Trump, ¿la kriptonita de la derecha internacional?
«Trump es el catalizador de una contradicción que llevaba tiempo latente y que se ha intensificado conforme el movimiento conservador se internacionalizaba»

Ilustración generada mediante IA.
Hace poco más de un año, en febrero de 2025, el vicepresidente estadounidense JD Vance dio un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich que causó un auténtico terremoto. Allí cuestionó abiertamente las bases de la Alianza Atlántica y lanzó una crítica frontal a sus socios. En especial, a sus socios europeos.
Apenas unos días después de aquel shock a la relación transatlántica, el movimiento conservador internacional se reunió en uno de sus templos: la Conservative Political Action Conference (CPAC), que en aquella ocasión se celebró en Washington, DC.
En más de una década de trabajo en ese ecosistema político, aquel evento fue para mí un verdadero punto de inflexión. Un momento de aparente celebración que en realidad escondía una enorme incomodidad política, fruto de una realidad inconfesable. Allí, en Washington, los líderes conservadores occidentales se encontraron literalmente entre la espada y la pared. La pared: su interés nacional; su razón de Estado. La espada: su preferencia ideológica, encarnada en Donald Trump.
Aquella no era una tensión teórica. Para los que estábamos allí era inmediata, visible y casi física. Algunos dejaron ver sus costuras. Santiago Abascal, por ejemplo, evidenció la dificultad de sostener simultáneamente una lealtad ideológica a Washington y una defensa coherente del interés nacional español. Otros optaron por minimizar daños. Jordan Bardella canceló su intervención en el último minuto, prefiriendo ser acusado de cobarde por la prensa estadounidense que de traidor por la francesa.
Hubo también quien entendió mejor la naturaleza del momento. Giorgia Meloni pidió posponer su intervención un día. Ganó tiempo. Y ese tiempo le permitió hacer lo que hoy se ha convertido en el ejercicio más complejo de la derecha occidental: articular un discurso simultáneamente alineado con la Casa Blanca y profundamente patriótico, reivindicando sin complejos la alianza atlántica. La primera ministra italiana —que evidentemente está hecha de otra pasta— fue la única política europea que subió al estrado y logró bajar airosa.
Desde entonces, cada movimiento de Trump ha sido un golpe adicional a esa tensión estructural. Tanto por las decisiones de EEUU en política exterior —como mínimo erráticas y en ocasiones erróneas— como por una retórica agresiva que ahuyenta y enfada a sus aliados y complace a sus enemigos.
Y es que la política exterior de la Administración Trump ha ido situando sistemáticamente a sus aliados ideológicos en posiciones políticamente insostenibles. La «operación judicial» en Venezuela volvió a retratar a la derecha europea. En aquella ocasión, Francia protestó abiertamente, algunos aliados balbucearon nosequé del derecho internacional, y la mayoría aplaudió y vitoreó con gran convicción a Trump. El episodio de Groenlandia volvió a fracturar innecesariamente las relaciones estadounidenses con sus principales aliados europeos, que —con la honrosa excepción otra vez de la derecha francesa— guardaron un silencio sepulcral, y lo mismo ha sucedido con la reciente guerra israelí-estadounidense contra Irán —acompañada de presiones explícitas a los socios europeos para alinearse con Washington o «atenerse a las consecuencias»— que ha terminado de consolidar una percepción incómoda en Europa: Trump ya no parece distinguir entre los nuestros y el resto.
Esta secuencia ha tenido efectos políticos inmediatos. Por primera vez en décadas, los partidos conservadores en Occidente empiezan a ser acusados de antipatriotas por parecer subordinados a una agenda externa. Es un giro de enorme calado, pues el elemento patriótico de la ecuación conservadora parece por primera vez contingente y no necesario.
Canadá y Australia han sido laboratorios tempranos de este fenómeno bajo el segundo mandato de Trump. La proximidad al presidente estadounidense ha dejado de ser un activo electoral para convertirse en un lastre. No porque sus electorados se hayan vuelto súbitamente progresistas, sino porque han percibido una disonancia entre esa proximidad y la defensa de sus propios intereses nacionales. Es más que probable que, sin Trump en la Casa Blanca, Polievre y Dutton hubiesen sido hoy primeros ministros.
Y esa dinámica no se ha detenido. El episodio más reciente ha sido el enfrentamiento público con el papa León XIV, que ha vuelto a colocar a los líderes conservadores europeos ante el mismo dilema. Incluso figuras como Meloni, hasta ahora especialmente hábiles en ese equilibrio, han empezado a marcar distancias. El «basta ya» no es implícito. Empieza a ser explícito.
En este contexto, la pregunta relevante no es qué está haciendo Trump. Eso es evidente: velar por los que cree que son los intereses estratégicos de su país. La pregunta es qué está haciendo —o dejando de hacer— la derecha fuera de Estados Unidos.
Aquí el contraste con una tradición política —o talante personal— más sólida resulta especialmente llamativo. Hace unos meses, en el podcast de Joe Rogan, este tiraba de la lengua a Pierre Poilievre, candidato a primer ministro de los conservadores canadienses, preguntándole por su primer ministro liberal (progresista, en nomenclatura española). Polievre, por su parte, respondía con naturalidad que, como líder de la oposición, criticaba duramente a su primer ministro en el Parlamento canadiense, pero que jamás lo haría fuera de su país.
¿Alguien se imagina hoy algo así en España? ¿Alguien recuerda qué significaba aquello de la «leal oposición»?
No se trata, por supuesto, de idealizar ni de negar la realidad política española. El actual Gobierno ha hecho de la instrumentalización y patrimonialización del Estado una práctica sistemática. Pero precisamente por eso, la exigencia hacia la oposición debería ser mayor, no menor.
La derecha española —como parte de un fenómeno más amplio— se encuentra hoy ante una disyuntiva clara: seguir orbitando en torno a un liderazgo externo o reconstruir una posición propia, anclada en el interés nacional.
En los últimos meses, tanto el Partido Popular como Vox han dado algunas señales, todavía tímidas, en esa dirección, mostrando un cierto latido. Pero ha sido tan prolongado el silencio previo que ese despertar responde más al clamor de su propio electorado que a una convicción estratégica madura. Un clamor que se ha sumado al hecho de que Pedro Sánchez —de quien no se conoce haber desaprovechado una buena crisis, transformándola en oportunidad— haya ocupado ese espacio, erigiéndose en defensor de España, de su ejército y de sus intereses en el exterior.
Trump es el catalizador de una contradicción que llevaba tiempo latente y que se ha intensificado conforme el movimiento conservador se internacionalizaba. Una contradicción que cada derecha europea debe resolver como bien pueda, pero que la española debe abordar con urgencia.