El circo mediático de Makoke: ¿es víctima de malos tratos o la defensora de un maltratador?
«En Telecinco están jugando con fuego, pero al parecer no son conscientes de que se han quemado»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Habrá quien me recrimine que use el titular como broma de mal gusto o como clickbait, pero me temo que esta humilde columna de opinión ni tiene vocación de humorista escéptico, ni responde a una estrategia para captar la atención de incautos lectores. Siento decirles que a estas alturas de la película, cuando un tema tan serio y doloroso se ha convertido en contenido promocionable —puro show protagonizado por una de las partes, la que acusa, que en lugar de acudir a los juzgados prefiere hacer caja en televisión y facturar por la denuncia con la complicidad de una cadena que levanta el veto a Kiko Matamoros con la intención de poder acusarle, no para que pueda defenderse—, tal vez sea el momento de reconocer que la cosa se ha ido de madre. Máxime cuando el espectáculo patina de un lado —el victimismo— a otro —la desafección a una víctima— sin ningún pudor y sin perder la compostura: al parecer, el cheque que se cobra en las exclusivas para estos casos es multiusos y no exige un mínimo de coherencia o, ya que hablamos de un espectáculo que torea a cualquiera que la esperase, de vergüenza torera.
Si todo vale, entonces se puede hacer una broma de mal gusto o simplemente clickbait sin remordimiento alguno porque, como ya han podido comprobar los lectores que sean también espectadores de televisión, es muy sencillo hacer un suculento negocio en formato vendetta con esta terrible lacra: bajo los focos, sin cortarse un pelo, jugando a los demiurgos morales al juzgar en akelarres de plató lo que debería ser responsabilidad de los jueces. La intención es clara: hurtarles su deber a los togados: que no sean ellos quienes dicten sentencia, pasando el testigo a manos de una audiencia que no da crédito a esta trama a la que, como tantas otras en este salseo nacional, le sobran tintes de culebrón de sobremesa. Todo vale. O eso parece ya.
En Telecinco están jugando con fuego, pero al parecer no son conscientes de que se han quemado.
Les voy a ser tan sincero como crudo: me jode, y mucho, la tesitura en la que me coloca el testimonio de Makoke en DeViernes, una declaración impactante que llama a posicionarse del lado de la víctima, darle apoyo —aunque es inevitable cuestionarse algunos detalles de su relato que no parece sostenerse en algunos momentos—, creerla aunque sea su palabra contra la del maltratador —invirtiéndose en esta trampa la carga de la prueba, borrando de plano el concepto de supuesto y, con ello, la presunción de inocencia del acusado— cuando la Makoke que reclama ese derecho con derroche pirotécnico emocional es la misma Makoke que se lo niega categóricamente, sin un ápice de empatía o sororidad, a la que fuera pareja de Gonzalo Fernández.
Si se preguntan quiénes son y a santo de qué aparecen de la nada estos personajes, agárrense bien fuerte porque ahora viene lo bueno: él es el novio de Makoke, de hecho será su futuro marido —si no se retrasa sine die una boda que está en el mercado de las exclusivas porque por ahora no encuentra quién la compre, salvo que reciba un empujoncito con este escándalo y logre colarse alguna portada de segunda categoría—, quien pasó una noche en el calabozo y se encuentra a la espera de juicio por tres delitos de violencia doméstica tras las denuncias que ella, su ex, interpuso acompañadas de pruebas como el siguiente mensaje que no deja lugar a muchas dudas del cariz de la relación: «Eres una hija de p…, gilipollas, retrasada, subnormal. Te voy a matar. Te vas a cagar. Te voy a destruir, te voy a reventar, te voy a destrozar la vida».
Makoke, la misma que, como hemos contado, llora y se lamenta de las vejaciones psíquicas y las agresiones físicas sufridas durante años, señalando al culpable de los malos tratos y reafirmando el valor de la palabra de una víctima, ha reaccionado con pasmosa seguridad ante las acusaciones, tan duras como las que ella ha realizado contra Matamoros, pero que en este caso afectan a su actual pareja: «Confío en su inocencia».
¿Qué? ¿Cómo se quedan?
Y todo sin guionista, porque la trama avanza sola, guiada, al parecer, por las ironías del destino, especializado en dejarnos boquiabiertos en cada uno de los golpes de realidad que parecen mentira.
El amor de Makoke no solo es ciego, también es capaz de convertir la coherencia en fantasía que adopta formas de criatura mitológica. Sus palabras y demostraciones de fe, confianza y caridad ilustran la incongruencia de la que somos testigos, así que lo de ‘defensora de un maltratador’ (supuesto) a la que hacía referencia el titular no es ninguna ‘boutade’, sino la constatación de la bipolaridad moral del personaje.
Así, entre nosotros, no me digan que no resulta un tanto perverso el mecanismo mental que lleva a Makoke a percibirse como víctima, pero no como verdugo de otra en su -supuesta- misma situación. La Makoke en plan ‘Créeme, hermana’ frente a la Makoke ‘Yo no te creo, hermana’. ¿De verdad alguien piensa que se puede tomar partido por la primera, obviando a la segunda? ¿O que no sea esta última la que ofrece su verdadero rostro mientras lo que lucía la anterior solo era puro maquillaje?
La tesitura, ya les digo, me jode: ¿Creer a Makoke, sí; creer a la ex de su novio, no? ¿Hay que creer a una, pero no a la otra? ¿Por qué? ¿Y por qué no creer a las dos? O, hartos de tanto compromiso ético obligatorio con gente que ni nos va ni nos viene, personajes movidos por intereses egocéntrico-económicos, ¿por qué no mandarlo todo a paseo y no creer a ninguna de las dos?
Al final van a pagar justas por pecadoras. Y eso no debería ser así.
