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June Gruber, psicóloga, ya lo advirtió en 2011: «La felicidad puede volverse peligrosa cuando la buscamos demasiado»

La autora tiene claro que el malestar no es siempre un fracaso sino a veces una señal útil

June Gruber, psicóloga, ya lo advirtió en 2011: «La felicidad puede volverse peligrosa cuando la buscamos demasiado»

Una mujer en una ventana | ©Pexels

En la actualidad, ser feliz deja de ser una opción y se torna, a veces, en una obligación. Nos convertimos en un Sísifo moderno, persiguiendo un ideal no solo deseable, sino necesario. Pero eso, sin embargo, no significa que acabar cargando con esa losa sea la solución para que la felicidad acabe llenando nuestra vida.

De hecho, puede ser contraproducente. Y así lo consideraba la psicóloga June Gruber, quien pensaba en 2011 que ir detrás de esta felicidad con demasiada intensidad puede ser un arma de doble filo. Aunque suene paradójico, la realidad sobre esta persecución nos puede hacer más mal que bien. De ahí a caer que buscarla sea incorrecto hay un trecho, pero tampoco a meternos en un vodevil en el cual nos acabemos obsesionando con algo. Tanto que, al punto, acabe siendo peor, como popularmente se dice, el remedio que la enfermedad.

Gruber no dijo que pretender encontrar la felicidad sea malo, pero que tampoco haya que empecinarse en su persecución. Cuando la convertimos en una meta obsesiva, activamos mecanismos psicológicos que nos alejan de ella. Desde la ciencia, en este caso, contradice al teórico sentido común que recomendaría ir detrás de la felicidad activamente, costase lo que costase.

Jane Gruber, la psicóloga ‘hater’ de la felicidad

June Gruber pertenece a esa nueva escuela de la psicología que despuntó en la primera parte del siglo XXI. Salió de la Universidad de California en Berkeley, aunque solo fue el primer paso de una carrera que durante dos décadas la ha convertido en referencia dentro de Estados Unidos en un referente. Mayoritariamente por ese enfoque, a veces considerado de hater, de la felicidad.

Inquieta, Gruber comenzó su carrera en la Costa Oeste, aunque sería en el departamento de Psicología de la Universidad de Yale donde empezaría a indagar en una cuestión tan extraña como sugerente: si las emociones positivas son siempre tan positivas como parecen. De ahí saltaría a la Universidad de Colorado Boulder, donde acabaría haciéndose un nombre y lanzando una pregunta casi explosiva: ¿pueden las emociones positivas dejar de ser beneficiosas?

Realmente, ¿qué perseguimos en la felicidad?

Todo estalla, siguiendo con el símil, en 2011. Gruber publicó, junto a las investigadoras Iris Mauss y Maya Tamir, un artículo que se convertiría en referencia de su trabajo. Y lo hizo en 12 páginas, no en un ensayo mastodóntico, pero sí en un texto clarividente. Se tituló A Dark Side of Happiness? y vio la luz en la revista Perspectives on Psychological Science. Ahí sostenía una realidad complicada de aceptar: la felicidad no siempre produce buenos resultados porque depende del grado, del momento, del motivo y del tipo del que se trate. Algo de lo que hemos hablado varias veces en THE OBJECTIVE.

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Perseguir de manera obsesiva la felicidad puede hacernos más mal que bien. ©Pexels

El artículo identificó cuatro mecanismos por los que la búsqueda de la felicidad, según Jane Gruber, puede volverse perjudicial. En él consideraba que, en el primer peldaño, el nivel de una activación emocional positiva había riesgos como generar una menor empatía o, incluso, conductas de riesgo.

En el segundo peldaño explicaba que «es el contexto equivocado: hay situaciones, como un duelo o una negociación difícil». Es decir, que puede que la alegría pudiera ser inapropiada o incluso dañina. Además, identificaba que era importante ser consciente de esta situación. En este sentido, otros pensadores incidía en que «ser feliz no significa tener una vida perfecta». En el tercer estadio, la pregunta es igualmente directa: «¿Hay caminos erróneos para perseguir la felicidad?». La cuarta, y la que deja una respuesta más abierta que ninguna, lo remata: «¿Hay formas equivocadas?»

