The Objective
José García Domínguez

Réquiem por la socialdemocracia

«En su variante ibérica, a la socialdemocracia sólo le faltaba perder también su capital simbólico: la ya muy magullada credencial de honestidad»

Opinión
Réquiem por la socialdemocracia

Imagen creada con inteligencia artificial.

La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por un asunto de tráfico presunto de influencias en la concesión del crédito blando por parte del Estado a la aeronáutica Plus Ultra no es una noticia judicial. Es una noticia filosófica. La socialdemocracia europea lleva medio siglo atascada en una crisis que no termina nunca de reconocer como lo que es, un colapso existencial. La socialdemocracia ha perdido sus graneros tradicionales de votos entre las clases populares, esas mismas clases populares que ahora jalean a la extrema derecha o que simplemente no votan. La socialdemocracia ha abdicado de la ambición de poseer su propio proyecto económico diferenciado, afán reconvertido en un ramillete de buenas intenciones diluidas dentro del consenso neoliberal que alguna vez  prometió combatir.

La socialdemocracia ha perdido su lenguaje moral, sustituido en el tiempo presente por esa retórica gerencial que presenta las opciones políticas como imperativos técnicos, mantras ingenieriles ajenos e indiferentes a la voluntad popular. Así las cosas, en su variante ibérica, a la socialdemocracia sólo le faltaba perder también su capital simbólico: la ya muy magullada credencial de honestidad. Porque el problema no reside en que los socialdemócratas resulten ser más corruptos que la derecha; de hecho, no lo son. El problema es que la socialdemocracia no se puede permitir el lujo de ser corrupta. No puede porque lo poco que queda de cuanto había sido su proyecto histórico se apoya en una premisa ética que los partidos liberales y conservadores no necesitan defender: la de que al Estado le compete alzarse  como un contrapeso eficaz frente al imperio del darwinismo social que se acaba derivando de la preeminencia de las leyes del mercado en cualquier comunidad humana.

Pero, admitido todo eso, ocurre que Zapatero también encarna el síntoma de otra patología mucho más prosaica: la que sufren los líderes, y no sólo los socialdemócratas, que una vez fuera del poder no saben qué hacer con sus vidas. Podríamos llamarlo el síndrome del jarrón chino. Tony Blair se convirtió en asesor y comisionista de dictadores. Gerhard Schröder concedió reciclarse como empleado de lujo de Putin dentro de Gazprom. El Sancho Panza de Zapatero durante sus años en el poder, José Blanco, encontró su genuina vocación existencial como conseguidor en Bruselas al frente de un chiringuito empresarial digno de toda sospecha.

Nadie le procesó por ello. Era legal en la forma. Pero la legalidad formal de ciertas puertas giratorias demasiado engrasadas no las convierte en menos dañinas para la credibilidad moral de esta socialdemocracia terminal y mercantilizada. Si bien el genuino problema de la socialdemocracia crepuscular no remite a Zapatero ni a su interminable ristra de Sancho Panzas vistos para sentencia, sino a que la clase obrera de Occidente, su genuina razón de ser en tanto que movimiento político, ha desaparecido como categoría socioeconómica reconocible.

«Para el precariado, las recetas canónicas de la socialdemocracia clásica resultan obsoletas e inservibles»

En su lugar ha emergido otra cosa distinta, el precariado, ese novísimo estrato integrado por la legión creciente de personas que nunca saben de qué van a vivir durante el próximo semestre, las que encadenan de modo crónico contratos temporales con periodos de paro y trabajos como falsos empresarios adscritos a plataformas digitales, esas mismas que los convierten en los más crueles explotadores de sí mismos. Todo un nuevo submundo económico, el ahora emergente, para el que las recetas canónicas de la socialdemocracia clásica resultan obsoletas e inservibles. La socialdemocracia del siglo XX fue concebida para defender al obrero fabril, que tenía un jefe reconocible, al igual que una identidad de clase en la que también reconocerse; sabía quién era él y quién era el adversario; pero aquel mundo ya no existe.

En cuanto a Zapatero, será inocente hasta que se demuestre lo contrario; igual que seguirá siendo un provinciano sobrado de vanidad y carente de demasiadas luces que, por esos caprichos incomprensibles de la Historia, llegó en la vida mucho más lejos de donde le tocaba. Pero su presunción personal de inocencia no se hace extensiva a las ideas. La sentencia de muerte de la socialdemocracia ya es firme e inapelable.

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