La izquierda asesinó a un liberal: Melquíades Álvarez (1936)
En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
Melquíades Álvarez fue una de las figuras más relevantes del liberalismo español en el primer tercio del siglo XX. Su trayectoria política lo situó en el centro de los debates sobre la modernización del Estado y la articulación de una ciudadanía democrática. Defendió de manera constante las libertades, el parlamentarismo y la necesidad de construir una cultura cívica basada en el pluralismo. Para él, la República no era un proyecto excluyente, sino integrador para la regeneración política y social del país.
A pesar de esto, o quizá por ello, fue asesinado por milicianos anarquistas en la cárcel Modelo de Madrid el 22 de agosto de 1936. Su ejecución supuso un punto de inflexión trágico para la Segunda República, simbolizando la incapacidad del Estado para proteger a los presos bajo su custodia. Melquíades Álvarez, referente del republicanismo liberal y fundador del Partido Reformista, se encontraba en la prisión tras ser detenido a mediados de agosto por orden de la Dirección General de Seguridad, posiblemente para evitar que lo mataran milicianos de izquierdas.
La noticia de su muerte causó una profunda desolación en el presidente de la República, Manuel Azaña, quien había iniciado su carrera política bajo el amparo de Melquíades Álvarez. Al enterarse, Azaña quedó sumido en un estado de horror, indignación y repugnancia. Dicen que incluso llegó a considerar seriamente la dimisión o el suicidio, refiriéndose al suceso en sus escritos como un «mazazo» y calificando esa jornada como «la noche triste». El asesinato de Melquíades Álvarez provocó que muchos republicanos moderados abandonaran la causa, convencidos de que la república había sucumbido ante la revolución.
Melquiades Álvarez tuvo una infancia humilde en Gijón. De niño, recogía monedas arrojadas al mar por turistas en el rompeolas, una anécdota que recordaba con orgullo en su madurez. El esfuerzo personal le permitió cursar estudios de Derecho y alcanzar la cátedra universitaria de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo. Esta formación jurídica determinó su visión del Estado como una estructura cimentada en la ley y la justicia. La abogacía fue para él una vocación de servicio que ejerció durante 49 años de forma ininterrumpida. Su éxito profesional le brindó una independencia económica que consideraba indispensable para mantener su independencia política.
En 1912 fundó el Partido Reformista, atrayendo a lo más selecto de la intelectualidad española de la generación de 1914. Figuras como Ortega y Gasset, Azaña, Luis de Zulueta y Ramón Pérez de Ayala compartieron inicialmente este proyecto político. El partido se presentó como una alternativa moderada y moderna ante la crisis del sistema de la Restauración. Melquíades Álvarez propuso una política de «accidentalidad de las formas de gobierno», priorizando la esencia democrática sobre la monarquía o la república. Esta postura buscaba integrar a las fuerzas avanzadas en la gobernación del Estado de manera legal y pacífica. Su reformismo se convirtió en un método de acción política que reclamaba la soberanía de la nación y la instrucción pública como remedios a los males del país. Sus intervenciones parlamentarias fueron muestras de claridad jurídica y propósito gradualista. La elocuencia de su verbo dominó la tribuna y el mitin, consolidando su prestigio en la opinión pública nacional. Estas dotes oratorias le valieron el reconocimiento de sus adversarios y el fervor de sus seguidores. Su vida fue una dedicación absoluta al Derecho y a la política entendida como una digna actividad cívica.
Su vida política describe una evolución gradual desde un republicanismo progresista hacia un perfil más conservador en la década de los treinta. Su ideario buscaba la secularización del Estado y la reforma social. Identificaba a la República como la forma plena de expresión democrática, considerándola superior a la monarquía por su naturaleza representativa. No obstante, la Segunda República se quedó muy lejos de su ideario conciliador.
En febrero de 1936, Melquíades Álvarez pronunció su último discurso público en el Teatro Principado de Oviedo. En aquella ocasión, advirtió con lucidez sobre la deriva de España hacia «dos fanatismos» extremos. Identificó estos fanatismos en una izquierda que amenazaba con la persecución religiosa y en una derecha intransigente. Ambos extremos ponían en riesgo las conquistas de la libertad logradas durante décadas. Aquella intervención concluyó su vida pública activa, centrando sus esfuerzos posteriores en el ejercicio de su profesión letrada.
