Zubin Mehta cumple noventa años
No seremos pocos los oyentes de mi generación que descubrimos a Mehta en el primer concierto de Los Tres Tenores

Zubin Metha.
Zubin Mehta (Bombay, 1936) acaba de cumplir 90 años y aún no se ha bajado del podio. Su última gira en España mostró a un director al límite de sus fuerzas y nos dejó con la duda de si realmente vale la pena exhibir la decrepitud de forma tan ostensible e impúdica, por mucho que el maestro conserve destellos de su pasado esplendor. A veces la industria se deja cegar por su propia codicia y comete indignidades embarazosas como la que pudimos ver. Hace unos años, Mehta ya había hecho una gira de despedida con la Filarmónica de Israel, una de sus orquestas más queridas, que sin duda hubiera constituido el perfecto colofón a una carrera a fin de cuentas admirable.
No seremos pocos los oyentes de mi generación que descubrimos a Mehta en el primer concierto de Los Tres Tenores en las termas de Caracalla, en 1990, cuando la cultura de masas aún gozaba de la inercia de lo que había sido la exigencia de aquel siglo. Allí conocimos a un director capaz de dirigir y ensamblar dos grandes orquestas como la de la Ópera de Roma y la del Maggio Musicale Florentino, muy hábil también en su capacidad para acompañar a Domingo, Carreras y Pavarotti, adaptándose al estilo de cada cual e incluso reaccionando a sus improvisaciones.
Recordarán muchos de ustedes aquel momento estelar, luego imitado y banalizado en posteriores ediciones del triunvirato, no tan felices e incluso ridículas, en que Pavarotti, hacia el final del concierto, cuando el trío cantaba O sole mio, decidió marcarse un trémolo imprevisto que enardeció al público y sorprendió a sus colegas españoles. Picados por la exhibición del italiano, Domingo y Carreras se confabularon entonces para hacer lo propio, pero a dúo, dejando perplejo al propio Pavarotti y enloqueciendo al auditorio. Pues bien, si vuelven a ver la actuación, observarán que en el momento en que Pavarotti improvisa su gorjeo, Mehta aguanta a la orquesta y lo vuelve a hacer cuando Domingo y Carreras replican el trémolo, en un perfecto juego de atención y rigor, convirtiendo, de hecho, la improvisación en regla.
Cuando nos hicimos mayores y empezamos a oír música en serio, Zubin Mehta quedó relegado en favor de otros directores que nos parecían más respetables y menos condescendientes con el gusto popular. Quizá por ello el director nunca se ha librado de la sombra que el éxito comercial proyectó en su figura, eclipsando los indudables méritos que han vertebrado una trayectoria tan versátil y desbordante como coherente y leal. Una vez superados los prejuicios que en estas aficiones suele dispensar el esnobismo, poco a poco descubrimos en él a un director con una sólida formación y una brillante discografía.
Hijo de una familia parsi ya dedicada a la música en su Bombay natal, a los 18 años Mehta se fue a Viena a estudiar dirección con Hans Swarowski, en cuya escuela coincidió con Claudio Abbado y Daniel Barenboim, no por casualidad las otras dos figuras más importantes de su generación. De Swarowski, un profesor que exigía una fidelidad cuasirreligiosa a la ortodoxia, Mehta aprendió una impecable técnica de batuta que, a diferencia de Abbado y Barenboim, siempre se ha mantenido clara, nítida, elegante y precisa, sin apenas desvíos ni extravagancias (Abbado terminó siendo tremendamente amanerado y Barenboim algo descuidado y caprichoso en ocasiones). No es raro que Celibidache, al final de su vida, cuando la salud le impedía cumplir con sus compromisos, tolerara a Mehta en su podio de la Filarmónica de Múnich. A pesar de su distancia con la escuela de Swarovski, el rumano acabó reconociendo a Mehta —quizá también influyó en ello su común idiosincrasia oriental— como un director honesto y respetuoso. El propio Mehta ha contado que dirigir con Celibidache sentado a sus espaldas fue una de las experiencias más intensas de su vida.
El caso de Mehta demuestra que también puede haber mucha calidad en el mainstream. Un repaso a su discografía con las orquestas que más y mejor ha trabajado nos da un buen número de grabaciones magistrales en distintos géneros y autores. Mehta empezó su carrera fulgurante como titular de la Filarmónica de Los Ángeles (1962-1978), formación a la que dotó de una elevación y un rigor que nunca antes había tenido y con la que grabó discos memorables, como el que contiene La consagración de la primavera y Petrushka de Stravinsky, unas versiones tremendamente vívidas y cromáticas, excitantes y frescas. También con la LA Phil nos dejó magníficos álbumes de música americana, de John Williams o Aaron Copland. Su carrera siguió luego con la Filarmónica de Nueva York (1978-1991), una época en que la crítica local fue bastante despiadada con él, pero en la que nos regaló una quinta de Mahler excepcional, sin duda una de las mejores interpretaciones de una sinfonía que puede vencerse fácilmente del lado de lo kitsch, pero que Mehta templa y moldea con mano sabia hasta el último detalle.
