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Cultura

Santayana: para entender el regreso de la religión

«Para el pensador, la religión no es sino una de las principales manifestaciones de lo que denomina la vida de la razón»

Santayana: para entender el regreso de la religión

George Santayana. | Wikimedia Commons

En una de sus últimas intervenciones en THE OBJECTIVE, Félix de Azúa afirmaba que «hace ya varios meses que se van acumulando noticias sobre un regreso del cristianismo y nadie sabe cómo ha sido. Empezó, si no recuerdo mal, con noticias sobre jóvenes abrazando la fe de un modo masivo, lo cual es estupendo si se considera lo que nosotros abrazamos, o nos pinchamos, en nuestra juventud. Ahora bien, eran noticias, es decir, novedades, opiniones de periodistas o de agencias, o de entes de la comunicación y propaganda, de mercaderes. ¿Quién se puede fiar de ellos en un asunto como este?». Es cierto que el periodismo, máxime si es patrio, se encuentra seriamente desacreditado, pero también hay encuestas y estudios especializados sobre el tema que corroboran ese presunto retorno del cristianismo, hasta el punto de que vuelve a adquirir vigencia aquella célebre frase de Malraux que, al parecer, Malraux nunca dijo: «El siglo XXI será religioso o no será».

Ahora bien, ¿cuál es la religión que viene? El propio Azúa se descolgaba en su artículo con una suerte de profesión de fe, nunca mejor dicho, en las virtualidades teóricas del protestantismo frente a la presunta superficialidad intelectual de un catolicismo que desde tiempos inmemoriales parece haber renunciado a pensar. No obstante, un maestro de la estética como Azúa debería haber reparado en que, como ya señalara Ortega, el catolicismo da la batalla teológica a través del arte y la estética, sin que ello implique, ni mucho menos, una falta de profundidad, sino, más bien, todo lo contrario, tal y como han venido a reconocer a lo largo de los años muchos insignes intelectuales protestantes reconvertidos que vieron precisamente en tal aspecto una indiscutible superioridad.

De lo que no cabe duda, en cualquier caso, es de que volvemos a encontrarnos (lo hemos comprobado de forma reincidente en la pasada Semana Santa) con los sempiternos polos opuestos en disputa desde los tiempos, al menos, de la Ilustración. Por un lado, encontramos a los que, de un modo más o menos fervoroso, defienden las verdades literales de la fe, considerando, en efecto, que en ellas se encuentran, casi en términos de exclusividad, la «verdad y la vida», mientras que, en otro, se sitúan quienes, desde una mentalidad rígidamente positivista, reducen la religión a poco más que una forma de superstición sin relación alguna con la verdad. Existe, sin embargo, la posibilidad de un tercer término que vendría a representar, en cierto modo, una suerte de superación dialéctica: es el que representan los que, desde posiciones intrínsecamente escépticas, consideran el fenómeno religioso desde una perspectiva que podríamos llamar trascendental: no concentrándose tanto en el qué, sino en el cómo.

Es el caso de George Santayana en La razón en la religión, tercer volumen de La vida de la razón, editada con admirable solvencia y escrupulosidad por la editorial asturiana KrK. Declarándose filosóficamente materialista y ateo, Santayana no solo no desprecia la emergencia ocasional del espíritu en la vida de los seres humanos, sino que lo considera el lugar privilegiado desde donde podemos llegar a amar y comprender la realidad. Ello le lleva a situarse frente a la religión de la forma en que, en mi opinión, debería hacerlo cualquier filósofo que se precie: no desde un cuerpo rígido de ideas preconcebidas que aplasten, a la postre, la posible comprensión del fenómeno, sino desde una disposición escéptica, en el sentido más genuino del término, que aspire a investigar y, llegado el caso, a apreciar la razón de ser, así como sus infinitas virtualidades, de un fenómeno tan complejo y tan determinante en la evolución de la humanidad.

Comenzar, por ejemplo, como suele hacerse desde el racionalismo ilustrado, planteando la existencia de una serie de verdades sancionadas por el discernimiento racional que, precisamente a partir de sus propias razones, resultan virtualmente antitéticas a otras realidades, a las que se reputa con desprecio de irracionales, no solo implica una consideración de la razón en el fondo tremendamente improductiva, sino que supone también una insalvable petición de principio que contamina de forma decisiva el desarrollo posterior de toda la investigación: «Al final —afirma Santayana—, el ateísmo y las sonoras protestas de muchos pensadores eran de hecho la parte más apresurada de su pensamiento, dado que lo que les envalentonaba a negar la fe de la gente común era que ellos tenían demasiada prisa para entenderla».

«Desde un escepticismo radical, el pensador puede valorar las valiosísimas verdades que encierra la religión»

Ya antes de La razón en la religión, Santayana se había ocupado de la naturaleza de las creencias religiosas en uno de sus primeros libros: Interpretaciones sobre poesía y religión. Allí comienza a desarrollar su tesis de que la religión no es sino una suerte de poesía moral que responde a las necesidades más profundas de una determinada cultura, pero que, al contrario que la poesía entendida como producción artística individual, sí aspira a intervenir en la realidad. Ello implica que, desde un escepticismo radical, el pensador puede valorar las valiosísimas verdades que encierra la religión, como las encierra también, por ejemplo, la poesía de Dante, al que considera paradigma de la poesía filosófica, si bien asumiendo que nada tienen que ver ni unas ni otras con las que se promulgan desde una perspectiva científica o filosófica.

No obstante, también puede derivar de ahí el principal problema que, en su opinión, presentan las religiones: si esas verdades, en vez de interpretarse en su proyección simbólica o imaginativa, se las entiende de forma literal y se las codifica en forma de dogma, devienen fanáticas y peligrosas. «La religión —afirma el pensador— es poesía que se ha tornado en guía de la vida, poesía que ha sustituido a la ciencia o se le ha superpuesto como acercamiento a la realidad suprema». La poesía, por el contrario, «es religión sin eficacia práctica y sin ilusión metafísica».

Desde tales premisas, La razón en la religión supone un desarrollo sustancial al tiempo que una profundización de carácter más sistemático en estos planteamientos iniciales. Al contrario que Henry James, su maestro, que, como buen protestante, adopta un enfoque esencialmente individualista y psicológico para abordar el fenómeno de la fe, Santayana, culturalmente católico, lo hace desde un plano de mayor objetividad, en el que jugarán un papel fundamental la tradición, los rituales o la propia dimensión estética del fenómeno. La religión no es sino una de las principales manifestaciones de lo que él denomina la vida de la razón, entendiendo aquí razón como todos los procesos, tales como el arte, la ciencia o el propio sentido común, a través de los cuales el ser humano adapta y transforma su vida en la trama de la naturaleza.

El pensador, en tal sentido, irá abordando las diversas tradiciones religiosas, así como algunas de sus expresiones más propias y relevantes, como la piedad, la caridad o la creencia en la inmortalidad. El resultado es una obra que, con la maestría estilística marca de la casa, nos permite profundizar sin dogmatismos de ningún tipo en la dimensión moral y espiritual de la religión y comprender, por extensión, su presunto regreso a un mundo al que la ciencia y la tecnología, según apuntaban los ilustrados con su ingenuidad habitual, deberían haber librado de todo rastro de idolatría. ¿Por qué vuelve, entonces, la religión? Porque las necesidades más profundas del corazón humano, diría Santayana, han sido defraudadas por las promesas de una razón que se ha prohibido soñar.  

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