IA, trabajo y dignidad
«La encíclica de León XIV sobre la compleja relación entre la IA y los derechos de las personas nos advierte sobre el poder de unos pocos sobre el resto de la humanidad»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Esta semana hemos conocido la Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, que aborda la compleja relación entre la IA y los derechos de las personas. Encíclica oportuna —de nombre espléndido, por cierto— que toma postura en defensa de la humanidad en su conjunto y las personas y trabajadores, en particular, frente a unos algoritmos prodigiosos cuyo poder apenas si logramos intuir. La Iglesia se pone en vanguardia con esta encíclica, que comienza reivindicando la doctrina social de la Iglesia, consagrada a partir de la encíclica Rerum novarum de su predecesor León XIII, aprobada en mayo de 1891 y que supuso un poderoso salto cuya influencia aún llega hasta nuestros días.
Con casi siglo y medio de diferencia, y circunstancias bien distintas, ambas encíclicas poseen al menos una finalidad común, la de reivindicar el trabajo digno y los derechos de los trabajadores. La primera, en un contexto de desencuentro entre capital y proletariado; la actual, ante un ecosistema digital que nos desborda y que se apodera lentamente de nuestra intimidad y destino.
Mucho tendremos que hablar sobre lo que hemos venido a conocer como IA. Aunque hace décadas comenzó su andadura, tímida al principio, se acelera exponencialmente en la actualidad. Pero no sería hasta hace bien poco cuando fuimos conscientes de su enorme poder transformador, de las oportunidades que nos plantea y de los riesgos que entraña. Hace ya casi cuatro años, ChatGPT llegó para cambiarlo todo. Inteligencia artificial generativa, le llamaron. Tras el asombro inicial, sus respuestas, escritos, ilustraciones, análisis o programaciones se convirtieron en invitados frecuentes de nuestro quehacer cotidiano. No tardaron otras IAs en seguir sus pasos. Claude, Gemini, Copilot, DeepSeek, Perplexity, Midjourney, Grok y suma y sigue, a cada cual más sorprendente y poderosas. Y aprendiendo y mejorando cada día.
Las funcionalidades prácticas de la IA afectaron bien pronto a la empresa y al empleo. El clásico debate sobre si las innovaciones tecnológicas destruyen empleo volvió a resurgir con fuerza. Y cuando todo esperábamos, por ejemplo, una escabechina en cuadros medios de administración, resulta que los programadores han sido, inicialmente, uno de los colectivos más afectados, porque la IA escribe líneas de código con una velocidad y perfección extraordinaria. Quién lo hubiera dicho.
Personalmente, siempre milité entre los tecno-optimistas, por aquello de la destrucción creativa de Schumpeter. Recuerdo, cuando la digitalización comenzó a acelerarse gracias a la popularización de internet, allá por los noventa del siglo pasado, el libro El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, obtuvo un gran éxito y cebó la cantera de los tecnopesimistas. La tecnología erradicaría el empleo humano, venía a decir. Pues se equivocó. Desde entonces el empleo ha crecido con una fuerza inusitada; jamás trabajaron tantas personas en el mundo como lo hacen en estos momentos. La irrupción de la IA vuelve a sembrar inquietud y reabre el debate. ¿Sustituirá la máquina, el algoritmo, al hombre?
«La pregunta no es si habrá trabajo o no —que sí lo habrá—, sino cómo y en qué trabajaremos y en qué dejaremos de hacerlo»
Comienzo por el final. No, no lo sustituirá. Se destruirá mucho empleo, se creará otro nuevo, el balance, en principio, será positivo. Otra cosa es qué tipo de trabajo desarrollaremos y hasta qué punto la IA tomará vida propia y cuándo comenzará a trabajar para sus propios intereses. Pero ese es ya otro debate, apasionante, que no abordaremos en estas líneas. La pregunta, por tanto, no es si habrá trabajo o no –que sí lo habrá– sino cómo y en qué trabajaremos y en qué dejaremos de hacerlo.
