Aristocracia y masa
«La televisión y las redes sociales hoy, tienen mucha culpa del sentimiento de muchedumbre»

Personas caminando. | Magnific
Es un tópico muy verídico de hoy día decir que vivimos en una sociedad masificada y que va en aumento. Ortega y Gasset, en un libro imprescindible y espléndido de 1930, La rebelión de las masas, veía un mundo masificado. ¿Qué diría hoy? Acuñó unos términos cuya utilidad vamos a seguir comentando: masa, hombre-masa y minorías selectas o rectoras. Por supuesto, a estas se refiere el término «aristocracia» (lit.: «el gobierno de los mejores») y no, claro es, a la antigua aristocracia de los títulos de nobleza. Así debe entenderse. Todos somos masa y muchos pueden ser, en un momento o en otro, minoría rectora. Si yo oigo hablar a un experto mundial en botánica marina, verbigracia —asunto del que apenas sé—, formo parte inteligente de la masa que le escucha y que dará crédito a lo que dice un ilustrado en el tema. Él es minoría rectora en ese momento. Pero si este experto en botánica marina, pongamos por caso, escucha hablar o comentar a un piloto de líneas aéreas o a un notable cardiólogo, el botánico pasará a ser masa, frente al experto en corazón o al capitán piloto. Tenemos muy clara la situación. A nadie se le ocurre, aunque sea en una apendicitis o al ir a colocar unos implantes dentarios, decirle a uno u otro médico cómo debe operar. Entendemos que ellos saben y nosotros, en tales materias, no. Imaginan que, sentados en un avión, rumbo a México, oyésemos al piloto preguntar a los pasajeros: «Señores, ¿qué ruta prefieren seguir, a qué velocidad creen que debemos volar?». Nos bajaríamos del avión. Ignoramos esos temas y tenemos el normal convencimiento de que piloto y copiloto sabrán bien lo necesario. Todos somos masa y muchos pueden ser aristócratas o minorías por las que la sociedad debiera guiarse. El problema surge con el hombre-masa, que es el que cree tener derecho a todo sin conocer nada y el que asume que todo le es debido. El hombre-masa es la persona desligada de la tradición de la cultura, desprovista de individualidad y autonomía, imbuida de fuertes y aún avasalladoras inclinaciones irracionales y autoritarias, entregada a la vulgaridad. Este hombre-masa se siente sin saber (pues la gente son siempre los otros) englobado en una muchedumbre y no alguien que, en sus límites, aspira a lo mejor. La televisión y las redes sociales hoy tienen mucha culpa del sentimiento de muchedumbre. Se le pregunta a un ciudadano dedicado al comercio qué le parecen las centrales nucleares y contesta su sí o su no, ignorando en muy gran manera de lo que habla. En otros asuntos, la ignorancia puede ser menos grave, pero no menos calamitosa. Vengamos más cerca. ¿Puede un político ser ministro de Economía, solo por ser de uno u otro partido, o, previamente a su cargo, debiera haber demostrado sus saberes económicos? ¿Puede escribir quien no conoce bien la literatura, la frecuenta y la usa?
Vivimos y muy altamente un mundo de hombres-masa que desprecian (es parte de su definición) el valor y saber de «los mejores», de los aristócratas, de las minorías rectoras. Todos en verdad son menos, pero obviamente —es frase hecha— nadie quiere ser menos que nadie. Pensemos en el turismo que, de ser esencialmente un bien —en los años sesenta o setenta—, ha pasado a ser la temible marabunta que destruye o aplana por donde pasa. Las enormes colas vacacionales en los grandes museos de pintura no son muestra de un colectivo gusto exquisito ni de un gran saber sobre el arte. No, son una moda y acaso un deseo de ser y saber más (en algunos) que la masificación va a ahogar. ¿No tiene todo el mundo derecho a viajar? ¿No estamos en la democratización de la maleta? ¿No tenemos todos derecho a disfrutar con el arte pictórico? Sí, pero… La muchedumbre (el mundo está superpoblado) ha hecho ya que haya numerus clausus —plazas limitadas— para visitar museos y hasta ciudades. A Venecia, ciudad casi madre del turismo, solo podrán entrar un cierto número de personas al día, porque a punto está de hundirse antes, y para visitar museos o acrópolis no solo habrá —si no hay ya— que numerarse y pagar más, sino en muchos casos sacar cita previa. ¿Acaso estas masificaciones no destruyen el encanto del viaje? Diría que sí. Y no solo porque yo haya viajado de otra manera. Por lo demás, la vigencia del hombre-masa hace que nos encontremos escenas como la siguiente, protagonizada por un alcalde de Madrid: En la inauguración de una retrospectiva del tremendo y gran pintor británico Francis Bacon, que murió en Madrid, se detuvo ante un cuadro y soltó un «¡Muy bonito!». ¿O fue «qué mono»? Ante Bacon se puede decir «terrible», «estremecedor», nunca «bonito». Igual los visitantes del Louvre acuden en multitud a la sala de La Gioconda, cuadro lleno de protecciones y que precisa de una limpieza, todos se agolpan con las cámaras de los móviles ante la pieza leonardesca y casi todos —no todos— dejan de lado el resto de las notables pinturas de la misma sala, especialmente una obra enorme: Las bodas de Caná de Paolo Veronese, junto a muy buena pintura veneciana. Hora y media de cola para entrar a la magna catedral de Toledo. ¿Es bueno o una terrible desdicha?
Escribió Ortega que la masa «odia a muerte lo que no es ella». Es decir, la masa odia a los mejores. ¿Qué haremos? Deshacer al hombre-masa a partir del cultivo de minorías rectoras en todos los campos del saber y de la vida. Difícil tarea, pese a ser salvífica, porque al que busca «lo mejor» lo llaman elitista con ignorante desprecio. Pero debemos ser razonablemente elitistas por el bien de todos.
