The Objective
Victoria Carvajal

El sorprendente aplomo de los mercados

«Que el petróleo se sitúe en 101 dólares y las bolsas estén cerca de sus máximos históricos puede ser engañoso. No hay que descartar una bomba aún por estallar»

Opinión
El sorprendente aplomo de los mercados

Ilustración generada mediante IA.

Atravesamos un shock petrolífero excepcional y los mercados, sin embargo, mantienen un sorprendente aplomo. Desde el 28 de febrero, fecha en que Estados Unidos e Israel iniciaron su ofensiva contra Irán, el régimen persa respondió cerrando el estrecho de Ormuz, la garganta marítima por la que circula cerca del 20% del comercio mundial de crudo y de gas. El tráfico que cruzaba ese paso ha caído de unos 20 millones de barriles diarios a poco más de dos. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) calcula que el conflicto está perturbando alrededor de 14 millones de barriles diarios y ha calificado el episodio, sin matizar adjetivos, como la mayor disrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial.

Mayor que el embargo de 1973. Mayor que la Revolución iraní de 1979. Mayor que la crisis en la oferta que supuso la invasión rusa de Ucrania en 2022. Las dos crisis del petróleo de los años setenta arrastraron al mundo a una recesión y a una espiral inflacionista sin precedentes. El crudo se multiplicó entonces por cuatro en cuestión de meses. Hoy, el Brent —que tocó su pico el 8 de marzo en 126 dólares por barril— ronda los 100-110 con considerable volatilidad, y se sitúa apenas un 50% por encima de su nivel de comienzos de año. En términos reales, ajustados por inflación, sigue muy por debajo de los picos alcanzados en las crisis precedentes.

Las bolsas han cedido apenas un 5% desde el shock y se mantienen cerca de máximos históricos. El S&P 500, índice que agrupa a los mayores 500 valores de Wall Street, tuvo un crecimiento de las ganancias por acción del 24,6% en el primer trimestre, el más vigoroso desde finales de 2021.  Los sectores de la energía, tecnología e industrias con exposición a la inteligencia artificial tiran del carro como si el conflicto en el Golfo Pérsico no existiera. ¿Cómo se explica esta resistencia?

Hay tres razones. La primera es el acuerdo para la liberación coordinada de reservas estratégicas: 400 millones de barriles puestos en el mercado por los países de la AIE. La cifra representa más del doble que la respuesta dada a la invasión rusa de Ucrania y es la más elevada jamás pactada en los 52 años de existencia de la agencia. Solo Estados Unidos aporta 172 millones, la mayor contribución de un único país hasta la fecha. La segunda son los beneficios corporativos: las empresas estadounidenses, en particular, llegaban al shock con una posición financiera robusta, márgenes amplios y una revisión al alza de las previsiones de resultados. La tercera, quizá la más relevante, es estructural: las economías avanzadas son hoy mucho menos dependientes del petróleo que hace cinco décadas, y el cambio se ha acelerado en los últimos veinte años. 

Estados Unidos, que en 2005 importaba 12,5 millones de barriles diarios —cerca del 60% de su consumo—, es desde 2020 exportador neto de petróleo. Lo ha hecho posible la revolución del fracking: la combinación de perforación horizontal y fractura hidráulica permitió, a partir de los años 2000, extraer petróleo y gas atrapados en rocas profundas que hasta entonces eran inaccesibles. En una década, esa tecnología llegó a triplicar la producción doméstica del país.

«Las economías de la OCDE necesitan mucho menos petróleo para producir cada unidad de riqueza que hace medio siglo»

La transformación europea es distinta y, aunque menos espectacular, en absoluto desdeñable. La Unión Europea no produce petróleo en cantidades relevantes —importa cerca del 97% del que consume y depende del exterior para algo más de la mitad de su energía total—, pero ha cambiado profundamente la composición de su mix eléctrico: en 2025, el 47% de la electricidad generada en la UE procedió de fuentes renovables y, por primera vez en su historia, la eólica y la solar superaron juntas a los combustibles fósiles. La diversificación posterior a la invasión rusa de Ucrania ha rebajado, además, la cuota rusa de las importaciones europeas de crudo del 26% en 2021 al 2% en 2025.

Hoy, además, las economías de la OCDE, organismo que agrupa a los 38 países más desarrollados del mundo, necesitan mucho menos petróleo para producir cada unidad de riqueza que hace medio siglo gracias a la mayor eficiencia de motores e industrias, al peso creciente de los servicios y a la electrificación parcial del transporte. Son cambios estructurales que han permitido reducir la vulnerabilidad de las economías a las crisis petrolíferas, pero no les hace inmunes a ellas. Algunos de los factores coyunturales que han servido para amortiguar la presente crisis no son sostenibles en el tiempo. 

La incertidumbre con respecto al restablecimiento del tráfico de cargueros en el estrecho de Ormuz sigue siendo máxima. El alto el fuego anunciado el 8 de abril no ha servido para restaurarlo. El tráfico sigue siendo marginal y mayo ha traído nuevos episodios de enfrentamiento entre EEUU e Irán que han hecho rebotar los precios. La guerra ha resquebrajado las reglas que sostenían el comercio mundial y ha devuelto la geografía al centro del mapa estratégico. Durante décadas, la globalización permitió que mercancías y energía circularan como si las fronteras hubieran desaparecido.

El cierre del estrecho, de apenas 39 kilómetros de mar entre Irán y Omán, recuerda que un puñado de cuellos de botella físicos —Ormuz, Suez, Malaca, Panamá…— puede decidir hoy, como hace siglos, el destino de la economía mundial. De paso, la siniestra dictadura de los ayatolás ha descubierto que posee un arma propia de destrucción masiva: no nuclear, sino económica, con epicentro precisamente en ese estrecho.

«De poco sirve que las dos potencias petrolíferas aumenten su producción si el problema del Estrecho sigue sin resolver»

La capacidad ociosa de la OPEP+ es exigua. La AIE la cifra en unos 2,5 millones de barriles diarios, casi toda concentrada en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que por otro lado acaba de anunciar su salida de la organización. Pero de poco sirve que las dos potencias petrolíferas aumenten su producción si el problema logístico de atravesar el estrecho sigue sin resolver.

Las reservas estratégicas, por último, son finitas. 400 millones de barriles parecen una barrera infranqueable, pero equivalen a poco menos de un mes de cobertura plena. Esa cifra, que se reduce semana a semana, compra sólo temporalmente la calma de los mercados. La pregunta es cuál será su reacción si el bloqueo en Ormuz se cronifica, las reservas se agotan, la capacidad ociosa real se revela inferior a lo previsto y la inflación importada por el encarecimiento de la energía empieza a filtrarse a los precios al consumo. Entonces las expectativas sobre los tipos de interés cambiarán radicalmente, los bancos centrales se verán presionados para restringir su política monetaria, la demanda interna caerá como resultado de la restricción del crédito y los beneficios empresariales empezarán a resentirse.

Hay un riesgo elevado de que la aparente calma de los mercados haga asumir a la opinión pública de forma errónea que la crisis ha sido conjurada. Sin esa presión, los gobiernos pueden dilatar su respuesta y las empresas bajar la guardia. La paradoja es que la propia calma de los mercados está aplazando las decisiones —energéticas, fiscales, geopolíticas— que hay que tomar ahora para procurar la estabilidad en el convulso e incierto contexto actual. Que el petróleo se sitúe en 101 dólares y las bolsas estén cerca de sus máximos históricos, algo en principio positivo, puede ser engañoso. No hay que descartar que sea el ruido sordo de una bomba aún por estallar.

Publicidad