The Objective
Juan Ángel Soto Gómez

¿Quién es español?

«Vox ha querido apropiarse de la retórica de la prioridad nacional sin asumir el coste de definirla»

Opinión
¿Quién es español?

Banderas españolas durante una manifestación. | Europa Press

Hace unos días cometí el error —o el entretenimiento— de abrir X y encontrarme con la pifia boomer de Manuel Gavira que tiraba por tierra la virguería millenial de la «prioridad nacional» de Vox al señalar que un peruano sería tan español como usted después de diez añitos en España. Esto desencadenaba un debate apasionante en redes, en prensa y en más de una sobremesa: ¿qué demonios significa exactamente eso de «los españoles primero»?

La frase, lanzada con rotundidad por Vox bajo la fórmula de la «prioridad nacional», posee la virtud retórica de toda gran consigna política: suena contundente, intuitiva y movilizadora. También posee, como suele ocurrir con las grandes consignas, un pequeño inconveniente: no significa nada hasta que alguien explica qué significa.

Movido por una mezcla de curiosidad intelectual y masoquismo digital, decidí preguntar públicamente algo que me parecía bastante razonable: ¿quiénes son exactamente «los españoles» a los que se pretende priorizar?

Las respuestas fueron de lo más variopintas. Especialmente las que no eran de bots enviados por los mentados arriba. Manolo, digamos, nos regaló a mí y a nuestros lectores una argumentación muy sintomática del nivel de la política actual en nuestro país. De su oferta y de su demanda.

A la pregunta de quién es español —o quién debería serlo—, Manolo respondió, con mucha decisión, lo que considero una pequeña joya de la filosofía política de bar.

—Los nacionales —dijo Manolo

—¿Y quiénes son los nacionales? —pregunté yo

—Los que tienen la nacionalidad —respondió Manolo

—¿Y a quién damos la nacionalidad entonces? —repliqué yo, ya haciéndoseme bola el tema.

—A los nacionales —volvió a responder Manolo, sin despeinarse

—Pero… ¿Quiénes son los nacionales? —pregunté yo ya desesperado.

—Los que tengan la nacionalidad —sentenció Manolo.

En ese momento tuve la sensación de haber sido absorbido por un agujero negro lógico del que aún no estoy seguro haber salido. Manolo ganó aquel debate por puro agotamiento.

La escena recordaba inevitablemente al ya célebre documental de Matt Walsh, What Is a Woman?, en el que la incapacidad contemporánea de algunos para definir qué es una mujer derivaba en una hilarante concatenación de tautologías: una mujer es aquella persona que se autodefina o declare como tal. Pero entonces, ¿quién es una mujer? Pues eso. Aquí asistíamos al mismo fenómeno aplicado a la nación: los españoles son los que tienen nacionalidad española, y tienen nacionalidad española porque son españoles.

La cosa tendría poca importancia si estuviésemos ante una mera anécdota de redes sociales. Pero no lo estamos. Porque Vox ha introducido en el debate público una cuestión de enorme trascendencia política, filosófica y civilizacional: qué es exactamente la nación española y quién forma parte sustantiva de ella.

Y una vez abierta esa puerta, ya no basta con repetir consignas. Hay que dar respuesta.

Toda política de prioridad nacional descansa sobre una premisa sencilla: existe un demos, una comunidad política delimitable, cuyos miembros merecen preferencia en la asignación de recursos, derechos o protección por parte del Estado.

Pero eso obliga a responder una pregunta previa: ¿cómo se define esa comunidad? Porque si la nación es simplemente un conjunto administrativo de personas con un pasaporte expedido por el Estado, entonces la prioridad nacional no significa absolutamente nada nuevo. Bastaría con mantener el sistema actual: nacional es quien el Estado dice que es nacional. Punto final.

Pero si Vox quiere decir algo más profundo —y evidentemente quiere decir algo más profundo—, entonces debe explicar qué criterios sustantivos justifican esa pertenencia.

«Hay que explicar quiénes son los españoles, por qué lo son, qué les hace tales, y en virtud de qué principios alguien deja de serlo o pasa a serlo»

¿Es español quien nace en España?

¿Quien hable español?
¿Quien tiene ascendencia española?
¿Quien comparte cultura hispánica?
¿Quien se asimila plenamente?
¿Quien profesa lealtad política a la nación?
¿Quien forma parte de una determinada tradición histórica?

