Albares, Pedro Duque y sus afortunadas parejas
«Qué bonita es la amistad, o lo que sea, que lo da todo por la felicidad de la mujer del amigo»

José Manuel Albares y Pedro Duque.
Qué inquietante es la amistad cuando deriva en esa confianza ciega de presentar a sus parejas y que el tiempo haga que se repitan las cenas, viajes o cualquier plan conjunto. Vistas desde fuera, me han parecido una competición que, cuando estoy dentro, siempre pierdo. Hay algo intrigante y opaco en esos encuentros. Ambos equipos intentan no mostrar ni la más mínima fisura, aunque a veces sea inevitable cuando el cuarteto ha tocado ya demasiadas veces esa sinfonía de cuerda que preferiría utilizar para ahogar a uno o varios comensales de esa cena, cuando no a sí mismo. Lo de las dobles parejas no suele tener éxito ni en el póker. La izquierda cultural y mediática lo intentó con Almudena Grandes y Luis García Montero, por un lado, y con Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina, por el otro. Instituto Cervantes mediante, y colaboraciones en El País o la SER, que han acabado oliendo a pana vieja, estómago agradecido y poca sustancia. Por desgracia, se fue la que mejor escribía de los cuatro.
No sé si es el caso de los dos protagonistas de este artículo, ni siquiera puedo poner la mano en el fuego para asegurar que Pedro Duque y Albares hayan sido amigos alguna vez, o simplemente el roce en el Consejo de Ministros derivara en una relación lo suficientemente estrecha e íntima como para «ayudar» a la mujer del otro a tener una situación laboral más óptima. No debería sorprendernos que Pedro Duque, siendo astronauta, pusiera a Albares por los cielos. «Napoleonchu», como llama Carlos Herrera a Albares, por el contrario, es un estratega «terrestre». Prefiere pisar por tierra firme, aunque sus decisiones provoquen que no vuelva a crecer la hierba. La naturaleza y la naturalidad con la que deben sucederse los acontecimientos son para él algo discutido y discutible, como lo era para su querido Zapatero el concepto de nación.
No se sabe si ambas parejas en algún momento han comido juntas en algún restaurante de postín, o han hecho un viaje por algún archipiélago paradisíaco alquilando un barco y llevando una vida a lo Mbappé. Lo que sí se acaba de conocer es que la mujer de Pedro Duque, la diplomática Consuelo Femenía, ha sido premiada por Albares con su tercera embajada consecutiva. Primero lo fue en Malta, un país bello, pero que se acaba pronto y se vuelve repetitivo. Después llegó Países Bajos, con sus ciudades de casas bajas preciosas y de cuento. Con sus canales, bicicletas y tulipanes, pero también con un clima que para una española es un castigo. Seguramente por esta razón, su destino nuevo, que se conoció ayer, es Brasil. Playas, caipiriña y samba, qué mejor retiro dorado para la mujer de un amigo, conocido o la relación que haya entre ellos. Consuelo Femenía se parece mucho a la escritora argentina de éxito Mariana Enríquez, que entre sus libros tiene uno que se titula Un lugar soleado para gente sombría.
Pero no sería justo con Pedro Duque si no se dijera que él también ha sido generoso con la pareja del ministro de Asuntos Exteriores. Favor con favor se paga, y más en la «amistad política». Y es que Therese Jamaa, exvicepresidenta de Huawei España y pareja de Albares, entró en el consejo de administración de Hispasat al día siguiente de que fuera elegido Pedro Duque, exministro de Ciencia, para dirigir esa compañía pública. La «casualidad» quiso que todo esto se produjera poco después de que Consuelo Femenía y su número dos, cuando era embajadora en Países Bajos, tuvieran varias denuncias por acoso laboral y abuso de autoridad. Albares enterró la investigación abierta contra Femenía, y su pareja entraba en Hispasat a la velocidad de un cohete.
Qué bonita es la amistad, o lo que sea, que lo da todo por la felicidad de la mujer del amigo. Que pone en tela de juicio la honestidad de sus actos en pos de que la llama del amor no solo se mantenga, sino que se avive. Pocas cosas más bonitas que ver feliz a un amigo con su pareja. Una pareja feliz en lo laboral y en lo económico hace más fácil que lo esté en el resto de situaciones. El romanticismo extremo de nuestros dos protagonistas está en el centro de esta noticia, y hay que estar muy cegado por el raciocinio para no verlo.
