The Objective
Manuel Pimentel

Pioneros de la arqueología española

«Las fotos en sepia de los primeros descubrimientos arqueológicos poseen un encanto especial. ¿Cuándo comenzaron las excavaciones, más o menos, científicas?»

Opinión
Pioneros de la arqueología española

Ilustración generada mediante IA.

A pesar del calor, la gran sala de actos del rectorado de la Universidad de Córdoba, antigua Facultad de Veterinaria, se encontraba prácticamente llena. El atractivo del título que presentábamos, Gladiadores, los soldados de la arena, y el gran prestigio de su autor, Desiderio Vaquerizo, en un acto presidido por el rector Manuel Torralbo, aseguraban el éxito de la convocatoria, realzada por una poderosa razón arqueológica. El antiguo anfiteatro romano de Corduba se encontraba justo debajo del edificio que nos acogía. Bajo nuestro suelo habrían luchado, alcanzado la gloria o la muerte, aquellos atléticos y feroces guerreros, adorados y despreciados al tiempo como héroes e infames. Lo increíble del caso es que la memoria del enorme anfiteatro —uno de los mayores del Imperio— se había perdido por completo. ¿Cómo es posible que una ciudad habitada sin interrupción olvidara la ubicación de una edificación tan colosal? Pues bien, no sería hasta 2002 cuando se descubriera el coso que tanta sangre, dolor, muerte y gloria concentrara en el pasado. La sorpresa fue mayúscula y concedió sentido a diversas lápidas y epitafios dedicados a gladiadores encontrados en el vecino barrio de Ciudad Jardín. Todo comenzaba a encajar. Probablemente, el gran ludus, escuela imperial de gladiadores, se encontrara en Corduba, bien cerca de donde presentábamos el libro casi dos mil años después de sus afanes.

Todo ello nos muestra el enorme potencial que todavía, a día de hoy, atesora la arqueología en nuestro país. Pero, en estas líneas, más que en el presente, me gustaría poner el foco sobre las excavaciones realizadas por los pioneros de la arqueología en España. Las fotos en sepia de los primeros descubrimientos arqueológicos poseen un encanto especial, que no dejo de mirar y remirar. ¿Cuándo comenzaron las excavaciones, más o menos, científicas? Porque expoliar se había expoliado desde siempre, a la búsqueda del tesoro que redimiera nuestra pobreza o de la estatua que adornara el palacio del señor marqués. Pero eso no era arqueología. Era pura y llanamente expolio. ¿Quiénes fueron, entonces, nuestros primeros arqueólogos? Pues querría enumerar algunos de los pioneros más destacados, sabedor de aquello de que son todos los que están, pero que no están todos los que son. Disculpas, de antemano, por las omisiones u olvidos.

Sería en el XVIII cuando la arqueología comenzó a descollar como disciplina. Un hito, sin duda alguna, lo supuso el descubrimiento y excavación de Herculano y Pompeya, en Nápoles, de manos del ingeniero militar aragonés Alcubierre, bajo el mandato y patrocinio del que llegaría a ser Carlos III, que, por cierto, dejó sus enormes colecciones de arte romano en Italia una vez que resultó nombrado rey de España.

Carlos III también impulsó los trabajos arqueológicos de la Real Academia de la Historia, creada bajo el breve reinado de Fernando VI. Esta institución creó su famosa Comisión de Antigüedades y el consiguiente Gabinete de Antigüedades, que aún hoy custodia algunas piezas excepcionales. Desde la Academia se alentaron las primeras prospecciones y trabajos en ciudades romanas como Saguntum, Ilici —Elche— y Lucentum —Alicante—, en busca de antigüedades clásicas. Todavía en el XVIII, el canónigo Juan Loperráez inició excavaciones en Clunia, Burgos, descubriendo su gran teatro. En 1789 se comenzaría a excavar la basílica visigoda de Segóbriga; el anfiteatro llegaría poco después. También, de manera temprana, se iniciaron trabajos en Numancia, con gran repercusión patriótica, dada su tenaz y agónica resistencia al poder romano.

A lo largo del XIX, los grandes descubrimientos —muchos de manera casual— se multiplicaron. La primera excavación con carácter netamente científico se atribuye a José Amador de los Ríos, que en 1859 excavara el yacimiento de Guarrazar, donde apenas tres años antes aparecieran las famosas coronas votivas visigodas, de azaroso periplo. En 1861, Eduardo Saavedra, bajo mandato de la Real Academia de la Historia, realizó la primera campaña oficial en Numancia.

En 1839, Ivo de la Cortina realizaría las primeras excavaciones sistemáticas en la ciudad romana de Itálica, cuna de los emperadores Trajano y Adriano, en Santiponce, Sevilla, tras los expolios de años anteriores. Posteriormente, Regla Manjón, condesa de Lebrija, ordenó trabajos de excavación en 1901 para extraer los mosaicos que hoy se pueden visitar en su palacio de la calle Cuna de Sevilla.

