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Historias de la historia

Don Rodrigo en la horca

La imputación de Zapatero ha sido como el proceso y ejecución en 1621 de don Rodrigo Calderón

Don Rodrigo en la horca

El ministro universal don Rodrigo Calderón sometido a tormento judicial en el potro. Era el procedimiento ordinario de la Justicia en el siglo XVII.

«El día más famoso que ha mirado este siglo» podría referirse al pasado martes, 19 de mayo de 2026, tal fue la conmoción política y mediática provocada por la imputación judicial de José Luis Rodríguez Zapatero por «organización criminal». Sin embargo, no se le ocurrió a ningún periodista de los medios actuales, sino a Andrés de Almansa, un «relacionero de sucesos» del siglo XVII.

Hace 400 años ya había, en efecto, periodistas antes de que hubiese periódicos. Andrés de Almansa se dedicaba a moverse por todos los círculos de la Corte madrileña, conocía a todo el mundo, hablaba con todos y publicaba luego una Relación de sucesos, que la gente compraba para informarse, divertirse y escandalizarse. «El día más famoso que ha mirado este siglo» fue para Almansa el 21 de octubre de 1621, cuando subió al cadalso don Rodrigo Calderón, «ministro universal» durante el reinado de Felipe III.

Decir «el reinado de Felipe III» es una especie de contrasentido, pues ese monarca nunca ejerció realmente el poder que entonces tenían los reyes, sino que siempre lo dejó en manos de sus favoritos. Durante 20 de sus 22 años en el trono, Felipe III estuvo en manos de su valido, el duque de Lerma, que ya era su favorito siendo príncipe de Asturias. Y cuando las presiones de sus numerosos enemigos lograron echar a Lerma, Felipe III se confió a otro valido, el duque de Uceda, hijo del anterior, aunque enemigo de su padre.

Ese veinteno de poder de Lerma supuso la etapa de mayor corrupción política que ha conocido España en su Historia, pero vamos a dejar para otra ocasión las corruptelas del jefe para seguir el ascenso y caída ejemplar de su mano derecha, el ministro universal don Rodrigo Calderón.

Calderón pertenecía por nacimiento a la pequeña nobleza militar: su padre y su abuelo habían servido como capitanes en los tercios de Flandes, y él mismo había nacido en Amberes, de madre hispanoflamenca. Cuando su padre terminó su servicio en Flandes, regresó con Rodrigo niño a Valladolid, donde se casó con una dama castellana.

Rodrigo estudió en la Universidad de Valladolid y entró muy joven al servicio de don Francisco de Sandoval, favorito del príncipe de Asturias y futuro duque de Lerma. Enseguida, «su talento, travesura y carácter alegre» le granjearon la simpatía y confianza de su amo, que lo nombró «paje de bolsa», una especie de secretario. Pero además Rodrigo era el correveidile de don Francisco de Sandoval y se enteraba de todos los chismes que corrían entre la servidumbre y se los contaba a su jefe.

Cuando el príncipe Felipe se convirtió en rey y nombró al duque de Lerma valido, este colocó a Rodrigo Calderón como ayuda de cámara de Felipe III. Era una forma de estar puntualmente informado de todo lo que sucediera en las habitaciones privadas del rey, lo que permitía a Lerma asegurar su control sobre Felipe III. Rodrigo cumplió bien su papel de espiar al rey y su entorno, pero a la vez su carácter alegre y su llamativo aspecto —era pelirrojo y rubicundo como un flamenco— llamaron la atención del monarca, que simpatizó con su ayuda de cámara.

A partir de ahí, con la protección de Lerma y el favor del rey, Rodrigo subió como la espuma. La Orden de Santiago le recibió y nombró comendador de Ocaña, y Lerma le separó como consejero de Estado y capitán de la Guardia Alemana, la escolta real. Rodrigo se convirtió en don Rodrigo, pero en vez de mostrarse honorable, como se esperaba de esas distinciones, se convirtió en el segundo ladrón de España, pues el primero era Lerma.

Es más, como dice el historiador actual Santiago Martínez Hernández: «Su notoria influencia, cimiento de un asombroso patrimonio […] conseguida a fuer de ser un apoyo imprescindible para el duque de Lerma, le permitió erigirse en poco tiempo en el alter ego del valido». Esta condición y la acumulación de cargos públicos llevaron a que le llamasen el «ministro universal».

Pero ser el alter ego de Lerma suponía también cargar con sus enemigos, que eran muy poderosos. El partido anti-Lerma estaba capitaneado por la influyente monja-infanta sor Margarita de Austria, tía del rey, por la priora del Monasterio Real de la Encarnación y por el confesor de la reina, que influyó en la esposa de Felipe III para que se sumara a la campaña contra Lerma.

