Elegir un futuro
«Todo apunta en la misma dirección hacia la que apuntaba mayo de 2023. ¿Hasta qué punto la imputación de Zapatero supone un antes y un después para Sánchez?»

Ilustración generada mediante IA.
La lectura fina de los resultados electorales es trabajo de los sociólogos. Pero los datos, en política, nunca son suficientes. Hace falta intuición o, si se prefiere, instinto político. Lo tuvo Sánchez en las anteriores elecciones generales. Las autonómicas y municipales de mayo de 2023 habían sido un desastre para el PSOE. La economía postcovid seguía sin levantar el vuelo y el enfado de los ciudadanos también estaba en máximos. En aquel momento, la victoria del Partido Popular parecía un destino fijado, incontestable. Pero no se dio.
Este «no se dio» resulta decisivo: nos indica hasta qué punto la historia ha sido siempre el territorio de la libertad y, por tanto, el de lo imprevisible. Sánchez entendió que los aparatos locales del partido ya no funcionaban como antes y que la partida, por tanto, tenía que jugarse en un tablero distinto. Si el voto de castigo a Ferraz se había centrado en los barones —con lo que ello supone sobre las cadenas de voto—, entonces se hacía necesario movilizar el voto nacional hacia un terreno mucho más emocional.
Es decir, despertar las bajas pasiones del miedo y el rechazo o de una aversión profunda, casi existencial. Ese miedo se sustanció en un concepto: «la derecha» que, en cierto imaginario, parece resumir todos los males. Tiene que ver con el franquismo, pero no sólo con el franquismo. Pienso más bien en una narrativa, porque nuestra lectura del pasado empieza siempre con un relato incorporado a nuestra conciencia moral; y pienso también en algo mucho más arraigado, que es esa falta de equilibrio tan propia del alma española; al menos desde la invasión napoleónica y desde los enfrentamientos entre afrancesados y patriotas o entre liberales y conservadores.
De todo eso se ha escrito mucho y con rigor, y no es necesario insistir; pero sí es preciso detenerse en nuestra psique colectiva, que aún se activa en ocasiones. Rajoy la temía, porque veía reflejada en ella la derrota de 2004 contra Zapatero, cuando este aún vendía un puritanismo moral —y antiyanqui— que luego se echó por la borda y que ha acabado, por ahora, si no en una condena, al menos en graves sospechas. Rajoy, en efecto, la temía y por ello buscó un conservadurismo comodón y algo aburrido que no suscitara titulares en los periódicos. Nada que estimulase el voto emocional de un país mayoritariamente de izquierdas. Cuando las denuncias por corrupción desataron la histeria moral, quedó decidido su destino. Sánchez también lo sabía y activó el resorte del miedo. El miedo a un fantasma —más que la economía— es lo que mueve el voto nacional. España ciertamente no es Estados Unidos.
«Sánchez logró mantenerse en la Moncloa concentrando el voto hacia el PSOE, a pesar de que la mayoría social iba por otro lado»
Sánchez logró mantenerse en la Moncloa de este modo: movilizando y concentrando el voto hacia el PSOE, a pesar de que la mayoría social iba por otro lado. Desde entonces, la caída socialista ha sido imparable. Los últimos resultados autonómicos nos muestran a un PP sin gran margen de subida y a un PSOE desfondado. ¿Pero volverá a ser así en las generales? ¿Hasta qué punto la imputación de Zapatero supone un antes y un después —ahora sí irrecuperable— para Sánchez?
Todo apunta en una dirección, la misma hacia la que apuntaba mayo de 2023. ¿Qué significa esto? Significa que sólo el pasado se encuentra sellado y que el futuro sigue siendo un misterio. No descartemos sorpresas. Sean o no de nuestro gusto. No siempre los países saben elegir su futuro.