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Historia canalla

PSOE, Cuba y el 98: ¿una traición a España?

En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

PSOE, Cuba y el 98: ¿una traición a España?

Ilustración de Alejandra Svriz.

El 24 de febrero de 1895, el «Grito de Baire» marcó el inicio de la fase definitiva de la independencia cubana. Mientras el régimen de la Restauración respondía con una retórica de «hasta el último hombre y hasta la última peseta», el PSOE se enfrentaba a un dilema que pondría a prueba su patriotismo y su rígida ideología. Una vez estalló el conflicto, los socialistas no sabían si defender a España, a los trabajadores o mostrarse pacifistas ante lo que veían como una «guerra burguesa». En aquellos años de guerra contra los independentistas y luego contra Estados Unidos, muchos pensaron que el comportamiento del PSOE fue antipatriótico y una traición al país. Para los socialistas, sin embargo, fue la manera de deteriorar la monarquía de la Restauración y de hacer la revolución internacionalista.

A finales del siglo XIX, aquel PSOE no tenía una formación ideológica muy fuerte. Había asumido el marxismo a través de Guesde, un socialista francés, no contaba entre las grandes formaciones de la izquierda europea, y carecía de verdaderos pensadores. Es más; guardaban una posición secundaria frente a la fortaleza del anarquismo español. El PSOE no era tampoco un partido democrático, a diferencia de la socialdemocracia alemana o la sueca, o del laborismo británico. A regañadientes, los socialistas españoles aceptaron participar en las elecciones desde 1891 por imposición de la Segunda Internacional. El PSOE de Pablo Iglesias consideraba que votar era colaborar con el mantenimiento del régimen capitalista y, por tanto, un engaño para la clase obrera.

Así, cuando se inició la guerra de independencia cubana con el Grito de Baire, el 24 de febrero de 1895, el partido socialista buscó una posición identificable de la cual sacar un rendimiento para su objetivo: fomentar la crisis política en España como una oportunidad para llegar al socialismo. El argumento que dieron Pablo Iglesias y su dirección fue que la guerra era el combate entre grupos de la burguesía internacional y que, en consecuencia, nada tenía que ver con el interés proletario. De esta manera, entre 1895 y 1897, el PSOE se dedicó a interpretar la guerra de España en Cuba como un conflicto burgués provocado por los gobernantes que usaban al pueblo trabajador para sus intereses.

El PSOE se mantuvo así en la crítica a la Administración española en Cuba, achacando el malestar de los cubanos independentistas a que en la isla antillana había un sistema de explotación capitalista. En suma: no cuestionaban la españolidad de Cuba, sino el modo burgués de gobernarla, porque se sentían más internacionalistas que patriotas.

A medida que el conflicto se alargaba y diezmaban a las tropas las enfermedades tropicales —responsables del 95% de las bajas españolas—, aumentó el malestar social en nuestro país. Fue entonces cuando el PSOE buscó una cuestión para agitar y movilizar a las capas populares y fortalecer así su organización. El tema fue el sistema de reclutamiento, obligatorio para los hombres salvo redención en metálico. En la práctica, suponía que los varones ricos se libraban de ir al Ejército. El discurso populista estaba hecho: la guerra la habían declarado los burgueses por intereses burgueses, pero quienes iban a la guerra eran los hijos de la clase obrera. Eso sí, en nombre de los intereses de la clase burguesa. En suma, decía el PSOE, los obreros derramaban su sangre por su clase antagónica para que continuara el régimen capitalista de opresión.

Con esta estrategia, el PSOE no apoyaba ni la españolidad de Cuba ni la independencia de la isla, sino que se dedicaba a denunciar la injusticia del servicio militar para hacer proselitismo. En el otoño de 1897, Pablo Iglesias lanzó la campaña civil «¡O todos o ninguno!». El argumento era simple: si la patria estaba en peligro, todos debían ir al frente; si los ricos podían pagar para no ir, entonces nadie debía ir. Los socialistas hacían su campaña de propaganda en los lugares de salida de la tropa para conectar con las familias y transmitir su mensaje político. Esta estrategia permitió al PSOE conectar con el miedo de miles de hogares humildes, donde la noticia de un destino a Cuba se recibía como el anuncio de la muerte. En realidad, esta estrategia no nacía de una solidaridad anticolonial, ni del deseo de la autodeterminación de los pueblos, o de la liberación de la clase obrera mundial, sino de un deseo de desgastar a la monarquía constitucional e introducir un conflicto en plena guerra que sus compatriotas libraban al otro lado del Atlántico. Era la postura antagónica a la que mostraban el partido conservador y el liberal, en especial Cánovas con aquella frase de 1882: «Con la Patria se está, con razón o sin ella».

