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El helicóptero Tigre que también tiene España derriba el 100% de los drones iraníes

La aeronave ha sido capaz de liquidar en el aire todos los Shahed encaminados a atacar sus bases en el Golfo Pérsico

El helicóptero Tigre que también tiene España derriba el 100% de los drones iraníes

Un helicóptero Tigre del ejército francés.

Todos. El cien por cien. Cada dron iraní del tipo Shahed que pase por delante de un helicóptero Tigre, que rece lo que sepa, porque caerá al suelo envuelto en llamas de forma casi garantizada. El felino aéreo no deja ni uno en el cielo. El dron que aterra a ucranianos y países árabes es pan comido para la aeronave que también posee el ejército español.

El dato lo ha aportado la Dirección General de Armamento francesa. Los helicópteros de ataque Tigre desplegados en el golfo Pérsico interceptaron y destruyeron absolutamente todos los drones que se les ordenó abatir. No falló ni uno. Un registro perfecto y envidiado por todos los ejércitos ante una de las amenazas más temidas en diversos escenarios de conflicto.

El dron kamikaze iraní ha sembrado la destrucción con una eficacia tan asombrosa y una relación destrucción/precio que varios países ya trabajan en un clon, incluido España. Esta munición merodeadora de fuselaje triangular vuela bajo, es lenta y es barata. Sus prestaciones la han convertido en uno de los referentes bélicos y uno de los grandes desvelos de estrategias y encargados de la defensa aérea.

Con un alcance que ronda los 2.500 kilómetros y una ojiva de unos 50 kilos, cuesta entre 30.000 y 50.000 euros la unidad. Ahí es donde reside su perversa eficacia. Por el precio de un solo misil interceptor occidental se pueden lanzar decenas. No gana por sofisticación, sino por saturación; su triunfo no estriba en agotar la paciencia de sus destinatarios, sino sus arcas.

Que el Tigre lo cace con un cien por cien de aciertos no es anécdota, sino el producto de una doctrina recién inaugurada. En Ucrania usan ametralladoras antiaéreas, drones de derribo por energía cinética pura, drones FPV o incluso avionetas civiles con voluntarios escopeta en mano. Lo de los helicópteros avanzados de combate es algo nuevo.

Francia desplegó cuatro de estos aparatos en Emiratos Árabes Unidos, Catar y Kuwait, países en los que París mantiene tropas en virtud de acuerdos de defensa. La virtud del Tigre frente a estos artefactos es casi de manual. A diferencia de un caza, que pasa demasiado rápido sobre un blanco que se arrastra a 185 kilómetros por hora, el helicóptero puede seguirlo con cierta calma, fijarlo con sus sensores electroópticos y derribarlo a una distancia idónea con su cañón de 30 milímetros.

Esta es, y no un mucho más costoso , la herramienta adecuada para el problema adecuado. La munición de cañón cuesta una miseria comparada con un interceptor de varios cientos de miles de euros, y una breve ráfaga a una baja cadencia programada puede mandar al cielo de los drones a la amenaza entrante. Ese desequilibrio económico es el verdadero campo de batalla.

Los pilotos franceses de Rafale han derribado decenas de Shahed con misiles MICA, magníficos pero carísimos: entre 600.000 y 700.000 euros cada uno. El resultado fue tan previsible como inquietante: los arsenales empezaron a vaciarse a un ritmo insostenible. Gastar 700.000 euros para abatir un trasto de 30.000 es, a la larga, perder ganando. El cañón del Tigre invierte esa ruinosa ecuación.

Para entender la magnitud de la amenaza, hay que mirar su genealogía tecnológica, porque el Shahed ha hecho escuela como pocos sistemas. Su origen primigenio es ya de por sí una ironía geopolítica. Nació de la ingeniería inversa que Irán practicó sobre la munición merodeadora israelí Harpy. En alguna ocasión, alguna unidad hebrea debió caer sin estallar —mera especulación, pero posibilidad bastante real—, y los archienemigos de los judíos perfeccionaron su diseño.

