La cuestión iraní
«Trump no ha conseguido ninguno de sus objetivos en Irán. Quizás, en este momento, ni siquiera sepa por qué empezó la guerra ni cómo va a terminarla»

Ilustración de Alejandra Svriz
El tiempo pasa y Donald Trump no ha conseguido ninguno de sus objetivos en Irán. Quizás, en este momento, ni siquiera sepa por qué empezó la guerra ni cómo va a terminarla sin que su electorado la califique de fracaso. Su primera presidencia se definió por la vieja tentación americana del aislacionismo. «America first» significaba también evitar conflictos sin salida y concentrarse en la política interior. Era el de entonces un gobierno más sólido, con más sentido de Estado, a pesar de las particularidades del presidente. Poco a poco se fue descomponiendo, a medida que prosperaban en el trumpismo personalidades extrañas, demagógicas y oportunistas.
La respuesta posterior de Biden fue desastrosa. En lugar de reforzar el centro natural del país, viró rápidamente hacia las nuevas políticas identitarias de la izquierda que había tomado el control del Partido Demócrata, profundizando así aún más la fractura ideológica del país. El retorno de Trump —frente a otra candidata divisiva como Kamala Harris— apartó cualquier elemento moderado del poder y, lo que es peor, continuó polarizando el debate público en una doble operación que abocaba a la disyuntiva «o conmigo o contra mí». Se diría que este ha sido el tono general de la política del nuevo siglo.
Mientras tanto, el tiempo pasa y el petróleo sigue subiendo e incrementando la cresta inflacionaria. Los máximos se suceden año tras año, ya sea el precio de la vivienda, de la cesta de la compra o del depósito de gasolina. Las elecciones de mitad del mandato apuntan a la baja para el Partido Republicano, con el estrecho de Ormuz cerrado y una guerra sin salida clara que ha sacado a la luz las limitaciones del ejército americano en los nuevos escenarios militares.
Sería ingenuo pensar que China y Rusia no han tomado nota de esta debilidad estratégica e incluso industrial. Los blogueros rusos más cercanos al Kremlin ya reflexionan en voz alta acerca de la necesidad de implementar acciones en Europa similares a las de Irán en el Golfo Pérsico. Es decir, no sólo luchar en Ucrania sino extender el conflicto hasta las bases europeas que dan apoyo a Kiev. La pregunta acerca de Taiwán resulta aún más inquietante: ¿quién cree hoy que las bases americanas en la isla o su poderosa armada podrían resistir un eventual ataque desde el continente?
«Las guerras que no se ganan se convierten en signos de fragilidad externa e interna»
Las guerras que no se ganan se convierten en signos de fragilidad externa e interna. Con todas sus limitaciones, la Unión Europea se aleja de Washington buscando más autonomía estratégica. Parece una buena decisión, tanto en lo militar como en lo económico. La respuesta de Trump al anunciar que retira 5.000 soldados de Alemania —ya veremos en qué queda la amenaza— agrava aún más la desconfianza entre los antiguos aliados. Más aislados, con menos prestigio internacional —el famoso soft power teorizado por los politólogos—, con el estrecho de Ormuz convertido en una pesadilla estratégica, con los depósitos de armamento agotados y las tensiones económicas al alza, es obligado preguntarse por qué esa guerra.
La respuesta sólo puede ser que o bien por ideología, o bien por frivolidad. Es decir, la vieja tentación de la hybris griega, en la cual el orgullo conduce a la caída. Todos los poderosos, por muy encumbrados que estén, terminan enfrentándose a sus límites. Y ese momento es preocupante, porque los adversarios perciben la debilidad. Sin una base industrial potente, América tendrá que centrarse en su reindustrialización y en mantener una amplia red de alianzas, si quiere poder seguir ofreciendo una Pax democrática al mundo. En el caso de que no lo consiga, la tentación antiliberal de modelos autocráticos como el chino no hará sino generalizarse.