El magnicidio que rompió España: Canalejas (1912)
En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
La mañana del 12 de noviembre de 1912, España perdió a un presidente del Consejo de Ministros y la posibilidad de una transición ordenada hacia una monarquía parlamentaria y democrática moderna. Eran las 11.25 cuando José Canalejas y Méndez, un hombre de 58 años que caminaba solo, sin protección policial, hacia el Ministerio de la Gobernación, se detuvo frente al escaparate de la librería San Martín en la Puerta del Sol. Allí, mientras ojeaba las novedades literarias, fue asesinado por la espalda por el anarquista Manuel Pardiñas Serrano. Aquellos disparos no solo terminaron con la vida de un estadista excepcional, sino que quebraron un proyecto de regeneración nacional que buscaba salvar el régimen monárquico constitucional con una modernización democratizadora.
José Canalejas nació en 1854, en Ferrol, y se formó en el Instituto San Isidro de Madrid, obteniendo su doctorado en Derecho y Filosofía y Letras de la Universidad Central. Tras militar inicialmente en corrientes democráticas, se integró en el Partido Liberal de Sagasta, con el que fue elegido diputado por primera vez en 1881, iniciando así una carrera ascendente que le llevó a ocupar varias carteras ministeriales. Su trayectoria culminó cuando Alfonso XIII lo designó presidente del Gobierno el 9 de febrero de 1910. No obstante, Canalejas no era un político del «turno» al uso. Representaba una transacción entre los principios democráticos de la Revolución de 1868 y la realidad pragmática de la Restauración canovista. Formado en el krausismo y el derecho, con una vocación periodística que nunca abandonó —de hecho, llegó a ser accionista y promotor de El Heraldo de Madrid—, Canalejas poseía una capacidad de trabajo que sus contemporáneos tildaban de «hombre máquina». Dormía apenas cuatro horas y dominaba los expedientes técnicos de todos los ministerios, lo que le permitía brillar en unas Cortes que llenaban las tribunas cada vez que él ocupaba el banco azul.
Desde su llegada al poder en 1910, Canalejas desplegó lo que podríamos definir como un liderazgo estratégico. Su objetivo era la «nacionalización de la monarquía», una fórmula para ampliar las bases del sistema alfonsino e integrar a las fuerzas de izquierda que se situaban en los márgenes de la legalidad. Para Canalejas, democratizar España era una necesidad urgente para evitar que el país se despedazara entre la «fuerza radical que llama a la revolución y la fuerza reaccionaria que llama a la guerra civil».
En sus 33 meses de gobierno, Canalejas abordó problemas que otros estadistas habían evitado por décadas. Su política se basó en el intervencionismo estatal para alcanzar la armonía social. Abordó la cuestión social mediante la abolición del impuesto de consumos, que era un gravamen que asfixiaba a las clases populares, y lo sustituyó por un impuesto progresivo sobre las rentas urbanas que le valió la enemistad de sectores de su propio partido. Pero su reforma más trascendental fue la Ley del Servicio Militar Obligatorio (1912), que puso fin al privilegio de la redención en metálico. Hasta entonces, los ricos podían evitar la mili pagando una cuota. Esto suponía dejar que los hijos de las familias más humildes fueran a la milicia y al frente. Canalejas terminó con este «impuesto de sangre», igualando a todos los varones en el cumplimiento del deber militar en tiempos de guerra.
Del mismo modo, reafirmó el poder civil frente al clerical, a pesar de que Canalejas era un católico practicante. La ley del candado (1910) fue su respuesta al crecimiento de las órdenes religiosas en España, muchas de ellas procedentes de la Francia laicista. Aunque la ley era moderada —prohibía el establecimiento de nuevas congregaciones durante dos años—, desató una campaña de odio por parte de los sectores ultramontanos, quienes lo tacharon de «ateo» y perseguidor de la fe. Otro tanto ocurrió con el denominado «problema catalán». Canalejas quiso atajar la cuestión con la Ley de Mancomunidades, permitiendo que las provincias se agruparan para fines administrativos. Fue un primer paso hacia la descentralización que Antonio Maura no había conseguido culminar.
