The Objective
Hastío y estío

Prioridades 'nazi-onalistas'

«Hace tiempo que hay españoles que se quedan fuera en el reparto de las porciones del pastel»

Prioridades ‘nazi-onalistas’

Bandera de España. | EP

El Gobierno y sus socios siguen intentando manipularnos, pero solo consiguen insultar nuestra inteligencia. Abusan de nosotros, nos denigran y humillan y además se permiten acusarnos de egoístas, nada empáticos y, por supuesto, de fascistas y racistas. Humillan a los que seguimos pagando sus fiestas y su alto nivel de vida. Les costeamos unos sueldos que demuestran no merecer con sus decisiones, que cada vez nos hacen más pobres, no solo económicamente, sino también como sociedad en sus valores morales. Tenemos un Gobierno muy progresista, pero el español medio no puede comprarse una casa y debe dedicar al alquiler casi la totalidad de su nómina. Que cuando vamos al supermercado miramos solo las marcas blancas sin necesidad de ser madridistas. Que debemos decidir entre ir al dentista o comer ese mes. El que no para de mordernos es este Gobierno vampírico. Que comprar unas gafas hace que veamos nuestra cuenta bancaria de una manera no solo emborronada, sino con una niebla donde van desapareciendo los números positivos. Habrá quien diga que, para lo que hay que ver, mejor seguir viviendo con una mirada distorsionada que se adapte a su oscura realidad. 

Al Gobierno y sus socios no les ha gustado el concepto de «prioridad nacional» lanzado por Vox. Lo ha tachado de algo propio de nazis, fachas, supremacistas de extrema derecha. A un servidor, Vox le importa lo mismo que el resto de partidos con representación en el Congreso. Nada. Uno es un humilde articulista que desde la independencia absoluta que siempre se le ha dejado mostrar en este periódico, dice lo que piensa, coincida o no con el partido de turno. Vox no ha inventado la pólvora con este concepto, aunque haya a muchos a los que les interese lanzar que ese mensaje es explosivo. Es una derivación evidente del «America First» de Trump, y al que se han agarrado como los que saben que sus mejores ideas pertenecen a otros.

Como decía, la gran clase media española —por cierto, cada vez más cerca de convertirse en baja, y eso con un Gobierno que se dice con una gran sensibilidad por las clases más desfavorecidas, es decir, casi todos, menos la jerarquía del sistema, del que ellos son parte— es la encargada de pagar los disparates que se le ocurren a un Ejecutivo que solo busca su beneficio propio. Los españoles pagan el enriquecimiento de unos pocos para empobrecerse más. Los de aquí cada vez tenemos más problemas para llegar a fin de mes, pero se nos dice que hay que aceptar que vengan seres humanos de otros países, ya que se merecen la oportunidad de vivir en un lugar con oportunidades. No las hay para los españoles, donde todo se encarece y los impuestos nos aplastan, pero se da una esperanza a los extranjeros de que esto es la tierra prometida. Hace tiempo que hay españoles que se quedan fuera en el reparto de las porciones del pastel, y ahora nos quieren meter más gente para que los Juegos del hambre dejen de ser una saga literaria de ciencia ficción llevada al cine y se convierta en la realidad más palpable. 

Esto no va de racismo y de egoísmo, sino de pura justicia. Si España es un país que ha alcanzado unas cotas de prosperidad en las últimas décadas, ha sido debido a nuestra situación geoestratégica en el mundo. Estar situados en la parte occidental y pertenecer al continente europeo. Esa es la razón general. La razón particular son el esfuerzo y trabajo de nuestros padres y abuelos por conseguir una prosperidad mayor para sus hijos y para su país. Esas dos generaciones se dejaron hasta la última gota de sudor por mejorar un territorio destrozado tras una guerra. Lo levantaron poco a poco, y fueron exclusivamente ellos, pues el número de extranjeros en España entre 1940 y hasta casi finales de siglo fue nimio. Reconstruyeron un país en ruinas. Lo elevaron económicamente y lo llevaron a la democracia. Después llegó el siglo XXI y, con él, el caos. El Estado del bienestar derivó en corrupciones política, económica y moral, y una sociedad plácidamente adormecida que lo ha permitido hasta nuestros días. 

El esfuerzo de nuestros padres era para que sus hijos y su país pudieran beneficiarse de él y así continuar con su legado. No trabajaron hasta deslomarse para que sus hijos y nietos no tengan donde caerse muertos, y que las ayudas se den a gente de fuera que nada hicieron para que España fuera un país democrático con los mejores servicios públicos posibles. 

Lo sorprendente es que este Gobierno y sus socios nos llamen racistas por no querer una regularización tan masiva como insoportable para el bien común y un funcionamiento ordenado de nuestra sociedad. Pensar primero en los españoles cuando no hay pastel para todos y este fue hecho con ingredientes de la tierra y con mano de obra nativa, es repulsivo para estos angelitos caídos del cielo. Pero después no tienen problemas en pactar y dar todo lo que les piden a unos partidos nacionalistas vascos y catalanes que quieren todo para sus territorios, dándoles igual que en la repartición se queden sin nada otras comunidades que siempre han sido más pobres que ellas. Esas prioridades ‘nazi-onalistas’, donde a los españoles nos llaman «bestias taradas», o a los andaluces o extremeños «charnegos», o ese tipo de sangre que demostraba la pureza vasca como dijo Arzalluz, esto sí, más propio de Hitler, sí que les gustan a este Gobierno tan falso, que lo único que le interesa de esta regularización masiva es vender un «buenismo» que esconde un interés puramente electoral, pero que a las malas, si no consiguen ese objetivo, esa marabunta incontrolable de seres humanos crea un caos tan enorme durante la siguiente legislatura, que se postulen otra vez como los únicos pacificadores posibles. Un win-win a corto o a medio plazo. Maquiavelo era un pardillo al lado de quienes nos gobiernan. 

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