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Cultura

Europa es hija de la cultura

El libro de Orlando Figes, ‘Los europeos’, nos abre una vía de esperanza: la cultura como mejor camino para la civilización

Europa es hija de la cultura

El escritor Orlando Figes. | Wikimedia Commons

El catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Florencia, Franco Cardini, nos enseña en Las rutas del conocimiento (Alianza, 2025) que, aunque los griegos delimitaron las fronteras de Europa y los romanos nos unieron culturalmente, Europa se forja en la Edad Media que —aunque sangriento— engendró un mundo abierto e interconectado, en el que se forjan los proyectos e ideas que fructificaron a partir del Renacimiento, que es cuando surge Europa en plenitud como ideal común.

Más convincente me resulta la tesis del historiador británico, nacionalizado alemán, Orlando Figes, en su monumental Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita (Taurus, 7ª ed. 2022), que sitúa el nacimiento de Europa, como entidad cultural compartida, en el apasionante siglo XIX, tras las revoluciones burguesas de fines de la centuria anterior.

En el siglo XIX se entremezclan en la cultura europea las nacientes revistas literarias (como la Revue des deux mondes) con las grandes óperas italianas de Verdi, Bellini, Rossini o Donizetti, francesas de Berlioz o Bizet, checas de Smetana o alemanas del siempre difícil Wagner o las bufas de Offenbach; los enormes literatos que son Victor Hugo, Byron, Charles Dickens, Zola, Henry James, Walter Scott, Tolstoi, Flaubert, Balzac o Dostoievski; los impresionistas en la pintura; los salones musicales y los literarios, las exposiciones universales como la de París de 1855; compositores elegantes como Chopin o Liszt y, por supuesto, las orquestas, los solistas, los tenores y las sopranos, los traductores, los editores y los empresarios culturales.

Y todos ellos en un continente progresivamente comunicado a través de la red ferroviaria (y también la fluvial por el Danubio y el Rin) que permite, también, el florecimiento del turismo para conocer lugares «auténticos y únicos que no pueden ver en casa», tal como escribió Trollope en sus Travelling Sketches (1866), valiéndose de las nacientes guías Murray que indicaban a sus lectores qué debían ver.

Escribe Orlando Figes que, con la eliminación de las fronteras, los ferrocarriles acabaron con los odios y las divisiones, con la «estrechez de miras» que dijo Mark Twain. Y añade el historiador que «la sensación de ser europeo estaba en sí misma ligada a la capacidad para mirar hacia afuera que aportaban los viajes internacionales. Los ferrocarriles permitieron a las personas de todo el continente verse a sí mismas como europeas en sentidos inéditos. Esta sensación de ser parte de ‘Europa’ estaba relacionada con la posibilidad de viajar en tren en cualquier rincón de ella».

«La Europa naciente en el siglo XIX era una civilización internacional, una República de las Letras basada en los ideales ilustrados»

La Europa naciente en el siglo XIX era —asegura Figes— una civilización internacional, una República de las Letras basada en los ideales ilustrados de la razón, progreso y democracia. Eso es lo que quiso decir el ruso Turguénev (uno de los tres ejes protagonistas de la obra junto con la soprano Pauline Viardot, de origen español, y su marido, Louis Viardot, empresario y experto en arte) cuando proclamó: «Soy europeo y amo a Europa; pongo mi fe en su insignia, que he portado desde mi juventud».

Dostoievski le descalificó como «protoccidental» por insultar a Rusia, y es que los límites de Europa alientan aun encendidos debates. ¿Una Europa que empieza en las Islas Británicas o en la Península Ibérica y que acaba en la frontera siberiana? ¿O la gran Rusia no es Europa? Para Turguénev desde luego lo era, pero no para la inmensa mayoría de sus compatriotas. Turguénev era un referente para todos los que se identificaban como europeos, que alentaban ese ideal en un tiempo que conoció asimismo el surgimiento de los movimientos nacionalistas compatible con una fuerte corriente internacionalista que tuvo, entre otras voces influyentes, las de Mazzini o Hugo, siempre defensores de la moralidad pública, la libertad y la cooperación entre las naciones, y el cosmopolitismo.

