The Objective
Hastío y estío

Rivero, el himno de España y la libertad de expresión

«Puede que a Rivero le parezca más sagrado el Corán que lo que simboliza el himno de España o la figura del Rey»

Rivero, el himno de España y la libertad de expresión

Aficionados de la Real Sociedad con banderas de Euskadi. | EP

A Juan Carlos Rivero, narrador desde hace dos décadas de las retransmisiones futbolísticas de la selección en Televisión Española, no le gustó que parte de la afición cantara «musulmán el que no bote» en el último partido jugado por la selección española en Barcelona contra la selección de Marruecos. Le pareció algo lamentable, indigno, vergonzoso, intolerable. Un servidor pensó que si se indignó tanto es porque es fiel seguidor de ese credo religioso. Seguramente va varias veces al año a La Meca y hace las cinco oraciones al día buscando la orientación hacia ese lugar. Uno lo que realmente piensa es que este narrador perdió la brújula tanto ese día como el pasado sábado en la final de la Copa del Rey. 

Un servidor no puede poner la mano en el fuego por si Juan Carlos Rivero, cuando no narra partidos, está en la mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, lugares monumentales donde los haya y de una belleza superlativa; eso nadie puede ponerlo en duda, o al vivir en Madrid se queda más cerca y va a la mezquita de la M-30, cerca del Tanatorio, donde parece que muere su imparcialidad. Y es que al periodista se le vio el plumero, o no supo esconder su plumaje florido de pavo real, luciéndolo en el momento más inadecuado. 

El pasado sábado se jugaba la final de la Copa del Rey de fútbol entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. En los últimos años, siempre que llegan a la final un equipo vasco o el Barcelona, sus aficionados pitan y silban el himno nacional, sabedores de la presencia del Rey y de la repercusión que eso tiene. El sábado pasado no fue una excepción, y mientras los aficionados colchoneros tarareaban nuestro himno sin letra, la afición de la Real Sociedad mayoritariamente lo denigraba con sus pitidos y silbidos. Una manera de embestir como cualquier otra, pero sin la nobleza de un toro. El partido lo retransmitía el ente público, y a Juan Carlos Rivero no se le ocurrió otro comentario tras acabar de sonar el himno que decir que lo que había ocurrido era «libertad de expresión»; quiso recoger cable diciendo «que habría que respetar los emblemas», pero con ello no renegaba de su primer comentario, solo intentaba justificar unas primeras palabras que ya no tenían vuelta atrás, y que él tampoco quería que las tuviera. 

Se dice que calladito se está más guapo. Rivero podría no haber dicho nada y nadie se lo habría echado en cara. Es un periodista deportivo de la televisión que pagamos todos, y lo que él piense de cualquier tema que no tenga que ver con lo futbolístico, aparte de que no nos importe en absoluto, es que debería ahorrárselos, pues entre todos le pagamos su sueldo y cada uno tiene sus sensibilidades ideológicas, religiosas, sociales y de cualquier otro tipo. 

Juan Carlos Rivero nos «enseñó» que no está bien meterse con la religión musulmana por decir algo tan pueril como «musulmán el que no bote», que es algo evidentemente despectivo, pero cuya intensidad como insulto es la propia de un niño de ocho años. Pero pitar el himno de tu país, Juan Carlos Rivero es español que uno sepa, además de trabajar en la televisión pública pagada precisamente por los españoles, no le parece algo ofensivo, sino un caso de libertad de expresión. Puede que a Rivero le parezca más sagrado el Corán que lo que simboliza el himno de España o la figura del Rey en nuestra Constitución y en nuestro reglamento democrático. Algo tan respetable como criticable. Uno no puede entender estas meteduras de pata. Puede comprender que un narrador no vocalice bien el nombre de un jugador de apellido impronunciable, o que se equivoque y diga que el balón lo lleva un jugador distinto a quien realmente lo lleva. O decir que una ocasión clara de gol es una donde la pelota acabó pegada al banderín del córner. Pero llamar libertad de expresión a pitar, silbar e insultar con gritos de «Puta España, Gora ETA» el himno nacional no es quedar en fuera de juego, sino meterse un gol en propia puerta. Faltar el respeto a los españoles y que además les paguemos por hacerlo.

Dicha frivolidad seguro que fue bien vista por el máximo jefe de TVE, José Pablo López, o por el jefe del jefe del ente público, Pedro Sánchez, estos a la vez empleados y súbditos del PNV y Bildu. A falta de un Guernica, nunca viene mal una humillación más a los símbolos españoles. Pero las malas noticias no terminan. Este junio que viene hay Mundial de fútbol y Televisión Española tiene los derechos, y ya sabemos lo que eso significa. Propongo que, cuando vaya a sonar el himno de España antes de cada partido de nuestra selección, quiten el sonido y que lo tararee Juan Carlos Rivero. Sería una forma de redimirse o de llevar el esperpento a su cima.

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