Entiendo la corrupción pichaloca, pero no la corrupción pichatriste
«Yo pago impuestos para la Sanidad, para la Educación y para el placer de Ábalos»

Ilustración generada con IA.
1. Lo de las joyas de Zapatero (feísimas, por cierto) me ha recordado una cosa que le escuché a Antonio Gala. En una conferencia que dio en Málaga en los noventa, uno del público le preguntó si no había contradicción entre su aspecto lujoso y sus predicaciones en favor de los pobres. Gala le agradeció la pregunta, porque a él mismo le había causado conflicto íntimo «hasta que un labrador de Antequera se [le] acercó un día y [le] dijo: ‘Don Antonio, a uzté lo queremo enjoyao, como loz zanto‘».
2. La sorpresa por las ambiciones plutocráticas de Zapatero viene de que no se sabe para qué quería tantos billetes alguien como él. Aparte de la enfermedad abstracta de la posesión en sí, y de que quizá deseara dejarles el futuro resuelto a sus hijas, que no parecen muy espabiladas (en esto me identifico plenamente con ellas, como con el hermano zangolotino de Sánchez), no hay nada por lo que Zapatero necesitase ser rico. No es, para entendernos, un Ábalos, que se gastaba (¡gloriosamente!) la pasta en vida. Entiendo la corrupción pichaloca, pero no la corrupción pichatriste. La acumulación de capital, incluso en forma de joyas, es eso: una ilusión abstracta. Estuvo y ya no está: un sueño vano. En cambio, el modo que tenía Ábalos de fundirse el dinero le proporcionó grandes momentos que ya no le pueden quitar. Ha sido el Dioni del PSOE, pero sin tener que irse a Brasil a montarse el paraíso, sino que se lo montaba en el parador de Teruel. En mi declaración de Hacienda de este año no he marcado (no lo hago nunca) la casilla de la Iglesia. Pero si me hubiesen puesto una casilla para la corrupción de Ábalos, la habría marcado con alegría. Yo pago impuestos para la sanidad, para la educación y para el placer de Ábalos. A veces siento un remoto calambrito en el pene y me gusta pensar que es el retorno de mi cuotaparte.
3. Mientras Sánchez ande en sus enjuagues con el Papa la semana que se avecina, traigamos de nuevo a Ábalos: el papa Borgia (otro cohetero valenciano) debió de ser como él. Hay un pasaje divertidísimo de El Anticristo de Nietzsche en que este celebra cómo, gracias a los Borgia, la Iglesia resucitó el paganismo: retornó la carne, el vicio, Dionisos finalmente triunfó en Roma. «Pero entonces», berrea, «llegó ese paleto alemán y todo volvió al principio». Lo cito de memoria, pero el cabreo con Lutero era más o menos así. En cuanto a la historia de España, también hemos vuelto al principio: corrupción y curas. El fin de semana que viene el cielo de España será un palio descomunal bajo el que se cobijarán todos nuestros putrefactos.
4. La conversión de Ernestito Castro al catolicismo dos semanas antes de la visita del Papa es la cumbre carnavalesca del gran carnavalesco Castro, que lleva 15 años con su vara de zahorí filosófica a ver si por alguna parte le sale agua. Siempre supe que terminaría siendo el nuevo Donoso Cortés.
5. El surrealismo me educó en el amor loco. ¿Cómo no ver en Sánchez, de repente, ese amor? Para defender a su mujer, o por vengarla, se convirtió en Al Capone. De su encierro amoroso en 2024, deudor de la literatura pastoril (y de su parodia quijotesca), salieron partidas de bandoleros para socavar los fundamentos del Estado. Me recuerda un poco a Hitler, cuyo contrariado amor por la pintura tuvo el efecto tremendo de la Segunda Guerra Mundial. Por este desastre podemos calibrar las dimensiones de su amor. Como en Sánchez.