Esas voces fueron dramáticamente desoídas en el final del siglo, en el que la desintegración —llámese guerra franco-prusiana que antecedió a la primera gran guerra— echó al traste algunas de las metas que se habían ido trazando. Con algunas, pero no con todas, pues, por ejemplo, fructificaron algunas convenciones internacionales como la de Berna de 1883 sobre propiedad intelectual, la del Transporte de Mercancías por Ferrocarril de 1890, y además, se instituyeron, entre otros, la Unión Telegráfica Internacional, la Unión para el Sistema Métrico o la Unión Postal Internacional.

Las guerras políticas no se impusieron sobre escritores y artistas que consignaron la victoria de la «cultura europea» como síntesis de las sensibilidades e identidades que caracterizaban este pequeño continente al que, unen valores e ideas comunes, que a mi juicio, en no poca medida, tienen su basamento en los principios triunfantes en la Revolución francesa, que cerró el siglo XVIII, y que se resumen en tres: el principio de legalidad, la separación de poderes y la interdicción de la arbitrariedad; y la garantía de los derechos y libertades fundamentales. La civilización europea solo se explica de y a partir de los mismos, de modo que cualquier mala interpretación o aplicación que de ellos se haga comporta una menor y peor europeidad, que solo se construye políticamente —con no poco esfuerzo— tras la devastadora Segunda Guerra Mundial.

«La integración europea fue la primera inyección de optimismo de una Europa deprimida tras las dos guerras mundiales»

La integración europea, que dio sus primeros pasos con la constitución de las tres Comunidades (CEE, CECA y EURATOM), fue la primera inyección de optimismo de una Europa deprimida tras las dos guerras mundiales. El proyecto se consolidó, se amplió el club de socios y se trazaron nuevos objetivos y políticas comunes en el seno de la ahora bautizada como Unión Europea. Los españoles —que nos sentimos herederos de Ortega ansiábamos ser parte de la Europa, de la que somos arquitectos— nos bañamos de optimismo el día de la firma en el Palacio Real del Acta por la que superábamos traumas y ostracismos. Nada es igual para nuestro país desde 1985.

Nos sumamos al proyecto de integración europea en un momento dulce que resplandeció cuando empezaron a circular los billetes y monedas de euro el 1 de enero de 2002, y que perduró al menos hasta el final de la primera década del siglo XXI. Los últimos años alientan una crisis que ha dejado de ser subterránea para cubrir la superficie, aunque algunos parecen preferir aparentar normalidad o confiar en que algún golpe de fortuna haga recuperar el crédito (perdido) del continente en el que vivimos. El hongkonés Yuk Hui, doctorado en el Goldsmiths College de Londres, parte de la crisis de identidad del continente europeo, tributario entre los dos grandes imperios contemporáneos, y se pregunta (en Post-Europe, Milatabs Mutandis, 2018) sobre la posibilidad de entablar un diálogo constructivo entre Occidente y Oriente, entre lo viejo y lo nuevo, entre el balneario decadente y el palacio tecnológico de la sociedad digital.

La realidad es testaruda y nos muestra un glosario de epítetos que definen la progresiva irrelevancia política y económica de la Europa del siglo XXI: estado comatoso, colapso, desdicha, caricatura, bochorno, parálisis, pasividad, falta de músculo, división. Se ha llegado a escribir incluso que: «Europa tiene fecha de caducidad, fruto de errores y frivolidades». Muchos insisten en el hiperregulacionismo y otros en la macroburocratización; algunos denuncian la exacerbación de las tensiones nacionalistas o la dominación de populismos cortoplacistas; y, por supuesto, recuerdan la ausencia de un liderazgo capaz de redefinir la posición de Europa en un mundo multipolar, pero en el que es un mero invitado de piedra en gran parte porque su estructura política, que se basa en el principio de legalidad y en el consenso interno, reduce muy apreciablemente su margen de maniobra.

El libro de Orlando Figes nos abre un camino de esperanza: la cultura como mejor camino para la civilización, que no es otra, ni puede serlo, que la occidental, cuyos principios y valores son nuestras señas de identidad. Fue en Europa donde nació la idea de libertad, donde nació el Estado constitucional, donde florecieron las letras y las ciencias, donde la letra y la música se hicieron gigantes. Sigamos escuchando a Figes y creyendo en la fortaleza que esos valores y principios representan, aunque, ciertamente, no olvidemos construir una arquitectura de seguridad.

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