Buscar una felicidad sin agobiarse en ella

Leer a Gruber, sobre todo en según qué circunstancias vitales, no es sencillo. Especialmente porque, en teoría, no querer ir detrás de esa alegría es extraño. No obstante, una de las partes más importantes de su trabajo se centra en que, por ejemplo, aquellas personas que leían textos sobre ser felices acababan sintiéndose peor cuando veían, por ejemplo, una película alegre. Por eso, consideraba que ese tipo de comparaciones podía acabar pasándonos factura.

De la misma manera, quedaba para la posteridad en ese artículo, no de manera literal, lo que da sentido a su pensamiento: «La felicidad puede volverse peligrosa cuando la buscamos demasiado». En cualquier caso, dejaba claro textualmente que «perseguir la felicidad puede tener efectos negativos en el bienestar individual».

Cómo entender todo ello

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El malestar, según la autora, puede ser una herramienta que nos ayude a acabar siendo mejores. ©Pexels

No es una cuestión menor esa diferenciación. Más aún hoy. La realidad es que quizá nunca habíamos tenido tanta información disponible sobre cómo sentirnos bien. Y, claro, evidentemente, nunca antes habían sido tan altas las tasas de ansiedad, soledad y malestar psicológico. Por eso, la contradicción no es casual.

Gruber, de hecho, consideraba que «la búsqueda de la felicidad no es tan maravillosa como parece» cuando se ha referido a ella en otras entrevistas. Al punto de que, para ella, hay situaciones en las que un exceso puede ser incluso perjudicial. Si bien es cierto que lo lleva al extremo, pero en ocasiones ha hablado de que esa felicidad desbordada puede «hacer que las personas sean menos sensibles a las amenazas del entorno».

Por eso, leer a Jane Gruber es útil. Sin caer en tópicos de la trascendencia de «el hombre es un lobo para el hombre» que popularizó Thomas Hobbes, ya en el siglo XVII, publicando Leviatán, la posición de Gruber brilla. No como una reflexión filosófica, sino como un trabajo psicológico que le ha permitido comprobar que obsesionarse con ella puede llevarnos por un mal camino.

Lo complicado de aplicar las ideas de Jane Gruber en la felicidad del día a día es que van a contracorriente. Dejar de buscar la dicha activamente parece casi una renuncia. Sin embargo, la investigación apunta en esa dirección: el bienestar duradero tiende a aparecer como consecuencia de otros procesos, no como meta directa. Por eso, hay que entender que la postura de Gruber no es de rechazo, sino de comprender que no es tan sencillo llegar a ella.

Evitar la obsesión por la felicidad

En cierto modo, podríamos decir que la forma de ver la felicidad de Jane Gruber sería tirar al suelo una taza de Mr. Wonderful y hacerla pedazos. Gruber no tira de fatalismo. No hablamos de una autora como Kierkegaard o Schopenhauer, pesimistas de manual.

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La visión de Gruber no es un postulado pesimista, sino que insiste en buscar conexiones más profundas y vitales. ©Pexels

Más bien, lo que Jane Gruber ha acabado destilando como felicidad es más básico. Gruber, como creían otros pensadores, pensaba que acabamos siendo felices, por ejemplo, al tener una vida con sentido –como apuntaba Viktor Frankl– o por tener relaciones sociales sólidas. Es decir, con un sentimiento de comunidad y de cohesión más fuerte que los estímulos triviales.

No obstante, en las soluciones que da Gruber tampoco estaría la evitación sistemática del malestar. No hablamos de una estoica, pero sí de una psicóloga con los pies en el suelo. Algo en lo que concuerda la psiquiatra Marian Rojas, que considera que «la ansiedad es natural, pero si se cronifica puede alterar la vida diaria».

Por eso, lo que se encuentra en el trabajo de Gruber no es, ni mucho menos, un mensaje que deteste la felicidad. Tampoco que sea imposible alcanzarla. Lo que sí indicaba es que hay emociones negativas que tienen su función o que el malestar puede ser una señal útil como aprendizaje. Por eso, en A Dark Side of Happiness? deja claro que no se trata de resignarse al sufrimiento.

Tampoco que se trate de no huirle a toda costa, pero sí de aceptar que la felicidad, como la vida, puede tener dos caras: la positiva y la negativa. En esas dos caras, que sí reflejarían nuestra forma de ser, Gruber pide un poquito más de honestidad con uno mismo. No insiste en la obligación de ser felices siempre, al máximo y todo el rato, sino de comprender que eso es imposible y que, como cualquier cosa imposible, no llegar a ello acaba siendo frustrante.

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