Amor y corrupción: un cuento
«Un cuento de amor y corrupción es la historia del presidente Pedro Sánchez Castejón»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un cuento de amor y corrupción es la historia del presidente Pedro Sánchez Castejón. Una historia de amor a sí mismo y de corrupción que le salpica por todos los flancos. Atribulado por cada uno de los incidentes a los que se tiene que enfrentar a diario, decide una buena mañana ir a ver al papa León XIV. Los diablos se han apoderado de él, le confiesa.
—Estoy desesperado, Santidad. A veces temo convertirme en Calígula. —El emperador romano tirano y asesino.
—No, por Dios, señor Sánchez. Antes que eso, la cárcel —responde el Sumo Pontífice.
Nuestro presidente da un respingo—. ¿Qué? Eso nunca. Jamás. Eso es lo que quieren mis enemigos, la derechona, algunos, bueno, más de un puñado de jueces y fiscales, y esa prensa que me insulta y me desprecia por ser guapo, alto y hablar bien inglés. ¡Y ahora, encima, la Policía!
La conversación roza el histrionismo. Nuestro amado líder se arrodilla cuando entra en la Biblioteca del Palacio Apostólico ante la sorpresa del sumo pontífice—. He pecado y mucho, Santidad. A veces creo que tengo doble personalidad. En casa, mi esposa, mis dos hijas y mi perro me aman y yo las quiero. Mire, hace dos años escribí una carta a los españoles y me retiré a reflexionar cinco días y sopesar si dimitir tras las injustas acusaciones de un malvado juez contra Begoña, mi mujer, por presunto tráfico de influencias.
—Lo sé, lo sé —El Papa se calla, diplomático, la otra versión de ese retiro antes de continuar—. Me ha contado todo el nuncio vaticano en España y yo he aprovechado antes de esta audiencia para estudiar esos dosieres judiciales y policiales que afectan a sus inmediatos y, en el fondo, quizás también a usted. Los he contado: son una decena de casos. Muchos son, a decir verdad.
—Es todo una gran mentira. Para mí que existe un complot, un intento para quitarme del poder por vías no democráticas. Un golpe de Estado. Así lo dice mi fiel lacayo, el ministro de Transportes, Óscar Puente, un individuo que en ocasiones supera las órdenes que le doy para calmar a la masa. Mire, don León —dice, cometiendo un grave error protocolario al dirigirse al Papa de ese modo—, yo soy una persona honrada, enamorada de mi familia y que busca exclusivamente hacer el bien.
—Bueno, bueno, no exageremos. Por favor, levántese, no haga el payaso, que aquí no ha venido a confesarse, sino a preparar mi visita oficial a la querida España —responde León XIV.
Las palabras del Papa estadounidense parecen calmarle algo, si bien se siente un poco ofendido por haberle llamado payaso. Eso no se lo consiento ni a mi perro ni aún menos al ministro Puente, piensa para sí.
—¿Qué puedo hacer, mi Papa? —inquiere, desbarrando el trato de nuevo. ¿Acaso no le han dicho la embajadora ante la Santa Sede, Isabel Celaá, o sus asesores más estrechos que así no se llama al jefe de la Iglesia católica?
Su interlocutor, para zaherirlo y vengarse por esos errores protocolarios, decide apearle el tratamiento de presidente y llamarle simplemente «Pedro».
—Mire, Pedro, yo soy matemático de formación y, aunque soy el pastor de la grey católica, no tengo estudios de psicología y aún menos de psicoanálisis. He pensado que usted debería ver al doctor Sigmund Freud, que lo trate y decida el diagnóstico. Y, si es menester, le aconseje marcharse a un monasterio católico o mejor, budista, a reflexionar. Márchese solo.
—Pero, ¿qué dice, señor Robert Prevost? ¡Si lleva ya una pila de años muerto en Londres! ¡Usted sí que está loco y no yo! —grita desaforado, lo cual obliga a la embajadora española a tirarle de la manga y rogarle que se comporte con la dignidad que se exige a un mandatario extranjero.
—Mire, loco pienso no estar —arguye el Papa, antes de agregar—. Lo crea o no, Herr Professor ha resucitado, o mejor dicho, lo han resucitado en vista de los casos de demencia que proliferan en este descuidado planeta. Ya está todo concertado. He logrado que lo reciba mañana. Coja el Falcon oficial y vuele mañana a Viena. A él no le gusta madrugar, así que no llame al timbre antes de mediodía.
Y ahí que se fue el angustiado jefe del Gobierno a la capital austriaca. Fue informado, a través de uno de los 700 asesores de los que dispone, de que el creador del psicoanálisis seguía viviendo en la calle vienesa Bergasse, número 9, junto a su esposa Martha y su querida hija y discípula Anna.
—Querido Herr Professor, qué bien lo veo. Parece que no han pasado los años con usted, con esa barba blanca y esa mirada tan perspicaz e interrogativa —dice nervioso Sánchez.
—Vayamos al punto y déjese de lisonjas. He estudiado su dosier. No es sencillo, sobre todo si usted no lo acepta —responde cortante Freud.
—Mire, don Segismundo, me angustia que muchos españoles no me quieran, que me insulten cuando me ven o que la oposición derechona me acuse de todos los males del país, incluso los de ellos —dice el primer ministro, en buen inglés, con los ojos húmedos y voz entrecortada. Están solos. No hay nadie por parte de la familia del doctor ni del jefe del Gobierno. Se ha negado con un bufido a que le acompañara el embajador en Austria.
—Escúcheme bien, señor Sánchez Casteyón. —Tiene dificultades fonéticas para pronunciar la jota—. Deberíamos vernos en más sesiones.
—¿Tan grave estoy, Herr Professor? ¿Tan enfermo estoy? ¿Padezco de doble personalidad? ¿Acaso soy como Calígula?
—Deje de charlotear, de interpretar como si estuviera en el escenario. Eso se le da muy bien —responde áspero el psicoanalista—. A usted, señor mío, lo que le ocurre es que se ama demasiado a sí mismo, que quiere siempre ganar hasta en el mus y que la derrota no está en su diccionario. Humildad, don Pedro, humildad. Modestia. Usted le ha echado un pulso a la vida y a sus paisanos con la intención de vencer siempre. Siempre. Y eso no puede ser. El suyo es un cuadro claro de hipernarcisismo agudo.
—¿Y tiene curación, Herr Professor? Estoy dispuesto a todo por el bien de mi país y de mi Partido Socialista. Antes que por mi bien —responde casi sollozando.
—No diga estupideces. Abandone esa conducta victimista que no encaja con su personalidad. No todo es resistir a base de hacer la puñeta a los demás. Me pregunta si tiene curación. ¡Pues no lo sé, francamente! Depende de usted y de sus compatriotas. De momento, regrese a mi consulta en dos semanas y deje en el secreter del pasillo los 250 euros de la sesión. Feliz regreso a España» —concluye Freud.
