Barcelona en guerra social: el pistolerismo (1917-1923)
En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
La Barcelona de comienzos del siglo XX era la capital industrial de una España que se enriquecía con el suministro a los beligerantes de la Gran Guerra, pero también una ciudad que terminó por estallar en una de las espirales de violencia más descarnadas de la Europa de posguerra. En el imaginario colectivo, Barcelona ha quedado grabada como la «Rosa de Fuego», un escenario donde la lucha de clases abandonó la retórica de los mítines para batallar con el silbido del plomo y el estruendo de la dinamita.
Entre la huelga general de 1917 y el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923, el fenómeno del pistolerismo no fue un estallido repentino de odio, sino la culminación de un proceso de brutalización de la vida pública donde la violencia fue ejercida con sentido político. Barcelona se convirtió en un hervidero de violencia general, una singularidad en la que el conflicto de masas transitó hacia una modalidad de agresión individualizada y organizada, dirigida contra personas concretas y definidas: el llamado «atentado social». Esta dinámica macabra se saldó con cifras que aún hoy estremecen, pues se estima que durante este período se produjeron centenares de víctimas mortales, un catálogo de sangre que afectó a sindicalistas, patronos, agentes de la autoridad y simples transeúntes atrapados en el fuego cruzado.
La época del pistolerismo en Barcelona (1917-1923) se caracterizó por una espiral de violencia extrema que dejó, según las estadísticas más citadas de Albert Balcells, un total de 981 víctimas de atentados sociales, de las cuales fallecieron 267, quedando heridas 583. Aunque otras investigaciones elevan el impacto a 424 víctimas mortales directas en la ciudad, el desglose anual muestra que la violencia fue ascendente, alcanzando su cénit en 1921 con 95 muertos. Se asesinó a obreros de filiación desconocida, socialistas y anarquistas, patronos, agentes de la autoridad y miembros del Sindicato Libre.
Para comprender la génesis de este drama, es preciso mirar hacia atrás, a las primeras décadas del siglo XX, cuando el Estado demostró su incapacidad crónica para institucionalizar los conflictos laborales. Al verse imposibilitados de actuar colectivamente, los sectores más radicales del obrerismo se organizaron en núcleos reducidos que escapaban al control policial, multiplicando las coacciones y las agresiones aisladas. Sin vía legal de resolución y estando en pleno auge el desprecio al sistema liberal, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación Patronal asumieron la acción directa como el único lenguaje posible.
El año 1910 ya había dado señales del cambio de paradigma con las huelgas metalúrgicas, donde el uso sistemático de armas de fuego y las emboscadas planificadas sustituyeron al rudimentario apedreamiento de esquiroles. En este submundo de violencia clandestina, las fronteras entre la militancia ideológica y la delincuencia común se difuminaron, atrayendo a individuos que profesionalizaron el asesinato por encargo. La respuesta del mundo patronal no fue menos virulenta; convencidos de que el poder civil era incapaz de proteger sus intereses o de aplicar la mano dura necesaria, ciertos sectores empresariales financiaron policías paralelas y bandas parapoliciales.
El personaje que mejor encarnó estas cloacas del sistema fue el excomisario Manuel Bravo Portillo, una figura oscura con vínculos probados con el espionaje alemán. Este grupo no solo se dedicó a la vigilancia y la detención, sino que ejecutó atentados contra destacados dirigentes cenetistas. Cuando Bravo Portillo fue finalmente asesinado en septiembre de 1919, la revista L’Esquella de la Torratxa dedicó una portada alegórica con el título Ya tenemos al gallo desplumado, mostrando a dos cocineros desplumando a un gallo, en clara alusión al apodo del comisario. Las páginas interiores de los semanarios satíricos reflejaban una auténtica celebración popular, fusionando el plano de la realidad trágica con una interpretación grotesca que deshumanizaba al asesinado.
