The Objective
Daniel Capó

El ojo ajeno

«El mal de ojo sigue siendo un miedo extendido, aunque sea como superstición, y otro ojo, el ojo turco o ‘nazar’, se usa todavía como amuleto protector»

Opinión
El ojo ajeno

Ilustración generada mediante IA.

Pascal Quignard lee el pasado con ojo literario. Nada le pasa desapercibido. Uno de sus grandes libros se titula El sexo y el espanto. En él nos habla de la fascinación por la sexualidad en la Antigua Grecia y Roma. La palabra empleada no es gratuita: fascinación procede del latín fascinum. Y se llamaba fascinum al falo erecto: el de los sátiros, por ejemplo, representados tan a menudo en los frescos de las casas patricias.

Los fascina eran los pequeños objetos colgantes, a veces de bronce, otras de terracota o de hueso; a veces con alas —como los ángeles— y otras sin ellas; a veces con campanillas para que tintineasen en los huertos y jardines, otras como un collar anudado al cuello de los recién nacidos, de las mujeres o bajo el carro de los generales cuando regresaban victoriosos de la guerra, figurando en miniatura ese pene erecto —itifálico, desproporcionado a menudo— que podemos ver en las pinturas de Pompeya o en la excepcional colección del Gabinete Secreto, conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. El origen es aún más antiguo y se remonta a la noche de los tiempos. Los mitos reconocen su sentido, que nos ha llegado como un fósil lingüístico aún vivo entre nosotros: el «mal de ojo», la mirada que destruye.

El mundo antiguo ya conocía esta maldición. Los sumerios y los acadios disponían de conjuros contra el mismo. Los griegos recurrían al mito de Medusa para alertarnos: había que evitar contemplar su rostro. Nadie sale indemne de una mirada que sostiene otra mirada. Aquello que nos salva puede destruirnos.

La solución que arbitraron los romanos fue el fascinum. Convertido en amuleto protector, el falo erecto atraía la mirada. Fascinare en latín significaba precisamente esto: detener la mirada, inmovilizarla, atraparla en una especie de hechizo hipnótico. Acudiendo a las fuentes literarias clásicas, Quignard nos explicará que fascinantes son los ojos de una mujer sobre el falo erecto. Es decir, que sólo algo tan poderoso como el sexo podía detener el espanto de la maldición. En ningún caso tenía que ver con el amor o la intimidad compartida: el pene que guardaba el hogar ejercía un dominio sobre el ojo ajeno.

«El Eros platónico anhela la eternidad. Para los cuales el deseo formaba parte de una mecánica de explotación»

Roma no era Grecia, esto es evidente. Para un ateniense, un itífalo exhibido como collar o en la puerta de una casa era algo propio de pueblos bárbaros. Les remitía a los sátiros, a esas criaturas míticas del cortejo de Dioniso, y a sus bacanales, que encarnaban lo contrario del ideal ciudadano: la falta de control, el impulso sin freno, la vida gobernada por pasiones sin domesticar. Es cierto que existía el culto a Príapo, el dios del falo permanentemente erecto, protector de los huertos, cuyo nombre perdura en la dolencia del priapismo. Pero Príapo procedía del Asia Menor y era un dios, por así decirlo, de la periferia geográfica y cultural.

Las Dionisias urbanas incluían procesiones fálicas en el corazón de Atenas, y, sin embargo, el kouros, ese joven idealizado que los griegos convirtieron durante siglos en prototipo de belleza masculina y que conocemos sobre todo por la escultura clásica, representaba siempre un cuerpo desnudo, desprovisto de cualquier signo de excitación sexual. La sophrosyne, la templanza, era la gran virtud griega. Platón nos enseña en El banquete que Eros constituye una fuerza capaz de conducir el deseo hacia la contemplación de lo divino. El Eros platónico anhela la eternidad. No era así entre los romanos, para los cuales el deseo formaba parte de una mecánica de explotación.

En todo caso, nada de ello ha desaparecido del todo. El mal de ojo sigue siendo un miedo extendido, aunque sea como superstición, y otro ojo, el ojo turco o nazar, se usa todavía como amuleto protector, tanto en redes como en la vida real. El procedimiento es el mismo que en el fascinum romano, aunque su lógica se asocie más al mito de Perseo. El famoso héroe griego hizo servir el escudo reflectante de Atenea como espejo para no mirar directamente a la terrible Medusa, una de las tres gorgonas, y así poder decapitarla. El nazar devuelve la mirada hostil, condenándola de este modo a padecer el mismo mal que nos desea. El espanto nos persigue y apremia la necesidad de protegernos. El mundo de nuestros padres sigue siendo el mundo de hoy.

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