De hecho, fue el ejercicio de la abogacía lo que determinó sus últimos meses de vida. En su condición de decano del Colegio de Abogados de Madrid, asumió la defensa jurídica de José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange Española. El procesado enfrentaba causas por tenencia ilícita de armas y desacato a la autoridad. Melquíades Álvarez aceptó el encargo como una lección de deber profesional y deontológico. Declaró con firmeza su discrepancia con las ideas de su representado, lo que no impedía el ejercicio de la defensa técnica. Esta decisión profesional conllevaba riesgos evidentes en un clima de violencia social. Jesús Arias de Velasco, presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, advirtió al letrado sobre el peligro extremo que corría al defender a una figura tan odiada por las izquierdas. Melquíades Álvarez, sin embargo, decidió permanecer en Madrid cumpliendo sus obligaciones profesionales.
La detención de Melquíades Álvarez ocurrió el 4 de agosto de 1936. La orden de ingreso en prisión fue dictada personalmente por el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez. El documento especificaba su conducción a la Cárcel Modelo de Madrid, situada en el barrio de Moncloa. Fue destinado a la celda de políticos, quedando a disposición directa de la autoridad de seguridad. El ingreso se produjo bajo la categoría de preso político junto a cientos de oficiales y políticos sospechosos de oponerse al régimen del Frente Popular. Don Melquíades permaneció 18 días en el penal, esperando una resolución legal de su situación.
La noche del 22 de agosto de 1936, la situación en la Cárcel Modelo derivó en una masacre. Un grupo de milicianos, encabezados por figuras como Felipe Sandoval y Santiago Aliques, irrumpió en la prisión. Ambos tipos eran dos delincuentes que fueron liberados tras el estallido de la guerra, integrándose en los Grupos de Defensa de la CNT, donde su experiencia criminal se transformó en poder armado sin control. Sandoval, alias doctor Muñiz, dirigía la checa del cine Europa, un centro de detención, tortura y asesinato donde se mezclaban sospechas políticas, venganzas personales y una lógica revolucionaria que justificaba la eliminación de gente. Santiago Aliques, su lugarteniente, actuaba con la misma brutalidad y dirigía grupos encargados de sacas y ejecuciones extrajudiciales en la Casa de Campo. Sandoval y Aliques constituyeron un autodenominado Comité de la Cárcel y asumieron el control del centro penitenciario. Estos milicianos obligaron a los funcionarios a abandonar el recinto. Luego, seleccionaron a 32 presos políticos para ser conducidos a los sótanos de la prisión. En ese grupo figuraban personalidades relevantes de la vida pública española, incluyendo a Melquíades Álvarez.
Los milicianos organizaron un simulacro de juicio sumarísimo en los sótanos de la Cárcel Modelo. Melquíades Álvarez protestó con energía ante la injusticia de aquella farsa. Esta actitud valiente precipitó la agresión inmediata de los captores. Un miliciano atravesó la garganta del orador con una bayoneta. Posteriormente, las ráfagas de ametralladora remataron el crimen en un escenario de absoluta barbarie. Junto a don Melquíades murieron otras figuras destacadas como Julio Ruiz de Alda, Manuel Rico Avelló, Ramón Álvarez Valdés, José Albiñana y Fernando Primo de Rivera. Este episodio quedó registrado en la historia como uno de los crímenes más atroces de los primeros meses de la Guerra Civil.
El asesinato de Melquíades Álvarez simboliza la destrucción de la República y de toda razón jurídica. Fue la eliminación de un hombre que defendió la libertad y la ley hasta sus últimos momentos. Su trayectoria política representó un proyecto de modernización de España basado en los principios de la democracia liberal. El vil asesinato en el verano de 1936 marca el momento en que la sinrazón y el odio se impusieron sobre la convivencia civilizada. La desaparición de Melquíades Álvarez dejó a la República huérfana de una de sus voces más autorizadas en la defensa del orden y el derecho.
[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]