Una de las peculiaridades del maestro es que, a diferencia de otros grandes directores, no tiene una especialidad manifiesta ni tampoco un sello distintivo en su estilo. No hay un sonido Mehta como sí lo hay en el caso de Karajan, Bernstein o Celibidache, cuya personalidad, por mucho que dijeran, terminaba por invadir la partitura. El estilo de Mehta consiste, en cambio, en una especie de escape from personality, como pedía T. S. Eliot para la poesía, una huida de la subjetividad y de las emociones que quizá pueda explicarse por sus raíces orientales. Mehta siempre ha defendido que el sonido debe ser el del compositor y no el de la orquesta o el director. Su lectura es en ese sentido muy filológica y ajustada al texto, sin los añadidos ni las modificaciones que suelen aplicar algunos directores para encajar la partitura en su particular lecho de Procusto.
Mehta ha tenido durante décadas una relación privilegiada y fructífera con la Filarmónica de Israel, de la que llegó a ser nombrado director vitalicio. (Aunque este año ha cancelado todos sus compromisos con la orquesta como protesta contra la política de Netanyahu). Con los israelíes nos ha dejado al menos tres grabaciones extraordinarias. Para empezar, una sorprendente que incluye la octava y la nullte —la primera y descartada— de Bruckner. Digo sorprendente porque esa orquesta en principio no ha sido nunca muy afín al compositor austríaco favorito de Hitler. Pero Mehta consiguió transformarla en el vehículo ideal para esa monumental música vienesa para la que siempre ha demostrado una particular sensibilidad. Ahí además el maestro evidencia otra de sus particularidades, que es su admirable capacidad para enfrentarse a obras muy difíciles, como la quinta de Mahler o esta octava de Bruckner, una verdadera catedral del sonido para cuya arquitectura muy pocos están dotados. No hace muchos años, este oyente lego vio dirigir a Mehta esta sinfonía con la Filarmónica de Berlín —de memoria— en un concierto sensacional.
Tan difícil como la octava es la novena del propio Bruckner, otro tour de force para cualquier director que Mehta también borda con increíble pericia, como se demuestra en la grabación que hizo en 1989 con la Filarmónica de Viena. Pero siguiendo con los hitos de la Filarmónica de Israel, hay que destacar al menos dos álbumes más. El primero es una de las mejores interpretaciones que se han hecho en nuestro tiempo de la novena de Schubert, la Grande, una pieza también muy compleja que Mehta ejecuta con asombrosa brillantez, con un balance exquisito, el tempo justo, extrayéndole a la partitura toda su alegría solar. Y el segundo es un maravilloso Concierto para orquesta de Béla Bartók, otra obra difícil que bajo la batuta de Mehta restalla llena de vida y jovialidad, con la sabiduría de la tradición, pero sin el peso de la rutina.
Mención aparte requeriría la dedicación del maestro a la ópera, terreno en el que nos ha dejado también grabaciones espléndidas, como un Turandot de Puccini, muy temprano —es de 1973—, con Pavarotti, Sutherland, Caballé y la Sinfónica de Londres. O un Trovatore de Verdi, aún más antiguo, de 1970, con Plácido Domingo y la New Philharmonia. Se entiende que Mehta haya sido un director favorito de los cantantes porque es muy bueno acompañando, una habilidad para la que no solo hay que tener talento, sino también humildad, pues un director es sobre todo alguien que debe saber escuchar.
Pero si hubiera que elegir un solo disco de Zubin Mehta mi elección personal sería su grabación de la cuarta sinfonía de Franz Schmidt con la Filarmónica de Viena (1972). Schmidt fue un compositor tardoromántico, alumno de contrapunto de Bruckner en sus últimos años, muy católico y aclamado por los nazis, lo que ensombreció su posteridad. Su cuarta sinfonía, compuesta en 1933 como réquiem por su hija, fallecida al dar a luz, es una obra tremenda que Mehta leyó como nadie, enfatizando el dramatismo bruckneriano y dándole a su vez un siniestro eco mahleriano que en conjunto parece sintetizar lo mejor de sí mismo como intérprete.
