Borja Sémper y la enfermedad de la política
«Ojalá salga indemne de la política, aunque todo el que entra sabe que es una patología incurable»

Borja Sémper. | Ignacio Lopez Isasmendi (EP)
Borja Sémper ha superado el cáncer y un servidor se alegra mucho. Borja Sémper vuelve a la política, y eso ya no lo celebro tanto, por no decir nada. No porque tenga algo personal contra él; todo lo contrario: es una de las pocas excepciones humanas dedicadas a esa disciplina por las que siento un respeto profundo y ninguna animadversión. Lo que ocurre es que no le deseo a nadie dedicarse a una actividad cuya turbiedad y toxicidad dominan un oficio que debería ser ejemplar, y menos aún a alguien que viene de luchar contra algo tan grave. Salir de Málaga para meterse en Malagón por segunda vez. Un hombre inteligente, calmado, culto, que vuelve a tropezar con la misma piedra. Que su salud vuelva a ir sobre ruedas no le convierte en un experto conductor capaz de esquivarlas. Y es que a Borja Sémper no le pega ser un Rolling Stone: eso es mejor dejárselo a personas como Ábalos, que disfrutan de la adrenalina del acelerón y el derrape que acaban en siniestro total.
Sémper tiene 50 años, al igual que El País, pero el primero presenta un aspecto bastante más saludable que el segundo. Que quede claro que esto es una crítica contra la jerarquía de ese periódico en los últimos años, y no contra sus trabajadores. El estrés que provoca la política hizo que Sémper empezara a fumar; en El País, lo creó y lo mantiene el sanchismo, que se deshizo de periodistas talentosos e independientes para imponer un estilo basado en un masaje tan profundo que ya no les quedan huellas dactilares a los mandamases del periódico. Bárbara Goenaga, actriz y mujer de Borja, le reprendía por ese hábito y le pidió que se hiciera un chequeo médico. Ella es una mujer de una simpatía y una calidez extraordinarias. Pude saludar tanto a Borja como a Bárbara en la presentación de un libro de Alfonso J. Ussía. Fueron apenas un par de minutos en el Café Varela, y a eso se reduce mi relación personal con la clase política. A él simplemente lo saludé en un corrillo con otros articulistas y periodistas; con ella pude hablar esos dos minutos en los que su elegancia no necesitaba de una actriz con un cigarro en la boca a lo Marlene Dietrich, Audrey Hepburn o Lauren Bacall. Lástima que durase tan poco y el hechizo desapareciese como una niebla, esta sí, demasiado humeante.
Sémper no tenía ningún síntoma cuando fue a hacerse aquel chequeo. Pensó que era un mero trámite que tranquilizaría el tremendismo de su mujer. Muchas palabras empezando por «t» en la frase anterior, pero faltaba la de los «terroríficos» resultados. Un servidor no sabe si Sémper le tuvo más miedo al diagnóstico o al temido «te lo dije» que aterroriza a cualquier hombre cuando esas palabras vienen de su mujer. Por suerte, ahora se puede hacer esta broma, pues la enfermedad ha desaparecido como se desvanecen las palabras una vez dichas. Un tumor cancerígeno en el páncreas, avistado por la Bárbara del pasado en un cuerpo y un tiempo demasiado presentes. El futuro de aquel instante quiso desechar la opción de estar de cuerpo presente, y que el presente siguiera siendo el tiempo más vivo.
Por eso un servidor no entiende que, tras la quimioterapia, la radioterapia y la operación, le hayan quedado ganas a Borja Sémper de ir al matadero por voluntad propia. Y esta vez no me refiero al lugar elegido por El País para celebrar su 50 aniversario, aunque hay que reconocerles que ni ellos mismos han podido luchar contra su subconsciente. Me refiero a ese matadero moral y ético para muchas personas que entran en la actividad política con ganas de hacer las cosas bien, pero a las que la oscura realidad termina llevándose por delante. La enfermedad de la política debe tener difícil sanación. Es aquí donde mejor se cumple aquello de que no hay peor enfermo que el que no se quiere curar. Se dice que con la salud no se juega, pero para dedicarse a la política hay que ser muy buen jugador. Los más valientes lo hacen jugando a su particular ruleta rusa.
Dedicarse a la política en un territorio donde defender unas ideas y unos principios te obligaba a acariciarte la nuca cada vez que caminabas por una calle de cualquier población vasca, para que hiciera de escudo ante el pistolero, o a poner a prueba la calidad de tus articulaciones y tus riñones para agacharte a mirar si debajo del coche te habían dejado una sorpresa capaz de hacerte saltar por los aires. Sémper ha sobrevivido a eso y a un cáncer, pero la enfermedad de la política permanece. Supervivientes políticos conocemos varios casos; algunos hasta presiden el Gobierno. Pero políticos supervivientes a dos amenazas tan reales, con una valentía y una nobleza ejemplares, solo está Sémper. De ambos sufrimientos tengo claro que ha valido la pena salir adelante. Ojalá salga indemne de la política, aunque todo el que entra sabe que es una patología incurable.
