Dejó su vida perfecta por una misión: acompañar a niños enfermos ingresados
Majo Gimeno, fundadora de Mamás en Acción, lidera un movimiento que ha convertido el amor en tratamiento médico
Imagine por un momento a un niño de dos años enfermo, ingresado en un hospital… y completamente solo. Sin una mano que le tranquilice, sin una voz que le diga que todo va a ir bien. No es una escena aislada. En España hay más de 50.000 menores bajo el sistema de protección de la infancia y, cuando enferman, muchos de ellos atraviesan el hospital en soledad.
Esa realidad cambió la vida de Majo Gimeno. Fundadora de Mamás en Acción, pasó de tener una vida «perfecta» con trabajo estable, conciliación, una hija recién nacida, a liderar un movimiento que ha convertido el amor en parte del tratamiento médico.
Majo revive el momento que lo cambió todo. Corría 2013 cuando, en el Hospital La Fe de Valencia, vio una habitación abierta sin nombre en la puerta. Dentro, un niño pequeño, completamente solo. «¿Cómo que está solo?», preguntó. La respuesta fue demoledora: «Es que ese niño no tiene padres».
Aquella escena no se le borró nunca más. Durante meses intentó olvidarlo. No pudo. «Se me clavó muy dentro», confiesa. Lo que empezó como indignación se convirtió en obsesión. Hablaba del tema con amigos, familia, compañeros de trabajo. Nadie parecía comprender del todo la magnitud del problema. Hasta que tomó una decisión: dejar de quejarse y hacer algo.
Así nació Mamás en Acción: cuatro amigas, 40 euros y una idea sencilla pero revolucionaria. Acompañar a niños hospitalizados que no tienen a nadie. Lo que en un inicio parecía un gesto humano acabó revelando algo mucho más profundo. Con el paso de los años y miles de horas de voluntariado, el Hospital La Fe detectó un patrón inesperado: los niños acompañados por Mamás en Acción se recuperaban antes. Y no solo eso. En casos de menores maltratados, no desarrollaban el patrón de agresividad habitual en estos perfiles.
Había una explicación: la «cariñoterapia». «Sin saberlo, estábamos aplicando una terapia con base científica», explica Majo. El afecto reduce el estrés, baja el cortisol, fortalece el sistema inmune y mejora la recuperación. Pero además, deja una huella emocional capaz de cambiar vidas.
El primer caso de la organización marcó el camino. Un niño de siete años, víctima de un maltrato extremo, pasó más de cinco meses ingresado. Durante ese tiempo, las voluntarias se turnaron las 24 horas del día para no dejarle solo ni un minuto. «Dormíamos en el hospital, sin saber muy bien qué hacer, solo acompañar», recuerda.
Aquel acompañamiento no solo salvó al niño. También permitió documentar, casi sin pretenderlo, uno de los registros más valiosos: un diario de su recuperación emocional, escrito turno a turno por las voluntarias. Ese material fue clave para que los médicos demostraran científicamente el impacto del cariño en la recuperación.
Hoy, Mamás en Acción cuenta con cerca de 3.000 voluntarios y acompaña a tres perfiles de menores: niños maltratados, niños con padres que no pueden estar con ellos por situaciones extremas y menores tutelados por la Administración.
Todos tienen algo en común: una profunda herida de soledad. «Lo que estos niños no tienen es cariño», afirma Majo. «Y eso cambia todo». Porque un niño solo en un hospital no solo sufre físicamente. También emocionalmente. Tiene miedo, ansiedad y su recuperación se ralentiza. En cambio, cuando alguien le acompaña, que alguien está ahí solo por él, ocurre algo poderoso: empieza a sanar de verdad.
¿Se puede curar esa herida de abandono? Majo no duda: «No sé si se cura, pero sí se puede paliar. He visto niños pasar de querer morir a querer ser como tú». Ese es, quizá, el mayor impacto de Mamás en Acción. No solo acompañan. Transforman. Cambian la narrativa vital de menores que nunca han recibido amor incondicional.
Sin embargo, la existencia de la organización también plantea una incómoda reflexión. ¿Por qué es necesaria? ¿Dónde falla el sistema? Majo es clara: «El sistema falla cuando quien legisla no conoce la realidad de las calles». Tras reunirse con Administraciones, políticos y organismos públicos, la sensación es siempre la misma: todos se conmueven, pero pocos actúan.
Mientras tanto, ellas siguen. Cada acompañamiento es distinto. Cada despedida también. «Siempre hay tristeza», reconoce. «Pero esto no lo hacemos por nosotras, lo hacemos por ellos». Porque si ellas no están, el niño está solo. Y eso, dice, «ya no me deja vivir en paz». «Un niño solo en un hospital es un fracaso de la sociedad».
