The Objective
Cristina Casabón

El arte de fingir

«Somos los grandes estafados y ya lo sabíamos, porque no es que haya un hombre muy astuto, sino que hemos acudido a que nos engañasen»

Opinión
El arte de fingir

Ilustración de Alejandra Svriz.

P.S. finge no saber de quién son esas iniciales. Desde Moncloa insisten en que no se ha reunido «jamás» con su fontanera del partido. El coste de negar los hechos y no celebrar elecciones inmediatas se traduce en un creciente «cinismo ciudadano» hacia la democracia española y sus instituciones, dice el semanario The Economist

A mí me preocupa menos ese cinismo que la disposición de tantos a seguir creyendo. «Sé sincero contigo mismo», dice Polonio en Hamlet. Roger Scruton nos explica que hay dos tipos de falsedad: mentir y fingir. «Las personas que prefieren fingir no mienten, dicen lo que creen, aunque solo por el momento y para los fines que persiguen». Fingir es un logro mayor que el del mentiroso, porque para fingir hay que engañarse incluso a uno mismo. Un mentiroso puede fingir que se escandaliza cuando se descubren sus iniciales en una agenda. Sin embargo, quien finge se escandaliza de veras cuando queda al descubierto, porque había creado a su alrededor una comunidad de confianza, de la que él mismo era miembro. Es decir, se siente traicionado por una realidad que ha osado contradecir el relato que había construido.

Sabemos definitivamente que se negocia mejor con el engaño que reconociendo la verdad. Qué alivio caer en los brazos anónimos de una mentira. Somos los grandes estafados y ya lo sabíamos, porque no es que haya un hombre muy astuto, sino que hemos acudido a que nos engañasen. El engaño es cómodo, pero no es sano para el alma, porque no es puro ni verdadero. Molière, en su Tartufo, nos enseña que fingir afecta al corazón mismo de la persona que lo hace. Paradójicamente, Tartufo no es un hipócrita que finge ideales en los que no cree, sino que es una persona fabricada, alguien que cree en sus propios ideales, puesto que es tan ilusorio como ellos. 

Lo relevante para el análisis del fingimiento político no es la posible existencia de conductas ilícitas, que corresponde esclarecer a los tribunales, sino la facilidad con que nos dan lecciones de ejemplaridad moral mientras en su interior pueden desarrollarse prácticas incompatibles con ella. Cuando el escándalo sale a la luz mediante una vulgar libreta o agenda, los responsables suelen describir los hechos como excepciones aisladas, y lo más jodido es que de verdad lo creen. 

Fingir es, por tanto, una mentira que se engrasa de falsas verdades en las que uno ha decidido creer. El fingimiento consiste en construir un relato tan convincente que quienes participan en él terminan por creerlo. Por ejemplo, nuestra izquierda se complace en creer que hay un PSOE bueno, cree que P.S. está desviando la misión original del partido, pero que llegará un líder redentor que devolverá las aguas a su cauce. Hay quien quiere creer que «el PSOE asiste con una mezcla de estupor e indignación a la avalancha de casos de corrupción». Esta frase no es mía, se la he robado a una periodista de un medio de derechas. 

Pero también está llegando el momento en que la indignación de los ciudadanos nace menos de la corrupción misma que del descubrimiento de que aquello de lo que han formado parte es una representación. Esto sucede sobre todo con los más jóvenes, porque el asunto depende de la inversión emocional. Cuanto más tiempo ha defendido alguien una causa, más difícil resulta admitir que se equivocó. El coste psicológico de reconocer el error puede ser mayor que el de ignorar las evidencias de nuestra estupidez humana. Para un señor que lleva 40 años votando a la izquierda, hablamos de la mayor y más engrasada ficción de su vida. Por eso, cuando se acabe la película, la fábula, el ejercicio de la mentira, algunos españoles preferirán ser insultados, ser unos traidores, antes que ser unos grandes engañados. Por eso, ¡ay!, las revelaciones sobre corrupción rara vez producen cambios electorales tan grandes como cabría esperar.

Desde esa triste perspectiva, vemos que el fingimiento político no es solo obra de los dirigentes. La exquisita mentira necesita ciudadanos dispuestos a mantener viva la representación. Es un trueque nauseabundo que se alimenta de la mendacidad del dandismo mentiroso. Pero, sobre todo, la mentira necesita de quien no está dispuesto a reconocer su condición de estafado. Esa es una idea bastante cercana a la de autores como Aleksandr Solzhenitsyn: las ficciones colectivas sobreviven no porque unos pocos las impongan, sino porque millones de personas encuentran alguna razón para convivir con ellas. 

La mentira es hermosa como una meretriz, pero se agota pronto y, para convivir con nuestra estupidez, algo sumamente incómodo, solo nos queda seguir fingiendo.

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