Angus Deaton, nobel de economía, ya lo señaló en 2010: «El dinero compra la satisfacción con la vida, pero no compra la verdadera felicidad»
Aunque ayuda, el escocés creía firmemente que había un techo en el cual se dejaban de percibir mejoras

Un hombre en la playa | ©Pexels
Es posible que, a estas alturas de la vida, todo el mundo tenga claro que el dinero no da la felicidad. Es una frase que repetimos como un mantra y que sirve para alejarnos de lo material, desvinculándolo de nuestro propio bienestar. Pero eso tampoco quiere decir que no pensar en el dinero sea fácil de conseguir. Ni que vivir sin él resulte tan sencillo, por mucho que nos empeñemos. Sobre todo, en un mundo donde prácticamente todo lo que nos rodea tiene que ver con ello.
Pero también hay preguntas que son trascendentes, especialmente cuando proceden de una mente como la del economista Angus Deaton, que se atrevió con un pensamiento casi contradictorio: la idea de que existe un umbral económico a partir del cual nuestro bienestar ya no aumenta de forma progresiva por acumular más y más. Superada una cantidad, no nos procuraría necesariamente más felicidad. Tampoco más calma ni un estatus aún mayor. Es decir, habría un punto a partir del cual ganar más no cambiaría nuestras circunstancias del mismo modo en que sí lo había hecho hasta llegar a esa cantidad.
El dinero no compra la felicidad… pero da comodidad
Angus Deaton pasó a la posteridad en 2015, cuando se convirtió en Premio Nobel de Economía. No obstante, el primer chispazo sobre esa relación entre renta y felicidad ya había llegado en 2010. Ese año publicó, junto a Daniel Kahneman –del que hemos hablado en THE OBJECTIVE y que ya había recibido el mismo Nobel en 2002–, un artículo sobre el que ha crecido buena parte de su obra: Los altos ingresos mejoran la valoración de la vida, pero no el bienestar emocional.

Deaton no es un iluso. Tampoco Kahneman es un novato. De hecho, ambos comparten una forma de ver la economía desde un punto de vista más psicológico y social. Razón que ha hecho recurrentes sus nombres como economistas sociales. Ambos eran plenamente conscientes de que el dinero, evidentemente, actuaba sobre nuestra forma de ser y sobre la forma en la que veíamos la vida. No hay que ser ingenuos.
Saber que llegamos holgadamente a final de mes y no vivir con las preocupaciones que implica su ausencia proporciona cierta calma o estabilidad. Pero Deaton comprobó en aquel trabajo, junto a Kahneman, que existía un límite: a partir de determinados ingresos, la felicidad no aumentaba de forma exponencial. Por eso, la relación entre ambos factores es uno de los aspectos más trascendentes de aquel estudio. Y por eso Angus Deaton sostenía que «el dinero compra satisfacción con la vida, pero no compra felicidad emocional».
El equilibrio como base de la felicidad, según Angus Deaton
Desde aquel 2010, las entrevistas con Angus Deaton se han sucedido en decenas de medios. A menudo, se le ha visto como un referente a la hora de hablar de pobreza y de cómo corregirla. De hecho, el premio Nobel llegó por un trabajo mastodóntico como El gran escape –publicado en 2013–, en el que hablaba de los orígenes de la desigualdad. Es allí, precisamente, donde el optimismo de Deaton ya quedaba patente y donde constataba que «la vida es mejor ahora que en cualquier otro momento de la historia», insistiendo en que, para aquel entonces, «más personas son más ricas y menos personas viven en la pobreza extrema».
Pero después venía el contrapunto: «El mundo es enormemente desigual». En este impasse sobre la felicidad, Angus Deaton, por tanto, no tiraba la piedra y luego escondía la mano. De hecho, en las más de 400 páginas de la obra desgrana la historia del capitalismo y acaba, aunque parezca curioso, con ese convencimiento optimista de que nunca antes el mundo había estado mejor.
Sin embargo, en el trabajo con Kahneman ya postuló que un dinero ilimitado, a título personal, no nos hace infinitamente más felices. No es magia, evidentemente. Deaton creía firmemente que las personas que más ganan tienden a evaluar su forma de vida más positiva. En este caso, lo que comparaba no era solo cuánto se tenía o cuánto se ganaba, sino dos caminos diferentes: la satisfacción vital y el bienestar emocional cotidiano. O, lo que es lo mismo, cómo nos sentimos de verdad en el día a día.
Ambos analizaron más de 450.000 respuestas de una encuesta y comprobaron que, para 2013, había una cifra tope en la cual se dejaba, dicho en cierta manera, de progresar en esa felicidad material: los 75.000 dólares. La distancia hoy, posiblemente, habría cambiado, pero el mensaje es igual de válido. Lo que ambos consideraban es que no es lo mismo sentirse rico que sentirse bien y que una cosa no lleva a la otra. No en vano, el propio Kahneman ya creía que «para tener más felicidad no debes controlar tu dinero, sino tu tiempo».
Ser felices sin mirar qué tenemos en el bolsillo
No es fácil, sobre todo si no se llega a esos 75.000 dólares, creer que el dinero no da la felicidad. A menudo también pensamos que es un tópico con el cual los ricos minimizan su éxito. Con ello también las clases más humildes justificarían que, a su manera, los ricos también lloran. Seguramente, como en tantos elementos de la psicología social, ambos puntos de vista son válidos.
Por eso, Deaton tampoco negaba que existiera una correlación entre ambas realidades. Lo ha dicho de manera recurrente: «Lo primero que hay que tener en cuenta es que parecen estar fuertemente relacionados positivamente entre sí», cuando respondía sobre si el bienestar y la felicidad estaban vinculados al dinero.

No podemos negar que vivimos en una cultura que prima el éxito. Y, al menos hasta ahora, una forma más o menos sencilla de comprobarlo era la situación económica. Vivir holgadamente ha sido el leit motiv para decenas de generaciones a lo largo de la historia. Quizás actualmente, con la Gen Z sobre la mesa, el valor del dinero para ser felices y sentirse realizados no tiene la misma fuerza. El ocio, el bienestar emocional, el tiempo libre y, en resumidas cuentas, poder disponer de nuestra vida a nuestro antojo sería más importante que tener muchos ceros en la cuenta corriente.