Cada respuesta lleva a consecuencias políticas distintas. Y todas son controvertidas, lo que no quita que algunas sean más acertadas que otras, e incluso que haya algunas que sean directamente buenas. La prueba de que la cuestión no es banal es que, ante el vacío conceptual de Vox, otros actores están empezando a llenarlo.

Empiezan a proliferar sectores de la derecha identitaria que articulan respuestas propias. Algunos reivindican una definición prohispanidad, sosteniendo que la comunidad nacional española no puede entenderse plenamente sin referencia a su matriz civilizacional hispánica, y que un peruano o un mexicano culturalmente asimilado comparte más con España que muchos europeos ajenos a esa tradición.

Otros, por el contrario, abogan por una suerte de preferencia europea, a veces formulada en clave civilizacional, otras en términos abiertamente étnicoraciales: la idea de que España pertenece ante todo a una matriz europea o blanca, y que un estonio sería, en algún sentido relevante, «más próximo» a la nación española que un hispanoamericano.

Son debates incómodos, explosivos y profundamente delicados. Pero son inevitables una vez se introduce el concepto de prioridad nacional en el centro de la conversación política.

Y aquí emerge el verdadero problema político. Vox ha querido apropiarse de la retórica de la prioridad nacional sin asumir el coste de definirla.

Como mucho, ofrece ejemplos puntuales. Españoles primero en ayudas. Españoles primero en vivienda —aunque ojo, el pacto del PP y Vox en Extremadura da acceso a viviendas VPO a un extranjero empadronado en Cáceres, pero no a un español de Toledo—. Españoles primero en empleo. Pero evita cuidadosamente explicar quién entra exactamente en esa categoría y por qué.

No lo hace porque definir implica excluir. Y excluir implica perder votos. 

Porque en el momento en que Vox precise su definición, deberá alienar a alguien:

  • Si adopta una visión puramente jurídica, decepcionará a su ala identitaria.
  • Si adopta una visión hispanista, perderá a sectores etnonacionalistas europeos.
  • Si adopta una visión etnocultural europea, fracturará su base hispanoamericanista y parte de su electorado conservador tradicional.
  • Si adopta criterios de asimilación cultural exigentes, abrirá debates explosivos sobre generaciones nacidas en España.

En otras palabras: definir la prioridad nacional tiene un coste electoral evidente. Especialmente en una España en la que se ha regalado la nacionalidad durante demasiado tiempo, por lo que una definición clara de quién es español inevitablemente implicaría otra sobre El buen español. O el «verdadero». Y por eso Vox, por ahora, parece preferir la ambigüedad calculada.

Llegados a este punto, solo caben tres explicaciones posibles. La primera es que Vox no haya pensado seriamente la cuestión. Si es así, habría actuado con una mezcla de imprudencia y frivolidad impropia de quien aspira a gobernar: abrir uno de los debates más delicados de la política nacional contemporánea sin haber elaborado una respuesta coherente.

La segunda es que sí tenga una respuesta clara, pero no se atreva a formularla. En cuyo caso estaríamos ante cobardía política; saber lo que se piensa, pero carecer de valor para defenderlo.

La tercera es que deliberadamente mantenga la ambigüedad por cálculo electoral. Es decir, saber que definir dividiría, y preferir por ello explotar la potencia emocional del concepto, dejando que cada votante proyecte sobre él su propia interpretación.

Si es así, no sería estupidez ni cobardía. ¿Quizá malicia?

La prioridad nacional puede ser una doctrina perfectamente legítima dentro de una democracia liberal. Todo Estado prioriza, de un modo u otro, a su comunidad política.

Pero precisamente por eso exige el máximo rigor conceptual. No basta con proclamar que «los españoles primero». Hay que explicar quiénes son los españoles, por qué lo son, qué les hace tales y en virtud de qué principios alguien deja de serlo o pasa a serlo.

Porque cuando una nación deja de saber definirse a sí misma, otros lo harán por ella, tanto desde fuera de nuestras fronteras como desde dentro. Y porque la peor forma de abordar una cuestión tan fundamental no es dar una mala respuesta, sino pretender beneficiarse políticamente de la pregunta mientras se evita cuidadosamente responderla.

Tenemos un problema. Porque Manolo no es un personaje de ficción, ni un bot, sino un señor de carne y hueso, muy convencido de la solidez de sus respuestas. Y porque hemos abierto un melón que, imposible ya su cierre, solo toca comérnoslo.

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