volúmenes. Zenobia Camprubí estaba casada con Juan Ramón Jiménez, el poeta y escritor que también recibiría el Nobel de Literatura, y encabezaba el grupo de las Maridas, es decir, las esposas de los grandes nombres de la cultura y la política españolas.
Hoy día las Maridas nos parece un apelativo despectivo, pues implica cierta dependencia del esposo; sin embargo, en aquella época se veía como lo más normal. La periodista Magda Donato (seudónimo de Carmen Eva Nelken, hermana de Margarita Nelken), feminista militante que apoyó desde el primer momento al Lyceum Club, escribía sobre sus socias en El Heraldo de Madrid: «La mayoría de estas señoras llevan nombres ilustres. Unas se han labrado su fama con el esfuerzo de su propio valer, las demás tienen el raro, el excelso mérito de saber ser las ‘dignas’ compañeras de hombres notables».
Entre esas «dignas» Maridas se encontraban las esposas de José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, los escritores Pérez de Ayala y Gregorio Martínez Sierra, o figuras del socialismo como Julián Besteiro, Luís Araquistain o Álvarez del Vayo. Sin embargo, las Maridas se permitían reírse de sus maridos, como cuando el Lyceum Club organizó una performance a cargo de Rafael Alberti, entonces en plena etapa surrealista.
Alberti se presentó en la sede del club —instalada definitivamente en la histórica Casa de las Siete Chimeneas, uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil del siglo XVI de Madrid— disfrazado de Charlot, con una jaula con una paloma en una mano y un galápago en la otra, e inició su parlamento con un sarcástico ataque a Juan Ramón Jiménez, el marido de la secretaria del club, Zenobia Camprubí, siguiendo luego por otros maridos popes de la cultura, como Ortega y Gasset. Curiosamente, entre las regocijadas socias asistentes al numerito de Alberti, estaba la escritora María Teresa León, en ese momento marida de alguien no muy famoso, pero posteriormente divorciada y casada por lo civil con el propio Alberti.
Pero eso ya es otra historia.
