The Objective
Hastio y estío

Crónica de un duelo a garrotazos en el Congreso

«Cada vez más a un patio de colegio con corbatas y micrófonos: unos gritan ‘fascista’ y otros responden ‘golpista’»

Crónica de un duelo a garrotazos en el Congreso

El diputado de Vox José María Sánchez García se encara con Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. | EFE

El pleno en el Congreso de los Diputados del pasado martes empezó como tantos otros. Los escaños ocupados por hombres y mujeres que, en teoría, representan al pueblo soberano. El debate giraba en torno a una proposición no de ley del PSOE sobre el llamado «bibliocausto», esa quema de libros durante el franquismo y el golpe de Estado que, según los impulsores, merecía ser documentada con rigor histórico. Nada nuevo bajo el sol de la Transición eterna. Francesc Marc Álvaro, de ERC, tomaba la palabra desde la tribuna con una cadencia que irritó a unos y reconfortó a los demás. Y entonces, como en un sainete bien ensayado, el guion se torció.

Abajo, en el hemiciclo, José María Sánchez García, diputado de Vox por Alicante y portavoz en la Comisión Constitucional, no se quedó callado. Según su versión, y la de sus compañeros de bancada, el diputado de ERC Jordi Salvador le había soltado un rosario de improperios de manual: «nazi», «asesino», «analfabeto», «gilipollas», «criminal». Palabras que, en el argot parlamentario, equivalen a cartuchos de fogueo que terminan incendiando algo. Sánchez García, con el rostro encendido de quien se siente agraviado en su honra, o en su ideología, que para algunos es lo mismo, protestó desde su escaño. La presidenta Francina Armengol, con esa voz de profesora que conoce de memoria el reglamento, le llamó al orden por primera vez: «Siéntese, señor Sánchez, no está en el uso de la palabra».

Hasta aquí, un rifirrafe más. De esos que los cronistas parlamentarios guardan bajo el concepto de «tensión habitual». Pero Sánchez García no se sentó. Se levantó, subió al estrado de la Mesa presidencial y se encaró primero con una letrada y después con el vicepresidente primero, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que en ese momento presidía la sesión. El socialista, con la calma de quien ha visto de todo en ese lugar, le llamó al orden por segunda y tercera vez. Y Sánchez García, lejos de retirarse a su rincón, siguió protestando, exigiendo que se le escuchara, que no se consintieran los insultos, que la presidencia actuara.

El hemiciclo, ese gran teatro de la nación, contuvo el aliento. Algunos diputados observaban con esa mezcla de fascinación y hartazgo que produce el déjà vu político. Sánchez en 2021 ya había sido expulsado por llamar «bruja» a una parlamentaria del PSOE. Nada que ver con «bibliocaustos», pero sí con la tradición de que, en esta Cámara, las palabras pesan más cuando se lanzan con mala intención. Los de ERC, por su parte, mantenían su versión: Sánchez había empezado a increparles diciéndoles que «vosotros sí que quemasteis 8.000 libros». Un cruce de acusaciones que, leído en frío, parece sacado de las tomas eliminadas de Torrente presidente.

Gómez de Celis acabó aplicando el reglamento. Tras las tres llamadas al orden, llegaba la expulsión. Sánchez García abandonó el pleno sin poder participar en el resto de la sesión. El vicepresidente confesó que en ese instante solo pensaba en «de dónde [le] iba a llegar el sopapo». No llegó, afortunadamente. Solo palabras, gestos, tensión. Pero en el Congreso, las palabras son balas que, mal dirigidas, terminan agujereando la poca credibilidad que le queda a la institución.

Ni Vox ni ERC salen de este duelo a garrotazos como héroes. Sánchez García defendía, a su modo poco ortodoxo, el derecho a no ser llamado asesino en plena sesión. Salvador ejercía el suyo, igual de rudo, a expresar su repugnancia histórica hacia lo que representa Vox. La presidencia, atrapada entre dos fuegos, hizo lo que dicta el reglamento: aplicar la norma como quien apaga un incendio con un extintor de papel.

Lo curioso, y lo que convierte este episodio en crónica periodística y literaria digna de Raúl del Pozo, Azorín o Wenceslao Fernández Flórez, o de cualquier cronista de costumbres, es cómo el Congreso se parece cada vez más a un patio de colegio con corbatas y micrófonos. Unos gritan «fascista» y otros responden «golpista», y en medio queda el ciudadano que paga el sueldo de todos y que, honestamente, solo quiere que el tren llegue a tiempo y que la factura de la luz no se dispare. Nadie gana. Ni el que sube al estrado para exigir respeto ni el que lanza el improperio desde su escaño. La democracia, esa porcelana fina, sale siempre resquebrajada. Y los partidos, en lugar de pulirla, la usan como arma arrojadiza.

En definitiva, un altercado más en la gran ópera bufa llevada a cabo por nuestros servidores públicos. Ni tragedia griega ni epopeya heroica. Solo un sainete con protagonistas de carne y hueso, insultos reciclados y un estrado que, por un momento, se convirtió en un ring de boxeo. Mientras tanto, los ciudadanos aplaudimos o abucheamos según el color de nuestra camiseta. La obra de teatro seguirá mientras rompa la cuarta pared.

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