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Willy Bárcenas y la vida padre

«No le pesó el apellido, y más cuando este estaba manchado con el chapapote de la corrupción política»

Willy Bárcenas y la vida padre

Willy Bárcenas durante un concierto de Taburete en 2024. | EP

Un servidor no puede evitar que le caiga bien Willy Bárcenas. Hay cosas que el método científico no puede explicar. Que surgen por generación espontánea, como el amor de un padre a un hijo y viceversa. Acciones inmorales y delictivas que se realizan para el beneficio y el confort familiar. A Luis Bárcenas se le ponía voz, cuerpo y traje de Marlon Brando para justificar ante el espejo que todo lo hacía por «la familia». No hay duda de que él era y es el padre, pero seguimos sin saber quién es «el padrino». En los créditos de la película con el mismo título aparece como director Coppola, y en algunos papeles que se le encontraron a Luis Bárcenas aparece el nombre de M. Rajoy como un posible director de la trama Kitchen, que ahora se está juzgando. La diferencia es que todo el mundo conoce al director de cine, pero nadie sabe quién es esa persona de apellido presidencial. Ya se sabe esa frase clásica del principio de algunas películas que advierte de que «todos los personajes son ficticios y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia».

Pero volvamos a Willy, hijo del tesorero del Partido Popular en el tiempo que estuvo Mariano Rajoy al frente del partido y como presidente del Gobierno. Fue un chaval al que nunca le faltó de nada. La casa familiar, en una de las mejores zonas del barrio de Salamanca en Madrid. Fue a los mejores colegios. Hacía viajes pagados por papá por donde quisiera del mundo. Una vida acomodada y demasiado tranquila. Todo se desestabiliza cuando su padre es acusado de diferentes delitos económicos en relación con la financiación y la opacidad en las cuentas del partido. Un falso cura entró al domicilio familiar y maniató a Rosalía, mujer de Luis Bárcenas, y se enfrentó a Willy para que le diera los pendrives con la información que haría caer al Gobierno. Con la Iglesia habían topado, y con las cloacas también. Los días de vino y rosas acababan para los Bárcenas, y esa vida regalada tenía que irse con la música a otra parte.

Tanto fue así que Willy se lo tomó de manera literal. Con unos amigos decidió formar un grupo musical de «niños pijos», como el que se lleva a la chica en la famosa canción de Hombres G, los cuales fueron muy importantes y apadrinaron al grupo en sus comienzos. Willy se centra en la música para olvidar el drama familiar. No se queda parado y se regodea en la oscuridad del momento, sino que busca la luz en la parte artística. Así surge Taburete, nombre del grupo. El éxito se da casi de manera inmediata. Nada hay más democrático y libre que aquello en lo que decide gastar el tiempo y su dinero una persona, sobre todo en su ocio. Y es que sus conciertos se han llenado desde siempre, pero en los últimos años en locales y pabellones donde caben varios miles de personas. No le pesó el apellido, y más cuando este estaba manchado con el chapapote de la corrupción política, y pudo abstraerse para intentar cumplir su sueño. En su caso, pertenecer a un apellido conocido no sumaba, sino que era una publicidad negativa.

Willy Bárcenas, en su vida personal, está casado con Loreto Sesma, poeta y novelista de Zaragoza, que también tiene un gran éxito comercial. Empezó cuando solo era una adolescente subiendo los poemas que escribía a sus redes sociales y, en poco tiempo, se convirtió en una de las poetas jóvenes con más seguidores, tanto en España como en Hispanoamérica.

Esta semana ha vuelto a ser noticia porque ha comparecido en el juzgado como tercer perjudicado en el juicio del caso Kitchen, la causa que investiga un presunto operativo parapolicial para espiar a su familia y sustraerles documentación comprometedora para el Partido Popular. Se sentó ante el juez, y no lo hizo en el «taburete» de su éxito personal, sino en la silla familiar. Defendió a su padre y criticó el trato que recibió en la cárcel, y todas las presiones que sufrió. Se comportó como un buen hijo que está agradecido porque sabe que le debe a su padre haber disfrutado de la vida que ha tenido. Otra cosa es que lo que hiciera su padre no fuera legal y haya tenido que pagar con cárcel sus errores. Cosa que me parece justa y como debe de ser.

Willy tenía todas las características para haberse quedado paralizado de por vida. Un chaval acostumbrado a tener todo lo que quería sin hacer esfuerzo alguno. Un niño pijo no acostumbrado a las adversidades. Pero decidió no victimizarse y buscar el refugio en su pasión, que era la música, conocedor de que es una profesión cuya exposición pública es inevitable si se quiere cosechar el éxito. Lo normal en sus circunstancias sería haberse asustado y no haberlo intentado. Tener miedo al qué dirán, a ser juzgado por ser «el hijo de» y no por su música. Pero no hizo caso a todas esas cosas, que ocurrieron como no se podía esperar de otra manera en este país, y se la jugó. Y a veces, por suerte, el que arriesga gana. No se quedó en casa lamiéndose las heridas, algo que en ese hogar familiar era complicado, como contó en el programa de Iker Jiménez, Cuarto milenio. Esa era la verdadera «casa de los espíritus» y no la novela escrita por Isabel Allende.

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