Aunque el Dolmen de Menga, en Antequera, Málaga —la cueva de Menga—, era conocido y usado desde siempre, sería entre 1842 y 1847 cuando el arquitecto Rafael Mitjana y Aranda lo excavara arqueológicamente por vez primera. El Dolmen de la Pastora, en el impresionante yacimiento calcolítico de Valencina de la Concepción, Sevilla, fue descubierto en 1860 y posteriormente estudiado en 1868 por Francisco María Tubino. El muy citado Hugo Obermaier realizaría la primera excavación científica en 1918.

Jorge Bonsor y el farmacéutico Juan Fernández López compraron y comenzaron a excavar de manera sistemática la necrópolis de Carmona, Sevilla, entre 1880 y 1881. El ingeniero belga Luis Siret —otro imprescindible entre los clásicos de la arqueología española—, junto a su capataz Pedro Flores, comenzó a excavar en Los Millares, Santa Fe de Mondújar, Almería, al tiempo que descubría otros yacimientos de lo que vino a bautizarse como cultura del Argar.

Marcelino Sanz de Sautuola descubrió las pinturas de Altamira, Santander, en 1879, tras el grito «Papá, mira, ¡bueyes!» de su hija María. Pocos años después, tras su muerte, sería validado por la Academia Francesa y los descubrimientos rupestres se multiplicaron a partir de entonces. Las pinturas de las cuevas del Castillo, Puente Viesgo, Cantabria, fueron descubiertas en 1903 por Herminio Alcalde del Río y excavadas entre 1910 y 1914 por Hugo Obermaier y Paul Wernert, bajo financiación del príncipe Alberto I de Mónaco. El abate Breuil (1877-1961) visitaría infinidad de cavernas españolas, descubriendo y calcando algunos de los mejores conjuntos parietales.

El 4 de agosto de 1897, en La Alcudia, Elche, Alicante, se descubriría la Dama de Elche, nuestra joya escultórica íbera, por Manuel Campello. Pierre Paris la compraría para el Museo del Louvre, donde se expuso durante décadas hasta su feliz retorno a casa, en la que tiene acomodo reinando el MAN.

El sarcófago fenicio masculino de Cádiz apareció casualmente en 1887 en Punta de Vaca. Sería Pelayo Quintero (1867-1946) quien realizara con posterioridad las excavaciones de los yacimientos fenicios de la ciudad. El azar hizo que el sarcófago fenicio femenino apareciera posteriormente, en 1980, ¡justo debajo de la casa de Pelayo Quintero! Cosas de la vida, misterios de la arqueología.

El marqués de Cerralbo excavaría entre 1909 y 1914 los fabulosos yacimientos paleontológicos de Torralba y Ambrona, descubiertos algo antes, en los que se hallaron grandes defensas fósiles de elefantes, así como evidencia de actividad humana de más de 350.000 años de antigüedad.

Adolf Schulten (1870-1960) buscaría infructuosamente la mítica ciudad de Tartessos en el corazón del Coto de Doñana, junto a Jorge Bonsor, a principios de la segunda década del XX. No sería hasta 1959, tras el descubrimiento del fabuloso tesoro de El Carambolo, en Camas, Sevilla, cuando el arqueólogo Juan de Mata Carriazo (1899-1989) confirmara materialmente la civilización tartésica.

El arqueólogo Juan Cabré (1882-1947), además de sus descubrimientos, excavaciones y calcos, hizo posible el Museo Cerralbo, que hoy podemos disfrutar en Madrid.

Y no querría olvidarme, en esta somera relación de algunos de nuestros más destacados pioneros de la arqueología, de los nombres de los catedráticos Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), Pedro Bosch Gimpera (1891-1974), Luis Pericot (1899-1978), Antonio García y Bellido (1903-1972), Juan Maluquer de Motes (1915-1988) o José María Blázquez (1926-2016), al que tuve la oportunidad de conocer y grabar con motivo de sus primeras impresiones tras la aparición de la Dama de Baza, Granada, en 1971.

Los arqueólogos profesan un gran respeto por quienes les precedieron, a los que citan y referencian con frecuencia. Por eso, dado el actual empuje y prestigio de nuestra arqueología, siempre es bueno recordar los nombres de quienes, siglos atrás, iniciaron la senda que hoy hollamos. Nuestro reconocimiento a todos ellos.

Terminada la presentación, me dirijo junto a Antonio Cuesta, editor de la obra, a la parte trasera del rectorado, donde se aprecian los restos excavados del anfiteatro. La tarde comienza a morir y, en esas horas inciertas, los gritos de la plebe hispanorromana del pasado, el rugido de aquellas fieras hambrientas a punto de saltar sobre los condenados y los cláxones de los coches que circulan por la vecina avenida de Medina Azahara se confunden en un ensueño arqueológico que no deseo abandonar.

Que la saga y cadena de grandes arqueólogos continúe, que nuestra ciencia arqueológica no se detenga jamás.

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