Tras la desaparición de Bravo Portillo, el relevo en la guerra sucia patronal lo tomó el falso barón de König, un aventurero alemán que convirtió a su banda en una fuerza auxiliar de la policía dirigida por el general Miguel Arlegui. La expulsión de König no trajo la paz, sino que coincidió con la entrada en escena de un nuevo actor que transformaría el conflicto en una guerra civil fratricida dentro del propio obrerismo: los Sindicatos Libres. El manifiesto de los Libres en septiembre de 1920 fue una declaración de guerra formal: responderían a los atentados de los «Únicos» con sus mismas armas.
La violencia alcanzó una dimensión indiscriminada con el atentado al cabaret Pompeya en septiembre de 1920. A partir de este momento, el discurso cambió: el pistolerismo se había extendido y podía afectar a cualquier transeúnte. El arte de la época captó esta sensación de indefensión; el dibujante Ricard Opisso plasmó en la portada de L’Esquella de la Torratxa a una multitud de obreros anónimos saliendo de la fábrica bajo un inmenso interrogante rojo que goteaba sangre, interpelando directamente al lector: «¿A quién le toca hoy?». Barcelona se sentía mártir, personificada en su patrona, la Mercè, a quien los caricaturistas mostraban recibiendo coronas de espinas en lugar de flores, mientras el fondo de la imagen se llenaba con las onomatopeyas de los disparos: «¡pam, pam!».
Ante el pánico revolucionario, alimentado por noticias como la ocupación de fábricas en Italia, Eduardo Dato abandonó su política de negociación y nombró al general Severiano Martínez Anido gobernador civil de Barcelona en noviembre de 1920. Junto a Miguel Arlegui, puso en marcha un sistema de represión que ignoraba las garantías constitucionales. Esta práctica consistía en la ejecución extrajudicial de presos bajo el pretexto de que intentaban escapar durante sus traslados. La represión de Martínez Anido descabezó a la CNT, pero lejos de pacificar la ciudad, radicalizó aún más a los grupos de acción.
El 11 de marzo de 1921, la violencia de Barcelona se trasladó a Madrid en un atentado que reunía todos los ingredientes de la modernidad de los años veinte. El magnicidio fue una respuesta directa a la represión en Barcelona y al asesinato previo del abogado Francesc Layret. Sin embargo, la reacción de la prensa satírica catalana ante la muerte del jefe del ejecutivo fue de una frialdad y distancia que revelaban el profundo desprecio al sistema de la Restauración.
A pesar de los éxitos policiales temporales, como la desarticulación de grupos tras la explosión accidental de una fábrica de bombas en la calle Toledo, la «paz» de Martínez Anido era ilusoria. Sin embargo, el talante moderado de Salvador Seguí le granjeó enemigos en la patronal y los sectores más extremistas de su propia organización. La tregua entre la CNT y los Sindicatos Libres saltó por los aires en febrero de 1923, y el 10 de marzo, la noticia del asesinato de Salvador Seguí conmocionó al país.
La imagen de Seguí yaciendo muerto en el suelo, con su compañero Francesc Comas, se convirtió en el icono definitivo del pistolerismo. El dibujo de Opisso, con un realismo sobrecogedor, humanizaba la tragedia y marcaba el fin de una era. A diferencia de Bravo Portillo o del ignorado Eduardo Dato, Seguí fue tratado como un héroe noble cuya desaparición era una tragedia absurda.
En este clima surgieron nuevos grupos de acción anarquista, como «Los Solidarios», integrados por figuras que marcarían la historia posterior de España. Barcelona se sumió en un caos de huelgas de transporte y asaltos a mano armada que agotaron definitivamente a la opinión pública. El capitán general de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, supo aprovechar este vacío de poder.
El golpe de Estado de septiembre de 1923 puso fin al pistolerismo no porque lograra solucionar las causas profundas del conflicto, sino por el completo agotamiento de todos los actores. Pero, sobre todo, aquellos años borraron las fronteras éticas entre el conflicto laboral y la violencia política, normalizando el uso del atentado como herramienta legítima.
Al mirar hoy las caricaturas y las crónicas de aquella época, se percibe que el fenómeno del pistolerismo fue, ante todo, un fracaso colectivo. La historia del pistolerismo nos recuerda que, cuando la política se sustituye por la fuerza, la justicia y la libertad desaparecen. Aquellos siete años permanecen como un testimonio mudo del poder del miedo y la venganza.
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