Pero más allá de ello, la gran cuestión será la de para quién lo haremos. Hasta ahora teníamos dos posibles empleadores, el Estado y los particulares, a través de empresas o del tercer sector. Pero a partir de ahora, con la entrada de los algoritmos, la cosa se complica. Trabajarán para nosotros y nosotros trabajaremos con ellos y para ellos. A medida que vayan adquiriendo intereses propios, nos utilizarán como mano de obra para aquellas operaciones que les cueste realizar. Ya tenemos en la página rentahuman.com, en la que la IA alquila humanos para los trabajos que precisa, un inquietante anticipo. Cosas veremos que ni figurarnos podemos.
Me encuentro, en el momento de escribir estas líneas, sumido en la lectura del manuscrito de una obra de Isidoro Sánchez Tejado, que verá la luz en Erasmus a la vuelta del verano. Aborda, con conocimiento y profundidad, la influencia que la inteligencia artificial agéntica ejercerá sobre el empleo. ¿Agéntica? ¿Pero qué significa? Pues recuerde el palabro, porque ha llegado para quedarse. Transcribo la definición del autor: «Hablamos de sistemas capaces de actuar sobre herramientas digitales, coordinar pasos, encadenar decisiones y aprender del resultado dentro de límites definidos. Se alejan del programa tradicional que espera una orden y se acercan a una nueva clase de trabajador virtual supervisado, conectado a procesos reales de la empresa».
Pues de la generativa a la agéntica, la IA modificará nuestra forma de trabajar, y lo hará, según Sánchez Tejado con la siguiente cadencia: Primera ola (2025–2027). Cuando la IA entra en las tareas. Segunda ola (2027–2030). Cuando la IA entra en los procesos. Tercera ola (2030–2033). Cuando la coordinación pasa a sistemas agénticos conectados. Cuarta ola (2033–2035). Cuando la plantilla se vuelve híbrida: personas, agentes y robots. Y aún podrá ir más lejos, como la IA se convierta en patrón.
«El actual derecho laboral, fruto de más de un siglo de luchas, se queda corto por días. No comprende las nuevas fórmulas de trabajo»
El actual derecho laboral, fruto de más de un siglo de luchas y acuerdos, se queda corto por días. No comprende las nuevas fórmulas de trabajo y, mucho menos aún, comparecerá con las por venir. Europa en general, y España en particular, ha adoptado una postura conservadora y defensiva al respecto. De ahí, por ejemplo, el Reglamento 2024/1689 aprobado por la UE que nos descabalga, a efectos prácticos, de las construcciones avanzadas de sistemas inteligentes. Condenados quedamos, pues, a adquirir a terceros, americanos, chinos o israelíes, los motores IA que precisaremos. No es negándonos al futuro por venir como podremos conseguir hacer valer nuestro papel en un futuro. Mucho mejor ser sus constructores —al menos hasta donde podamos— que sus pacientes y resignados sufridores.
Mejor ser activos que pasivos, esperanzados que resignados, luchadores que rendidos. La encíclica nos advierte sobre el poder de unos pocos sobre el resto de la humanidad. Y hace bien en hacerlo, la tentación es poderosa y los sistemas inteligentes, demasiado poderosos como para dejarlos en manos de aprendices de brujo. Parece que la encíclica no ha gustado demasiado en Silicon Valley. Ellos sabrán por qué. Nosotros, desde luego, lo intuimos. Algunos sueñan con convertirse en dioses y eso siempre termina en catástrofe.
Tenemos tarea por delante. Pensadores, ensayistas, doctrina, expertos, partidos políticos, sindicatos y empresarios deben emplearse a fondo para que el trabajo del mañana sea digno. Que nos humanice, que nos desarrolle, que nos integre, que nos realice, que nos haga ser libres en la era de los algoritmos. No podemos cerrarnos a las enormes potencialidades que la IA nos aporta, pero tampoco podemos dejarnos arrastrar, incautamente, por los planes trazados por aquellos pocos que alimentan a la bestia. Tenemos que mover ficha, anticiparnos. La Iglesia católica lo acaba de hacer, bien por la Magnifica humanitas.