The Objective
Hastío y estío

Elogio a Jorge Bustos

«Un periodista completo que ha entendido que la radio, el periódico y los libros no son compartimentos estancos»

Elogio a Jorge Bustos

El periodista Jorge Bustos. | Víctor Ubiña

En un oficio donde la mayoría se conforma con sobrevivir, Jorge Bustos ha decidido vivirlo todo con la intensidad de quien sabe que el talento no es un préstamo, sino una deuda con uno mismo. En el último EGM, que salió la semana pasada, ha conseguido que en su tramo horario sea el programa más escuchado de la radio en España. No es fácil sustituir o complementar a Carlos Herrera en su programa de la Cope, y Jorge Bustos asumió esa responsabilidad honrándola con lo mejor de sí mismo.

Quien lo haya seguido en Herrera en Cope sabe de qué hablo. No llega como invitado de piedra ni como mero escudero. Llega con el verbo afilado, la cultura bajo el brazo y esa rara capacidad de convertir el análisis matutino en conversación de café inteligente. Herrera, el maestro, sigue siendo el timón; Bustos, el viento que hincha las velas sin hacerlas zozobrar. Juntos, y con Alberto Herrera en el relevo, han elevado el listón de lo que una mañana radiofónica puede ofrecer: rigor, ironía, contexto y, sobre todo, respeto al oyente. No es poca cosa en tiempos de gritos y titulares de saldo.

Pero Bustos no es un recién llegado que ha tenido un golpe de suerte. En el periódico El Mundo ha hecho de todo, y lo sigue haciendo como subdirector, pero ahora también es el tercero que cierra la «Santísima Trinidad» de la columna de contraportada de ese periódico. No le ha podido el vértigo con esos dos nombres que le antecedieron, como fueron Francisco Umbral y Raúl del Pozo, dos bestias de la naturaleza que nacieron para hacer del articulismo una religión a la que adorar. Ahora a Bustos le toca sostener esa columna hecha de oro y diamantes, y lo hace dejándola impoluta y respetando su significado.

Umbral con su prosa barroca y su ego de divo. Raúl del Pozo con su sabiduría callejera y su olfato de reportero de trinchera. Dos monstruos que convirtieron la contraportada en un altar laico donde se celebraba el idioma español en estado puro. Bustos no les imita, les respeta. Escribe con la solvencia del que ha leído mucho y la humildad del que sabe que el pedestal es prestado. Sus columnas destilan esa mezcla tan suya de clasicismo y contemporaneidad: referencias literarias que no pesan, ironía que no ofende al lector inteligente y una capacidad de síntesis que duele de tan precisa. No es fácil heredar un trono así. Él lo ocupa sin aspavientos, como quien sabe que la mejor manera de honrar a los gigantes es no empequeñecer la herencia.

Pero donde Bustos se revela en toda su dimensión es en sus libros. Su trayectoria como escritor no es un complemento, sino el núcleo de su vocación. La granja humana fue su debut. Una relectura irónica y ética de las fábulas clásicas que ya anunciaba al Bustos ensayista, capaz de mezclar columnismo y reflexión moral sin que chirríe. Le siguió El hígado de Prometeo, finalista del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos, donde arremetía contra la estupidez posmoderna con la precisión de un cirujano.

Crónicas biliares es puro Bustos juguetón: un dietario vitriólico, experimental, sin concesiones. Un libro que no buscaba amigos y que, precisamente por eso, sigue siendo de los más honestos con su generación. Vidas cipotudas recoge semblanzas biográficas a la manera de Zweig, pero con acento español: retratos de empecinamiento, de esa terquedad patria que critica y admira. Asombro y desencanto es viaje y literatura: La Mancha de Azorín, Francia, Pla, y el Quijote como hilo conductor. Un libro de madurez donde el cronista se permite ser contemplativo.

Y luego está Casi, probablemente su obra más conmovedora. Una crónica del sinhogarismo en Madrid, escrita desde el barrio donde vive, sin paternalismo ni demagogia. Bustos se acerca a los sintecho como personas con dignidad herida. No hay moraleja, sino mirada limpia y prosa que duele. Es el libro de alguien que entiende que la literatura también sirve para poner palabras a lo que la sociedad prefiere no ver.

Quien lea su obra completa percibe una evolución coherente: del ingenio fresco de la juventud al peso de la experiencia, sin perder nunca la exigencia con el lenguaje. En Bustos puede verse al relevo natural de una tradición. Un servidor ve algo más. Un periodista completo que ha entendido que la radio, el periódico y los libros no son compartimentos estancos, sino formas distintas de la misma obsesión por contar la realidad con la mayor verdad posible.

En estos tiempos donde la mediocridad es elevada a categoría, ver a alguien sostener con solvencia una columna, liderar tramos de audiencia en la radio y seguir publicando libros que valen la pena se convierte en un ejemplo a seguir. Cuando la mezcla del trabajo con el talento obtiene el éxito, deberíamos alegrarnos todos, pues, aunque debería ser lo lógico, todos sabemos que muchas veces no es así. Por eso es por lo que hay que celebrar ejemplos concretos como el de Jorge Bustos. 

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