El año 1898 marcó la radicalización definitiva del discurso socialista. Ante la inminencia del enfrentamiento con los Estados Unidos tras el hundimiento del buque Maine, el PSOE se decidió por un internacionalismo militante.

En una decisión que muchos sectores de la época calificaron de «antipatriótica», los socialistas españoles proclamaron el 1 de mayo de 1898 —cuando ya rugían los vientos de guerra— su solidaridad con los trabajadores de Estados Unidos, país que amenazaba a España. Para el PSOE, los enemigos no eran los soldados norteamericanos, sino el sistema capitalista que enfrentaba a hermanos de clase. Esta postura reflejaba una característica que sus críticos siempre le han reprochado: el supeditar los intereses nacionales a motivos partidistas e internacionales. La falta de patriotismo se debió a que el PSOE veía la derrota militar como un golpe mortal a la monarquía constitucional. Consideraban que una crisis política profunda era una oportunidad para avanzar hacia el socialismo.

Cuando el Tratado de París consumó la pérdida de las últimas colonias en diciembre de 1898, la intelectualidad española se sumió en la «depresión del 98» y Silvela escribió su famoso artículo Sin pulso. Para el PSOE fue otra cosa: el desastre era la prueba palmaria del fracaso de la Restauración y del orden burgués. La derrota también permitió al PSOE salir de su aislamiento. La oposición al sistema de reclutamiento y la denuncia de las injusticias sufridas por los soldados en la «manigua» sirvieron como un terreno común con el republicanismo. Los socialistas descubrieron que en la lucha contra la Monarquía de la Restauración y su gestión colonial, compartían objetivos tácticos con sectores de la burguesía progresista. Esta coincidencia en la calle debilitó el viejo axioma de que los republicanos solo querían embaucar a los obreros. Dentro del PSOE, figuras como Jaime Vera, Juan José Morato y Antonio García Quejido comenzaron a argumentar que no todas las formas de Estado eran iguales, y que la república era una forma ideal para que las organizaciones obreras pudieran consolidarse y avanzar hacia el socialismo. En realidad, pusieron las bases de lo que sería su concepción de la Segunda República en 1931, no como una democracia, sino como un tránsito hacia el sistema socialista.

Ese «antipatriotismo» del PSOE no se limitó a lo que ocurría en España. Una vez terminada la guerra, los socialistas pensaron que ellos no habían perdido en Cuba. El partido cruzó el mar e inspiró a los primeros organizadores obreros en la isla. El tabaquero Diego Vicente Tejera, quien ya en 1895 instaba desde el exilio a organizar a los socialistas como un factor clave en la nueva nacionalidad, fundó en 1899 el Partido Socialista Cubano (PSC). A diferencia del caso español, en Cuba no funcionó este partido bajo la sospecha de la falta de patriotismo.

El proyecto importado del PSOE fracasó en Cuba en apenas cinco meses. Intelectuales cubanos como Enrique José Varona tacharon la iniciativa de «inoportuna, antipatriótica y perjudicial», argumentando que priorizar los intereses de clase a los de la nación, como había hecho el partido socialista español, ponía en peligro la independencia frente a los Estados Unidos. Posteriormente, figuras como Carlos Baliño fundarían organizaciones bajo la clara influencia del PSOE, adoptando sus bases fundamentales en 1905. Pero este socialismo heredero del español tuvo que navegar entre dos aguas: el relato antiespañol de la nueva élite política y la incapacidad de abordar la cuestión racial, asumiendo erróneamente que la revolución ya había borrado las diferencias de color.

En suma, entre 1895 y 1898, el PSOE aprovechó la guerra en Cuba para desestabilizar la monarquía española e intentar deteriorar el orden burgués. Simpatizó con los trabajadores cubanos, mientras a los españoles les decía que no debían ir a la guerra. Luego, tras la derrota, vio en los republicanos a unos aliados contra el sistema, y comenzó la colaboración. Fue entonces cuando surgió la idea en el PSOE de que una república en España abriría con más facilidad el camino hacia el socialismo.

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