El magnicidio del 12 de noviembre de 1912 fue un golpe terrible para la política española, resultado de la deriva terrorista del anarquismo. Manuel Pardiñas, el asesino, era un anarquista relacionado con el grupo de Tampa en Florida, una facción que ya se había juramentado para eliminar a los líderes españoles, incluyendo a Alfonso XIII y a Antonio Maura. La policía española tenía fichado a Pardiñas; el Gobierno argentino incluso había avisado de su salida hacia España con propósitos siniestros.
Días antes del atentado, se sabía que Pardiñas estaba en Madrid. El propio Canalejas confesó a su esposa su preocupación por habérsele perdido la pista al anarquista tras su entrada desde Francia. Sin embargo, el presidente mantuvo su costumbre de caminar solo y sin escolta cercana, lo que Pardiñas aprovechó. Tras efectuar tres disparos —el tercero de los cuales atravesó el cráneo del presidente—, el asesino se suicidó con la misma pistola al verse rodeado.
La reacción de la sociedad española fue de un estupor absoluto. Desde ciudades como Oviedo y Zaragoza hasta los más pequeños municipios, los ayuntamientos suspendieron sus sesiones en señal de duelo por la pérdida de aquel «gran patricio». La prensa nacional e internacional coincidió en la sinrazón del crimen. El propio Alfonso XIII, al llegar al Ministerio de la Gobernación y ver el cadáver de su primer ministro, rompió en llanto, exclamando que venía a cumplir un deber con el hombre que mejor le había comprendido.
El magnicidio de Canalejas interrumpió abruptamente un proceso democratizador y abrió una brecha insalvable en la sucesión de su partido. Hasta ese momento, Canalejas era el único «jefe reconocido» capaz de aglutinar las distintas facciones tras la muerte de Sagasta en 1903. Su liderazgo era estratégico: buscaba la «nacionalización de la monarquía», intentando que el sistema fuera compatible con las ideas democráticas para integrar a la izquierda antidinástica.
Tras los disparos de Pardiñas, el Partido Liberal entró en una fase de incipiente descomposición. Inicialmente, Manuel García Prieto asumió la presidencia de forma interina, pero la división interna se consumó de inmediato. Aunque el conde de Romanones logró sucederle al frente del ejecutivo, nunca pudo imponerse con la rotundidad que poseía Canalejas sobre figuras como Montero Ríos o el propio García Prieto. El partido dejó de ser una estructura compacta para convertirse en un archipiélago de facciones personalistas en torno a Romanones, Santiago Alba y García Prieto, más preocupadas por el reparto de carteras que por un proyecto nacional.
Con la desaparición de Canalejas, el turno entró en una crisis de legitimidad. Antonio Maura, el líder conservador, adoptó cierto ostracismo. Tras la crisis de 1909, Maura sintió que la Corona le había dado la espalda. En enero de 1913, lanzó un órdago al Rey, exigiendo que los conservadores solo volvieran al poder bajo sus propias condiciones, lo que Alfonso XIII interpretó como una «pistola en el pecho».
Canalejas fue una de las pocas figuras capaces de articular un verdadero proyecto de Estado en la España de Alfonso XIII. Su muerte significó el fin de un modelo que podría haber evitado la ruina política del país. Como bien señaló el historiador Jesús Pabón, Canalejas gobernó con las Cámaras abiertas y la prensa libre, enfrentando todos los problemas de su tiempo —la Iglesia, Cataluña, la cuestión social, Marruecos— con una mezcla de energía y respeto a la ley.
Aquel 12 de noviembre, la Puerta del Sol fue testigo del fin de una esperanza legítima. Con el asesinato de Canalejas, España entró en una deriva de fragmentación política y radicalización social que desembocaría en la dictadura, la República y la tragedia de la Guerra Civil. Su muerte destruyó al Partido Liberal y eliminó la posibilidad de que la monarquía se reformara desde dentro a través de una «revolución desde arriba» legal y ordenada. El magnicidio de la Puerta del Sol supuso un cambio en la política de su tiempo que alteró irremediablemente la singladura histórica de una nación que buscaba la modernidad.
[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]