Entonces, Teherán lo convirtió en producto de exportación, y Rusia lo adoptó con entusiasmo bajo el nombre de Geran-2. La industria exsoviética lo ensambló bajo licencia en el vasto complejo de Yelabuga, en Tartaristán, adaptado al sistema de navegación GLONASS, el GPS de Moscú. A partir de ahí, la copia se ha vuelto casi una pandemia. Estados Unidos ha desarrollado al menos dos clones, el MQM-172 Arrowhead y el LUCAS, este último nacido en Arizona, como respuesta low cost en contraste con su reconocido arsenal repleto de armas exquisitas y costosas.

China exhibió su Feilong-300D y su Sunflower 200, un copiapega del original iraní. Hasta Taiwán y Corea del Norte han presentado plataformas inspiradas en el mismo diseño. El zumbido de ciclomotor del Shahed —así lo describen los ucranianos— se ha convertido en la banda sonora de la guerra contemporánea. En realidad, el motor de muchas de sus versiones procede de un cortacésped.

Un dron antidrones

En su última iteración, los rusos han dado una vuelta de tuerca a la idea: han empezado a montar misiles antiaéreos portátiles Igla sobre sus Geran-2. Drones con un sistema de misiles a bordo destinado a cazar a los helicópteros que intentan derribarlos. El detalle eleva el mérito del registro francés, porque significa que el Tigre se enfrenta a un blanco que, en algunas versiones, puede morder de vuelta.

Y aquí entra España. El Ejército de Tierra opera 18 Tigre HAD-E desde la base de Almagro, donde vuela el Batallón de Helicópteros de Ataque número uno. Buena parte de esos aparatos salieron de la planta de Airbus Helicopters de Albacete. No hablamos de material prestado, sino de una capacidad industrial y operativa propia, asentada y con horas de vuelo reales a sus espaldas, incluido un despliegue en Afganistán.

Los Tigre españoles y franceses comparten el mismo cañón de 30 milímetros que ha firmado el pleno antidrones, los cohetes de 68 milímetros y los misiles aire-aire Mistral. La misma familia cuya última versión, la Mistral 3, está integrando ahora Francia para reforzar la interceptación aérea. Lo que vale para batir un Shahed en el cielo de Abu Dabi vale, exactamente igual, para batirlo en la defensa aérea nacional.

La vía española

Pero el aparato español guarda una baza. El Tigre francés arrastró durante años el misil estadounidense Hellfire y solo ahora se afana en sustituirlo por el europeo MAST-F para emanciparse de la dependencia americana; España resolvió esa papeleta hace tiempo con el Spike israelí. Su versión aérea, el Spike ER, alcanza ocho kilómetros, y la modernización contratada incorpora ya el ER2 y el avanzado LR2, un misil con inteligencia artificial capaz de batir blancos a esa misma distancia desde el helicóptero.

El Tigre es, eso sí, un aparato controvertido. Australia lo devolvió y compró Apaches estadounidenses. Alemania amagó con jubilarlo en favor del ligero H145M. Las razones esgrimidas fueron comunes: baja disponibilidad, el exceso de burocracia que rodea a su operativa, una fiabilidad irregular y retrasos en las mejoras. Ni siquiera Francia escapó, principal valedor industrial del proyecto, con tasas de aparatos listos para salir volando que rondaron durante años un escaso 30 o 40% de la flota.

En España, sin embargo, la historia adquirió un guion distinto. El Tigre llegó como segunda opción, un helicóptero que los militares habían descartado al principio en favor del Apache americano, y acabó demostrando ser más sencillo de mantener y notablemente robusto, aunque más caro.

Una versión específica

La versión nacional incorporó mejoras en la planta motriz y equipamiento propio. Los dieciocho aparatos se encaminan hacia el estándar Mk. III. El programa de mejoras costará 1.180 millones de euros, y añadirá un visor de mástil, nueva guerra electrónica y enlace con drones. La tasa de utilización, se dice, es la más alta de todos los ejércitos para los que está en servicio. Sus mecánicos hacen un trabajo extraordinario.

El mismo helicóptero que medio mundo ha querido jubilar acaba de firmar un pleno frente al dron que aterroriza Oriente Próximo, y España posee una flota de esos cazadores en perfecto estado de revista. En un escenario de saturación creciente, donde el peligro vuela bajo, barato y en enjambre, el Tigre español no sería un lujo europeísta, sino exactamente lo que su nombre promete: un muro aéreo. No viene mal que tenga sus dientes afilados, por si tiene que dar bocados en el aire. Otros suspiran por él.

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