Göbekli Tepe, el santuario más antiguo
Desde que fuera descubierto, el yacimiento es un enigma que plantea cientos de preguntas hoy todavía sin respuesta

Vista aérea de Karahantepe (provincia de Şanlıurfa, Türkiye). | Karahantepe Project Archive/Yusuf Aslan
¿Pensaría Henry Moore cuando concibió King and Queen (1952-1953) en cerrar uno de los eslabones que trenzan la cadena de la Historia del Arte? Sentados en un banco del parque, los protagonistas de su escultura bien podrían ser Adán y Eva observándonos desde el Edén. El artista inglés reconoció haberse inspirado en las estatuas dobles del Antiguo Egipto, aquellas parejas de faraones hieráticos, atemporales, mirando al horizonte sin rozarse, tocados con la imponente corona cónica del Alto y Bajo Egipto. Sin embargo, los rasgos de la cabeza del Rey de Moore son de toro y propulsan nuestra mente hasta los uros prehistóricos que, en los pilares de Göbekli Tepe, cincelaron sus habitantes hacia el 9.800 a.C. Aquel fue uno de los momentos decisivos que transformaron la historia de la humanidad, un cambio que tuvo su origen en Oriente Próximo y para el que Gordon Childe acuñó la expresión «revolución neolítica»: la transición de una sociedad nómada a una civilización de agricultores y ganaderos sedentarios.
A partir del 16.000 a. C., el final de la última Edad de Hielo trajo consigo un clima templado a todo el hemisferio norte. A medida que se derretía la capa de glaciares, el nivel del mar subió hasta 100 metros, las costas se desplazaron, los puentes terrestres se hundieron y las masas continentales que antes estaban unidas quedaron separadas. En el suroeste de Asia, las llanuras costeras de baja altitud se inundaron, el agua dulce fluyó hacia el mar Negro y se formó el golfo Pérsico. Los nómadas seguían a las manadas por su carne, sus pieles y su nutritiva médula ósea y, según las estaciones, buscaban plantas que les servían como alimento y también como combustible.
A lo largo de las estribaciones de los montes Tauro y los valles superiores del Éufrates y el Tigris, en el Creciente Fértil, se extendían bosques de almendros y pistacheros y, en lugares más húmedos, crecían los robles intercalados con estepas y praderas de cereales silvestres. En esa franja de tierra en forma de media luna también había animales: ovejas, cabras, gacelas y uros. Este paisaje, que bien podría responder a la descripción del Jardín del Edén, fue donde nuestros antepasados se establecieron y experimentaron la «Gran Transformación» que marcó el inicio del Neolítico.
Esta transición fue un proceso largo que cobró impulso entre el 9.600 y el 6.900 a. C.. Con el tiempo, las personas comenzaron a establecerse, experimentaron con el control de los ciclos de la vida, la productividad de las plantas, la domesticación de animales y la construcción de las primeras viviendas permanentes. Algunas de las tecnologías clave que cabría esperar en esta época, como la cerámica, están todavía ausentes.

Los arqueólogos han descubierto indicios de estas primeras comunidades sedentarias del Creciente Fértil que revelan una extensa red en la que incluso los asentamientos más distantes estaban conectados entre sí. Los yacimientos mejor conservados se encuentran en el sureste de Turquía, en la región montañosa que rodea la llanura de Harrán, en la provincia de Sanliurfa. Allí la piedra caliza se convirtió en un material de construcción ideal, resistente y a la vez fácil de trabajar.
Los hombres prehistóricos estaban estrechamente vinculados a un cosmos vivo más amplio poblado por antepasados humanos, animales salvajes y seres espirituales. Sus representaciones, en esculturas monumentales o miniaturas, perduran en piedras esculpidas que reflejan el mundo tal y como lo vivían entonces. Son imágenes que encarnan las fuerzas que influyeron en la existencia humana y para nuestros antepasados preservarlas y transmitirlas debió ser esencial. Por otro lado, la vida sedentaria que favoreció un importante crecimiento demográfico propició unas reuniones comunitarias que requirieron de lugares donde encontrarse y, por esta razón, empezaron a erigirse construcciones subterráneas que estaban ambientadas por un rico imaginario esculpido con figuras humanas, animales, escenas de caza o de culto, que testimonian su naturaleza ritual. Así nació Göbekli Tepe, un lugar que nos cuenta la historia de los hombres que vivieron allí milenios antes de que nacieran las tradiciones más antiguas que conocemos. Hoy en sus muros tratamos de descifrar los mensajes de culturas desaparecidas hace 10.000 años.

Estas estructuras tenían una planta circular con un diámetro de unos 20 metros, estaban excavadas a bastante profundidad, con el suelo tallado en la roca y cuidadosamente alisado o enlucido. El acceso se realizaba a través de un orificio en el techo o en una pared lateral. Las piedras de entrada, monolíticas y de forma redonda o cuadrada, empotradas originalmente en las paredes o en el techo, servían como entradas simbólicas, marcando el umbral entre el exterior y el interior, entre el mundo físico y el espiritual.
Dentro solo se iluminaban con los rayos de luz filtrados a través de la piedra de entrada o con el resplandor titilante de las antorchas, dando la impresión de un entorno similar a una cueva casi sobrenatural. En el centro de la planta de Göbekli Tepe se dispusieron dos pilares de piedra en forma de T de hasta 6 metros de altura. Debido a los bajorrelieves tallados en su superficie con representaciones de brazos, manos o caras, se han interpretado como figuras humanas esquemáticas.
Estos pilares centrales eran más altos que los que bordeaban el recinto, sugiriendo la existencia de un tejado cónico. Sin embargo, los soportes de la pared estaban colocados a intervalos regulares y separados por bancos continuos. Todos servían de espacio en el que esculpir los leopardos, zorros, jabalíes, arañas, depredadores rugientes, cazadores danzantes, buitres o serpientes que fueron poblando el interior, encarnando una suerte de tradición oral petrificada. Este rico repertorio figurativo y su coherente organización interna sugieren la existencia de conocimientos y creencias comunes entre las personas que participaron en la creación de estos edificios asombrosos.

