The Objective
Hastio y estío

A Begoña todavía le quedan amigas

«Siguen a su lado cuando la mujer del presidente puede pasar a la sombra gran parte de su futuro más cercano»

A Begoña todavía le quedan amigas

Vito Quiles y Begoña Gómez. | EDATV

Para un servidor, lo noticiable del encontronazo del pasado miércoles entre Vito Quiles y Begoña Gómez no tiene nada que ver con ellos, sino con las que serían, a ojos de la mayoría, los personajes secundarios del esperpéntico momento: las dos amigas de Begoña Gómez.

Era un miércoles que presagiaba lluvia y truenos en la capital de España, pero sobre todo en el interior de Moncloa. En ese mismo momento, Aldama estaba cantando La Traviata en el Tribunal Supremo. El marido de Begoña era acusado por este de ser el «número uno» de la organización criminal. Pero nunca es un mal momento para quedar con las amigas mientras te tomas algo y se charla de todo un poco. Mientras a tu marido se le acusaba de ser un delincuente, ellas hablarían sobre cómo les va a sus hijos, cuál es el destino que tienen pensado para las próximas vacaciones veraniegas, o el programa de la televisión pública o de La Sexta que vieron la noche anterior, o de la serie de plataforma de pago que las tiene enganchadas.

A mí no se me ocurre una experiencia audiovisual más completa que ver estos días el juicio que se está llevando a cabo con los que eran uña y carne del marido de Begoña. Lo tiene todo: es una serie turbia, oscura, con su parte dramática, pero también cómica y con momentos eróticos.

Todo comienza en el interior de esa cafetería donde Begoña charla con sus dos amigas. El periodista Vito Quiles les espera fuera del local para hacerle unas preguntas a la mujer del presidente del Gobierno, procesada por cuatro delitos cuya gravedad haría que cualquier otra persona no tuviera las ganas ni la tranquilidad necesaria para poder disfrutar de tomar un café, un refresco o una cerveza con sus amistades: tráfico de influencias, corrupción privada, apropiación indebida, intrusismo profesional y malversación.

Si se piensa con detenimiento, hay un riesgo grave de que se te atraganten los panchitos y las patatas fritas que te pongan de aperitivo con las bebidas. Pero un servidor llega a la conclusión de que este tipo de gente no tiene conciencia alguna, pero sí unas tragaderas infinitas. Las imágenes grabadas muestran cómo Vito espera a que Begoña Gómez salga del establecimiento para preguntarle lo que el ciudadano quiere saber, y no las preguntas mamporreras que son las que aceptan responder Patxi López y el resto de este Gobierno.

«¿Señora Gómez, usted se arrepiente de utilizar su condición de mujer del presidente para hacer chanchullos?». «¿De haber utilizado a una asesora con sueldo público para sus negocios personales?».

Como era de esperar, la mujer de Pedro Sánchez no le contestó. Llevaba el móvil pegado a la oreja y aceleró el paso. Atrás dejaba a sus dos amigas para que se encargaran de distraer a Vito y dejarla tranquila.

Quiles las calificó como «charos». Una de ellas lucía una melena canosa, gafas y un jersey blanco con algunos dibujos negros. Fue la primera en enfrentarse a Vito: se puso delante de él para que Begoña pudiera alejarse del periodista e intentó taparle el móvil para que no grabara mientras le decía que se fuera.

La otra amiga tuvo una actuación más protagonista, por no decir estelar, y es que fue sin duda la que tuvo un papel más importante y con más frases. Una mujer con la melena al viento, ataviada con una chaqueta de cuero roja y, debajo, una blusa blanca. Un atuendo tan socialista como corporativo. Eso sí, la rosa se comportó como un capullo, o en este caso como una capulla, que uno no quiere quitar la condición femenina a esta corajuda amiga.

«Que te quites, quítate, quita esa mierda», estas fueron sus floridas y poéticas palabras mientras se subía a la chepa de Vito Quiles y le agarraba por el cuello para intentar quitarle el móvil. Le cogió del pelo y le dijo a Vito que era «un mierda».

El debate tras todo este sainete ha estado en si Vito ejerce el periodismo al hacerlo de unas formas no habituales, o si es ética su manera de proceder. Pero un servidor quiere quedarse con la suerte que tiene Begoña Gómez de que todavía le queden, al menos, dos amigas.

Es muy fácil acercarse o permanecer cerca de una amiga cuando todos los días son de vino y rosas, cuando la vida es un paraíso y hasta las serpientes están de tu lado. Pero cuando vienen mal dadas, y el brillo y el esplendor del pasado y del presente derivan en un futuro de una oscuridad posiblemente carcelaria o al menos fuera de la luminosidad y el poder que ofrece pernoctar en Moncloa, es fácil que, además de que las ratas abandonen el barco las primeras, también lo hagan las amistades.

Pero no es el caso de esas dos amigas que siguen al lado de Begoña cuando esta puede pasar a la sombra gran parte de su futuro más cercano. Las fiestas en Moncloa tienen la fecha de caducidad improrrogable del próximo año. Amigas que se han partido la cara por Begoña, una amiga que puede ser una delincuente, pero que han demostrado que su vínculo está muy por encima de esas «minucias». Una amistad a prueba de balas, delitos sin sangre y forcejeos varios.

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