The Objective
Manuel Pimentel

El Papa, Al Ándalus y Sefarad

«Agradecemos de corazón que León XIV hiciera referencia a nuestro pasado andalusí y medieval, cuando coexistieron sobre nuestro suelo las tres creencias del Libro»

Opinión
El Papa, Al Ándalus y Sefarad

Ilustración generada mediante IA.

Impresionante la visita del Papa. ¿Quién dijo que España había dejado de ser católica? El pueblo español se echó a la calle para recibirlo y honrarlo. Y las instituciones, en este caso, sí, sintonizaron con el sentir mayoritario y popular, volcándose en contribuir al éxito innegable de la visita de León XIV, bajo el hermoso lema, Alzad la mirada, con el que ha hecho vibrar las almas de cientos de miles de jóvenes, en búsqueda de soportes y referencias espirituales. No por muy repetido, deja de ser cierto: se trata de una visita histórica, que se estará culminando en el día de hoy en la Sagrada Familia, basílica de belleza estremecedora y radical originalidad. Y todavía quedan las Canarias, las islas afortunadas…

Son tantos los mensajes, tantas las imágenes. El rito, la liturgia, lo artístico, lo colosal y monumental, las muchedumbres enfervorecidas y emocionadas, la fe y lo espiritual, que impulsaron y reforzaron la misión del Santo Padre. Pero entre todas ellas, me querría centrar en unas palabras pronunciadas en el primer discurso del papa León, en el Palacio Real, ante los poderes del Estado en pleno, apenas si aterrizado. Hizo referencia a nuestro pasado andalusí y medieval, cuando coexistieron sobre nuestro suelo las tres creencias del Libro.

Tuvo que tratarse de un mensaje meditado, pues son bien conocidas las vivas discrepancias que este asunto conlleva. A mí, personalmente, me encantó. Quien ama lo español, quien quiere acercarse a su esencia, debe conocer los mimbres con los que se tejió su alma. Somos España, mayoritariamente católica, pero con un legado de Al Ándalus y de Sefarad que aún late en nuestro interior y que no debemos desdeñar ni odiar, sino hacer nuestro con naturalidad. 

El Papa acertó al afirmar que no solo hubo confrontaciones, rencillas y persecuciones —que las hubo y muchas, en todos los sentidos, además—, sino, también, espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos. Una realidad histórica con demasiada frecuencia desdeñada, despreciada y omitida. O directamente cancelada, en terminología de la época.

Coincidió la visita papal, que he podido disfrutar a través de los medios en cada uno de sus actos, con la presentación del libro Historia de los judíos y la judería de Córdoba (Almuzara), escrito por Virginia Luque. La celebramos en la Casa de Sefarad, un espacio hermoso que pretende ir mucho más allá de lo simplemente expuesto en su museo, al aspirar a consagrar la memoria de la cultura sefardita y de sus gentes, tanto de los que se fueron como de los que se quedaron.

«Góngora, a pesar de pertenecer al clero, vivió bajo sospecha»

Y, también, por supuesto, de los que resultaron ajusticiados por la Inquisición. Una casa con alma, dirigida por el gran Sebastián de la Obra, bibliotecario culto y sensible, enclavada en el barrio de la Judería de Córdoba, uno de los centros emocionales, estéticos e históricos de la ciudad. La Casa de Sefarad se ubica en la calle Judíos, de honda y blanca espiritualidad, justo enfrente de la sinagoga medieval, apoyada sobre la antigua muralla de la ciudad.

Y en la presentación se habló de la importantísima huella de los judeoconversos o de sus descendientes en la cultura española. Como, por ejemplo, la que representan nuestros grandes místicos, santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. O como Fray Luis de León, Juan Luis de Vives, Fernando de Rojas, Góngora o el mismísimo Cervantes, por citar tan solo alguno de los grandes.

Me detengo en Góngora, uno de los mayores poetas de nuestro Siglo de Oro, también de procedencia judeoconversa por una de sus ramas familiares. Góngora, este próximo año, estará de moda. La Generación del 27 nació en el centenario de su muerte para reivindicar su figura. En 2027 celebraremos, pues, ambos centenarios, el cuarto de la muerte del poeta cordobés y el primero de la constitución en el Ateneo de Sevilla del gran movimiento poético del XX, que supondría la Edad de Plata para nuestra literatura. Góngora, a pesar de pertenecer al clero, vivió bajo sospecha.

Es bien conocido el odio que se profesaban Quevedo y Góngora, que dio pie a un cruce de poemas malévolos y afilados, con los que trataban de zaherir y desprestigiar al oponente. Ninguno de los dos tuvo pelos en la lengua, desde luego. Comprobémoslo, si no, en estos versos del soneto que Quevedo le dedicó a su rival acusándolo de falso judeoconverso: «Yo te untaré mis obras con tocino/para que no me las muerdas, Gongorilla»; «¿Por qué censuras tú la lengua griega/siendo sólo rabí de la judía, /cosa que tu nariz aún no lo niega?».

«Al Ándalus no es historia de los árabes, es una parte primordial de nuestra propia historia, con sus luces y sombras»

Por todo ello, el próximo año, centenario de la generación del 27 y de Góngora, no dejará de tener una cierta evocación a los judeoconversos que pueden habitar, aún, en nuestra propia sangre, la suya y la mía.

Y de nuestro pasado y herencia andalusí, qué decir. Al Ándalus no es historia de los árabes, es una parte primordial de nuestra propia historia, con sus luces y sombras, que de todo hubo, por supuesto. Pero, por no extenderme, me limitaré a ensalzar el reconocimiento expreso que León XIV realizó a Averroes —nuestro mayor filósofo, del que por cierto celebramos este año centenario— y a Maimónides. Ninguno de nuestros líderes políticos hizo referencia alguna a estos colosos hispanos y tuvo que venir el papa de Roma para reivindicarlos; tiene tela la cosa. En el discurso papal también quedaron reconocidas Córdoba y Toledo —con su Escuela de Traductores—, de manera oportuna y sabia. ¡Bien por León XIV!

Me ha gustado mucho el conjunto de la visita papal. Ha hecho bien a nuestro país y a nuestras almas. Felicitamos a sus organizadores y también agradecemos, de corazón, a quien se acordara de incluir, en sus sabias palabras, el recuerdo del Al Ándalus y Sefarad que aún habitan en nosotros y que coadyuvaron, en buena medida, a conformar lo que hoy somos.

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