Su construcción monumental exigió de un inmenso esfuerzo colectivo que solo fue posible gracias a la colaboración de artesanos, artistas y, quizás, narradores. La organización de tantas personas debió de responder a una estructura social compleja. En las salas subterráneas, se reunirían para celebrar rituales en compañía de estas imágenes que son el legado perdurable de las últimas sociedades de cazadores-recolectores.
Desde 1995 las excavaciones en Göbekli Tepe han sacado a la luz edificios con impresionantes esculturas y pilares más antiguos que los de Nevali Çori. Estos descubrimientos han cambiado radicalmente la comprensión del sedentarismo, la arquitectura y el simbolismo del Neolítico. Se pensó que Göbekli Tepe era un lugar único, ahora sabemos que forma parte de una red más amplia. Desde 2019, nuevas investigaciones han descubierto al menos otros diez yacimientos en la región de Sanliurfa con arte y arquitectura similares, revelando todo un paisaje de comunidades sedentarias primitivas.

Los asentamientos más antiguos conocidos se remontan a mediados del décimo milenio a. C. y la mayoría de ellos permanecieron habitados hasta el octavo milenio. El tipo más común en la región se caracteriza por montículos de múltiples capas que se utilizaron durante largos periodos. Algunos de ellos son de un tamaño considerable, como el megayacimiento de Karahan Tepe, mientras otros son de tamaño medio (Sefer Tepe y Harbetsuvan). Cerca de los más grandes también se han descubierto pequeños asentamientos satélite. Los yacimientos de Göbekli Tepe y Karahan Tepe han sido excavados exhaustivamente a través de múltiples capas, reflejando un período ininterrumpido de ocupación de unos 1.500 años.
La idea inicial de la exposición Construyendo comunidad. Göbekli Tepe, Taş Tepeler y la vida hace 12.000 años surgió en enero de 2020, mientras sus comisarios comían sardinas a la parrilla en una plaza del Berlín turco. Antes habían visitado el Museo de Oriente Próximo, cuyas reconstrucciones de la Puerta de Ishtar, la Vía de las procesiones de Babilonia o las fachadas de los templos de Uruk les habían hecho darse cuenta de que los milenios anteriores y las primeras culturas sedentarias estaban solo representados por unos cuantos recipientes de cerámica. ¿Sería posible ampliar esta historia hacia atrás en la colección permanente y representar también el Neolítico en el museo?
Era importante dar visibilidad a estos nuevos descubrimientos y los conservadores de Berlín y Estambul concibieron esta exposición. Dividida en ocho secciones, presenta muchas esculturas expuestas en el extranjero por primera vez, como una imponente cabeza de jabalí en piedra, de tamaño real, tallada hace 10.000 años, o los pilares en T de los santuarios en miniatura, quizás un formato de recuerdo que la gente llevaba consigo. También hay objetos prácticos: un mortero, un alisador de puntas de flecha o un vaso de piedra con un íbex cincelado en el centro. Así mismo, destacan las primeras representaciones humanas: pequeñas figurillas femeninas, un tótem mitad hombre mitad leopardo y, desde luego, el Hombre de Urfa, una de las esculturas naturalistas a tamaño real más antiguas que se conocen. Con sus 10000 años, representa a un hombre desnudo con un collar en forma de V. La mayoría de estas piezas llegaron a Berlín desde el Museo Arqueológico de Şanlıurfa. Para complementar las salas, se tomaron prestadas réplicas de objetos de Nevali Çori pertenecientes a la Universidad de Heidelberg. Completan el recorrido reconstrucciones arquitectónicas, vídeos de los arqueólogos en los yacimientos y fotografías de Isabel Muñoz, que lleva tiempo acompañando este proyecto.
Desde que Göbekli Tepe fuera descubierto por el profesor alemán Klaus Schmidt en 1994, el yacimiento es un enigma que plantea cientos de preguntas hoy todavía sin respuesta. Este antropólogo, arqueólogo y profesor, educado en las universidades de Erlangen y Heidelberg, consideraba que estas edificaciones fueron las primeras que surgieron al inicio de la sedentarización. Sin embargo, siempre planteó una duda: ¿Qué fue primero, el templo o la ciudad? ¿Pudo Göbekli Tepe ser el primer lugar de culto, 7.000 años antes que las pirámides de Giza y Stonehenge?
En esa cuna de las primeras culturas y religiones también se cruzan los relatos bíblicos del Génesis con los mitos de la creación según sumerios, acadios o babilónicos y nos preguntamos: ¿podemos integrar el mito o metáfora del Jardín del Edén en este contexto? ¿Nacería Abraham en Sanliurfa? Y, sobre todo, ¿por qué abandonaron y enterraron estos lugares para siempre?
