The Objective
Lifestyle

Pascal Bruckner (77), filósofo francés: «La obsesión moderna por la felicidad puede convertirse en ansiedad cuando se vive como una obligación»

La felicidad, lejos de ser una obligación permanente, es un estado intermitente, frágil y, precisamente por ello, valioso

Pascal Bruckner (77), filósofo francés: «La obsesión moderna por la felicidad puede convertirse en ansiedad cuando se vive como una obligación»

Pascal Bruckner | Canva pro

La promesa de la felicidad ha dejado de ser un ideal aspiracional para convertirse, en muchos casos, en una exigencia social difícil de sostener. Sobre esta deriva reflexiona el pensador francés Pascal Bruckner, quien a sus 77 años advierte de una paradoja profundamente contemporánea, cuanto más se impone la obligación de ser feliz, más probable es caer en la frustración y la ansiedad.

La tesis no es nueva en su obra. De hecho, articula el núcleo de La euforia perpetua: Sobre el deber de ser feliz, publicado en 2000. En este ensayo, Bruckner analiza cómo las sociedades occidentales han transformado la felicidad en un imperativo moral. Ya no se trata de una aspiración legítima, sino de una especie de deber cívico, casi una señal de éxito personal.

En este contexto, la infelicidad deja de entenderse como una experiencia humana más y pasa a percibirse como un síntoma de fracaso. La tristeza, la duda o el malestar se interpretan como anomalías que deben corregirse, en lugar de emociones inevitables dentro de cualquier biografía. Esta lógica, según el filósofo, genera una presión constante que termina por erosionar el bienestar que promete.

La consecuencia del mal uso de las redes sociales

Dos décadas después de la publicación del libro, el diagnóstico de Bruckner parece incluso más vigente. La expansión de las redes sociales ha intensificado la exposición a modelos de vida aparentemente perfectos, donde la felicidad se muestra como un estado continuo y alcanzable. Plataformas digitales, discursos motivacionales y la industria del bienestar convergen en una misma narrativa, la de una vida plena, equilibrada y, sobre todo, feliz.

La euforia perpetua: Sobre el deber de ser feliz

Sin embargo, esta representación dista de la experiencia real. La comparación constante con esos estándares idealizados alimenta una sensación de insuficiencia. La felicidad se convierte en una meta cuantificable, visible y, por tanto, susceptible de evaluación externa. En ese escenario, no alcanzarla genera ansiedad, reforzando la paradoja que Bruckner señala.

El peso de la responsabilidad individual

El filósofo sitúa el origen de esta obsesión en una transformación cultural más amplia. En las sociedades contemporáneas, marcadas por la autonomía individual y el progreso material, el bienestar se ha convertido en una responsabilidad personal. Si antes la infelicidad podía atribuirse al destino, a la religión o a factores estructurales, hoy recae casi exclusivamente sobre el individuo.

Esta transferencia de responsabilidad tiene un doble filo. Por un lado, empodera, al situar al sujeto como protagonista de su vida. Por otro, lo sobrecarga, al hacerle responsable no solo de sus decisiones, sino también de su estado emocional. El resultado es una presión silenciosa pero constante, que puede desembocar en culpa y autoexigencia extrema.

Reivindicar el derecho a no ser feliz

Frente a esta dinámica, Bruckner propone una mirada más compleja sobre la condición humana. Su planteamiento no consiste en rechazar la felicidad, sino en cuestionar su absolutización. La vida, recuerda, está atravesada por una diversidad de emociones, muchas de ellas incómodas pero necesarias. Y es que aceptar el dolor, la incertidumbre o el fracaso como parte del recorrido vital no implica renunciar al bienestar, sino entenderlo de forma más realista. En este sentido, el filósofo reivindica el derecho a no estar bien en determinados momentos, sin que ello suponga un fallo personal.

Publicidad