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Clara Campoamor, dos repúblicas diferentes

«Dentro de la torpeza de Sánchez se incluye suponer que todos los republicanos eran de izquierdas»

Clara Campoamor, dos repúblicas diferentes

Ilustración generada con IA.

Uno de los daños de Sánchez (se ha dicho ya a menudo) es el frentismo, la división mala de España en dos bloques, progres y fachas popularmente. Dentro de esa misma torpeza se incluye suponer que todos los republicanos eran de izquierdas —lo que no es verdad— o que, llegado el terrible momento de nuestra Guerra Civil, todos los republicanos eran un grupo unido y compacto que apoyaba a la República en armas. Por eso han llamado poderosamente la atención varias cartas inéditas (publicadas en el libro epistolar Letra de mujer, edición de Beatriz Ledesma), muchas y nutridas cartas de Clara Campoamor a la feminista y ginecóloga uruguaya Paulina Luisi, donde se puede leer, por ejemplo: «La anarquía que reinaba en la capital —agosto de 1936— ante la impotencia del Gobierno, y la falta absoluta de seguridad personal, incluso para las personas liberales, sobre todo quizá para ellas, me impusieron esta medida de prudencia».

¿Cuál fue la medida de prudencia? El exilio de Campoamor a Lausana, Suiza, apenas en el otoño de ese mismo año fatídico. Pero, ¿no fue Clara Campoamor (1888-1972) una de las más notables figuras del republicanismo histórico español? ¿No fue Clara una de las muy escasas mujeres diputadas a Cortes en 1931, no fue la primera mujer en hablar en el Congreso, no militó en el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux? En efecto, Campoamor, feminista, republicana, abogada, mujer de letras, fue todo eso y se exilió de España apenas iniciada la Guerra Civil, que le pareció una barbaridad. ¿Debo volver a levantar el rótulo de esa Tercera España, que cada día, cuando se busca, más se encuentra? Creo que sí, y ello tiene que ver en buena medida con el hecho de que la 2.ª República Española terminó cobijando a dos bien distintas repúblicas.

Clara Campoamor (como Chaves Nogales y tantos más) fue una convencida y muy activa republicana si pensamos en la República que se proclamó el 14 de abril de 1931. En ese tiempo —es bien sabido— Clara Campoamor defendió el voto femenino en 1932, incluso contra mujeres notables de su propio partido como Victoria Kent. Victoria defendía que las mujeres, por supuesto, debían votar, pero no en ese momento, por carecer de cultura política. Las mujeres —vino a decir— votarían lo que les dijese su padre, marido o confesor y con el voto femenino ganarían las fuerzas conservadoras. Clara Campoamor declaraba que, pese a la incultura política de las mujeres —¿y no tenían incultura política muchos, muchísimos hombres?—, lo principal y prioritario en democracia era la igualdad de varones y féminas. Era más importante que las mujeres votaran, aunque dieran el voto a las fuerzas conservadoras. En efecto, el voto femenino se alcanzó en 1932 (pionero en Europa) y en las elecciones de 1933, ganó la derecha y tanto Victoria Kent como Clara Campoamor perdieron su escaño. Y debemos notar como apunte básico en la definición de esa Tercera España, que ninguna de las dos abogadas se consideraba conservadora o de derechas, sino avanzada o progresista, desde el centro. Recuerdo que Clara Campoamor proponía un partido que unificase al republicanismo centrista, bajo la presidencia de Manuel Azaña, continuador, en tal línea, de Lerroux. No llegó a hacerlo, como cuenta en su libro de 1936 —antes de la guerra— Mi pecado mortal. El voto femenino y yo.

Seguimos en el epistolario nutrido de Clara Campoamor, que se acaba de conocer. En junio de 1936, ya todo muy negro, escribe a la amiga uruguaya: «El triunfo del Frente Popular no ha traído, no, la calma a España, y los ánimos están cada día más excitados […]. Aquí no hay más que odios y pasiones y luchas, sin árbitro que las dirima». En efecto, es el triunfo del Frente Popular, de izquierda radical, en las elecciones de febrero de 1936, lo que abre las puertas a una fase nueva de la 2.ª República, que bien podemos considerar —con los estallidos de julio— una república sovietizante, basada en el PCE o en socialistas extremistas como Largo Caballero, con el apoyo de la Rusia de Stalin.

Esa república prosoviética del 36 no solo azuzaría el levantamiento militar fascista de los generales de Franco, sino que dejó sin cobijo, sin casa vital y política, a muchos, muchos españoles que —desde el inicio de la contienda brutal— se sienten ajenos al reaccionarismo fascista o franquista, pero asimismo se sienten ajenos al dominio ideológico del comunismo de la URSS. Los «odios, pasiones y luchas» que comenta Campoamor son los mismos que se narran en el prólogo de Chaves a su libro de relatos-testimonio A sangre y fuego. Y quienes tienen ese doble desacuerdo con lo que llamamos «las dos Españas» en liza, son los que se van, o huyen o se refugian (la Tercera España), a menudo en condiciones muy difíciles, como la propia Clara Campoamor, que tras su exilio en Argentina y de nuevo Suiza, nunca pudo regresar a España —solo sus cenizas—, porque para el franquismo era rea de haber pertenecido a una logia masónica. 

Sigue (entre dificultades mil) escribiendo a la amiga Luisi: «Observe usted lo que ocurre en todas partes donde existe, como en España, que los que están fuera son considerados fascistas y los que están dentro no pueden abandonarlo sin perder, cuando menos, la vida». Campoamor escribirá también: «Han abierto la fortaleza de la democracia y del liberalismo a los elementos revolucionarios de la izquierda, tan enemigos del liberalismo y la democracia como el fascismo, si no lo son más aún». Una republicana de 1931, no de 1936. No solo rojos o azules, no, muchos otros más.    

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