Acusación de regicidio

Tenía que ser gente inteligente y poderosa la que se enfrentase al valido, cuyo poder era prácticamente el del rey, es decir, absoluto. Y su estrategia fue socavar a Lerma, empezando por atacar a su alter ego, don Rodrigo Calderón. Cuando la reina murió tras un mal parto en 1611, comenzó a correr el rumor de que había sido envenenada por don Rodrigo Calderón.

Felipe III, aconsejado por su confesor fray Juan de Aliaga, que se sumaría al partido anti-Lerma, atento a ese estado de opinión pública, cesó de sus cargos al «ministro universal». Pero la protección del duque de Lerma era todavía un escudo impenetrable, y el cese de su alter ego se endulzó con otras prebendas. El rey otorgó a don Rodrigo los títulos de conde de Oliva y marqués de Siete Iglesias, y Lerma lo nombró embajador ante la corte de Bruselas, donde era soberana la hermana de Felipe III, la infanta Isabel Clara Eugenia. 

Era una forma de alejarlo de Madrid, para que sus enemigos se olvidaran de él, y de mantenerlo en una situación honorable, aunque don Rodrigo la aprovecharía para fines deshonrosos. Entre otras corruptelas, don Rodrigo aceptó el soborno del Ayuntamiento de Amberes, a cambio de que la primera urbe comercial de los Países Bajos recibiese el monopolio del comercio de América.

En realidad, don Rodrigo estafó a sus sobornadores, no logró el monopolio para Amberes, pero este cohecho, uno de los muchísimos en que participó, es famoso por el rastro que dejó, uno de los grandes cuadros del Museo del Prado. Efectivamente, el Ayuntamiento amberino le pagó con La adoración de los Magos, obra maestra de Rubens, que tras su proceso sería confiscada y adquirida para la colección real, núcleo fundacional del Prado.

En realidad, el Museo del Prado está lleno de huellas de la corrupción de don Rodrigo, pues su colección incluye una quincena de Rubens que pertenecieron a Calderón, o la Mesa de don Rodrigo Calderón, de alabastro, lapislázuli y la más exquisita variedad de mármoles, que nos da una idea del lujo desaforado en el que vivía el «ladrón número dos de España».

La caída de don Rodrigo fue más lenta que su ascenso, pues pudo mantener esa vida dorada hasta finales de 1618, cuando el escudo que le protegía desapareció. Ese fue el año en el que Lerma no pudo mantenerse más en el poder, atacado incluso por su propio hijo, el duque de Uceda, dejando sus cargos y retirándose a su pueblo de Lerma.

En la madrugada del 19 de febrero de 1619, la Justicia allanó la morada de don Rodrigo Calderón en Valladolid. Lo detuvo acusado nada menos que de regicidio, de haber envenenado a la reina. El proceso duraría dos años y medio, en los que don Rodrigo fue llevado a diversas prisiones, terminando en su propia casa de Madrid, de donde había desaparecido todo el mobiliario suntuoso, pues le embargaron los bienes. En ese escenario de su anterior fortuna, fue sometido a tormento judicial, aunque lo resistió estoicamente y no le pudieron arrancar la confesión de haber envenenado a la reina.

En cambio, reconoció haber quitado de en medio a una serie de sicarios, asesinos a sueldo que habían trabajado para él, y fue condenado a muerte. Durante el largo encarcelamiento se produjo una tremenda metamorfosis en don Rodrigo Calderón. El siglo XVII era época en que los asuntos del cielo y el infierno se tomaban muy en serio, y don Rodrigo entró en una fase de contrición y arrepentimiento místicos, que convertirían su muerte en ejemplar.

Las ejecuciones públicas eran uno de los espectáculos favoritos de aquellos tiempos, empezando por la procesión que llevaba al reo desde su cárcel al cadalso, que era toda una liturgia religiosa, con frailes haciendo colectas entre el público para pagar misas por el alma del condenado. En general, la gente simpatizaba con la desgracia de este, siempre que mostrase arrepentimiento o dignidad. Don Rodrigo no defraudó esta vez a nadie, pues mostraría ambas cosas en grado sumo, provocando el entusiasmo del público, dando origen al dicho «tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca».

En realidad no le ahorcaron, porque era noble y le correspondía la decapitación. Le dio el beso de la paz a su verdugo, pidió que le tapase la cara con un tafetán negro que traía a propósito y le dijo: «Hacedlo de muy enhorabuena, que es el instrumento de mi salvación». Su forma de afrontar la muerte fue tan ejemplar que Góngora le dedicó un soneto y el conde de Villamediana escribió unas redondillas que terminaban:

Hoy de Fortuna el desdén

dio aquí una muerte inmortal

a quien el bien hizo mal

y a quien el mal hizo bien.

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