Democracias y dictaduras
«Página Indómita acaba de publicar una selección de las conferencias que José Castillejo dio en Londres para la sección internacional de la BBC»

Ilustración de Alejandra Svriz.
José Castillejo puede ser considerado uno de los grandes españoles del siglo XX. Era un hombre sobrio e inteligente, que trabajó por la ciencia y la cultura de nuestro país de un modo callado, como quien se retira del primer plano porque no quiere molestar. A él le debemos la gestión de algunos de los instrumentos de modernización más notables de aquella España que salía del marasmo decimonónico. Como secretario de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, puso en marcha un sistema de becas que permitió a la intelectualidad española de la época formarse en Europa. Ya en el exilio —durante la guerra—, escribió un ensayo fundamental para entender la sinrazón de aquella época: Democracias destronadas, un libro que uno nunca se cansa de releer. Murió en Inglaterra a los 68 años, en 1945. Su fracaso ha sido también el nuestro.
Página Indómita acaba de publicar una selección de las conferencias que Castillejo dio en Londres para la sección internacional de la BBC. Se titula Democracias y dictaduras. Constituye un conjunto de textos maravillosos, plenamente vigentes, que pueden leerse como un tratado de teoría política sobre el sentido y el funcionamiento de las democracias. Al igual que Tocqueville, Castillejo sabía que la democracia es una cultura de la libertad y no una mera acumulación de leyes o una colección de eslóganes más o menos populistas.
«Las democracias» —escribe— «han tenido dos clases de madres: hay democracias hijas de la opresión y hay democracias hijas de la libertad. Cuando un pueblo oprimido bajo el absolutismo no puede soportarlo más, y estalla en una explosión revolucionaria, suele adoptar un absolutismo antiabsolutista, es decir, una dictadura demagógica como la de los jacobinos en la Revolución francesa. El caso contrario es el de los pueblos que, en vez de rebelarse contra la autoridad excesiva para apoderarse de ella, optan por imponerle limitaciones y reducirla al mínimo, es decir, conquistar la libertad antes que la democracia. Así ocurrió en Inglaterra, donde la libertad es muy antigua, y la democracia muy reciente».
En otro pasaje del libro, señala que las que caen son aquellas democracias que fueron engendradas bajo la presión del absolutismo. Por ello, recalca la importancia de la cultura de una sociedad, de sus valores fundamentales, de sus creencias. La relación que mantiene cada uno de nosotros con la tolerancia, con el respeto a las minorías, con la autoconciencia de los propios límites es fundamental. «De donde resulta» –insiste– «que la dictadura es un régimen mayoritario, y que la auténtica democracia es un régimen minoritario, tolerante y protector de los débiles». Tiene así mucho más de memoria compartida, de experiencia histórica, que de ideología.
«’Un gobierno sin enemigos no puede ser gobierno democrático’, escribió en 1943»
Quizás como advertencia para nuestro tiempo, Castillejo pronunció estas palabras en 1943: «Las democracias hijas de las dictaduras surgen repentinamente, en un pedazo de papel que se llama Constitución, y caen en manos de generaciones que, por haber sido educadas bajo el absolutismo, no tienen fe más que en la autoridad; no han conocido la libertad ni saben usarla; no se les ocurre más que oponer una fuerza a otra fuerza; emplean la mayoría para aplastar toda resistencia o disidencia. Arrasar es más sencillo que construir, y las democracias arrasadoras suelen ser incapaces de hacer alto en la embriaguez revolucionaria; no se sienten tranquilas ni satisfechas hasta que el último enemigo ha sido aniquilado, y es bien sabido que un gobierno sin enemigos no puede ser gobierno democrático».
Es una cita larga, pero vale –como tentación– para todas las democracias que han perdido su relación más genuina con la libertad: aquella que no se hace dependiente de las ideologías, sino del reconocimiento de la dignidad de las personas, de cada uno de nosotros.
Lean al maestro José Castillejo si aún no lo han hecho.