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Opinión

¡Lo que habría hecho Ábalos por meter a Jésica en la casita de Bad Bunny!

El plan era un guiño al pueblo, pero el resultado ha sido una exclusiva zona VIP para narcisistas con ganas de validación

¡Lo que habría hecho Ábalos por meter a Jésica en la casita de Bad Bunny!

Ilustración generada mediante IA.

Si la vida no fuera una carrera de obstáculos de lo más inoportunos, una montaña rusa que lleva a la luminosa cima para luego precipitarse a los abismos más oscuros… Si la vida no fuera tan perra, imagino que pensará José Luis Ábalos, ahora mismo no estaría en su celda, aislado del mundo que antes se rendía a sus pies. Estaría tirando de agenda y contactos, moviendo los hilos para satisfacer, entre otras imperiosas necesidades, el nuevo capricho de su favorita, Jésica, que tiene toda la pinta de ser firme candidata a matar —en sentido figurado— por cumplir el sueño de pasar por «la casita» que Bad Bunny ha montado en sus conciertos.

Es un espacio mágico donde Jésica habría podido sentirse especial, extraordinaria, única e inalcanzable, rodeada de todos aquellos que son algo en la vida y de todas las que bailan al ritmo de rituales de apareamiento para seducirlos en un intento desesperado por ser algo en la vida. (No sean malos, que ya están imaginando a Jésica bailando…). Porque, no me digan ustedes que esta fantasía de postureo total no encaja como un guante en la filosofía vital de alguien que cobraba una pasta sin tener que ir a trabajar: hace falta tenerse en muy alta estima para creer que una merece el honor de recibir una paga solo por existir. Bueno, quien dice una, dice dos. Y encima en empresas públicas.

Pero, ya saben, la vida es eso que nos roba los planes que hacemos creyéndonos intocables. Y el hombre que nos robaba en forma de comisiones ha quedado fuera de este juego: todo sigue su curso natural, el destino es ajeno a los dramas de cada uno, seamos ciudadanos de a pie o reyezuelos caídos en desgracia.

¿A cuento de qué meto el caso Ábalos en todo esto? Solo intento demostrar que el fenómeno creado por el cantante de moda es de tal impacto —al tiempo que se revela como representación máxima de los valores de nuestra época— que no imagino al poder, a quienes ostentan o han ostentado un mínimo poder, y sobre todo a quienes se regodean en él sintiéndose superiores al resto de los mortales, escapando a la oportunidad de usarlo para conseguir una invitación para «La Casita» como demostración de fuerza, de visibilización de ese poder, por mínimo que fuera, en un gesto de afirmación y confirmación del statu quo.

Quien se crea importante y no haya sido convocado por Jeremy Villanueva, mano derecha de Bad Bunny, ha debido sufrir de lo lindo. Y no me creo que toda esa panda de Koldos y Aldamas, además de todos aquellos que no conocemos y campan por sus fueros siguiendo su siniestro ejemplo, no tengan sueños húmedos con lo que representa esa Casita del demonio (personalmente la veo más como la puerta del averno que la entrada al paraíso, pero supongo que me llamarán envidioso).

Lo que originalmente era un homenaje de Bad Bunny a la gente humilde de Puerto Rico a través de una muestra de su arquitectura más popular ha entrado de golpe en el imaginario colectivo de los españoles como una suerte de fascinante agujero negro cuya fuerza gravitatoria demuestra tal intensidad a escala social que engulle conceptos como el feminismo o el clasismo, por ejemplo. Eso sí, por distinto motivo y con distinto resultado en cada caso, aunque al final todo sea regurgitado posteriormente en forma de stories, material promocional en estado puro en una escala viral nunca vista.

El plan era un guiño al pueblo, pero el resultado ha sido una exclusiva zona VIP para narcisistas con ganas de validación, exhibicionistas de un éxito logrado con o sin méritos, y señoritas de compañía visual para tiempos de selfis y live streaming, elegidas por la ruleta de la suerte genética.

Premiadas con una presencia que merece inmortalizarse al son de la música latina entre perreo provocador y caídas de párpados ensayadas frente al espejo siguiendo los sabios consejos de alguna influencer de esas que convierten el lifestyle en material para el empoderamiento, algunas han sacrificado el feminismo a través de la cosificación total en aras de un bien mayor: la pertenencia al reducido y selecto grupo de las elegidas.

No es lo mismo luchar por la igualdad desde la marginación que encontrarse entre iguales en la cúspide de la pirámide social. Las igualdades son desiguales cuando entra en juego el ego y el delirio de creer que, por unos minutos de gloria en un evento musical, ya formas parte de un mundo que solo te usa como relleno, como parte del decorado, como material desechable al apagar las luces, cuando termina el espectáculo, y te mandan de vuelta a la realidad de una patada.

Ahora mismo no importa no ser nadie; la clave es parecer alguien. Pero tampoco como Ábalos, que parecía una cosa cuando era otra. Porque no es lo mismo dar el pego que dar un palo.

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