Gracie Abrams y el primer salmo
«Nadie sobrevive a la tristeza en soledad. Convertir el dolor en una voz compartida es una necesidad humana tan antigua como el primer salmo»

Ilustración de Alejandra Svriz
Existe toda una industria dedicada a la estética de la tristeza. Pienso en las sad girls –Phoebe Bridgers, la primera Gracie Abrams, Lana del Rey–, cuya propuesta consiste en conjugar el tono desesperado de las letras con una producción musical impecable. O en las sad bangers –Lorde, Caroline Polachek y, en una clave más irónica y luminosa, la mallorquina Maria Jaume–, que introducen la melancolía en la pista de baile. Pienso en el cine o en las series, claro está, y en las arias de ópera y en la pintura clásica. No es casual, ni siquiera desde una perspectiva antropológica. Somos una cultura capaz de construir un mundo sofisticado para consumir la melancolía a la vez que vivimos en una época terapéutica empeñada en eliminar todo signo de dolor o de frustración.
Recientemente, Tara Venkatesan, psicóloga y directora del Departamento de Ciencia Cognitiva de la discográfica Universal Music Group (UMG), cree haber encontrado la explicación de por qué disfrutamos de la tristeza en el arte y, en cambio, la evitamos en el día a día. El concepto clave sería la «apropiación», que consiste en experimentar como nuestras las emociones ajenas. El arte, la música, las series, el cine o la novela nos permiten habitar ese dolor como si fuera propio. Cuanto más auténtico se sienta el sufrimiento del artista, más nos emociona. En esa comunión, la soledad se rompe y surge el reconocimiento. Reconozco en tu dolor el mío; en tu voz, mi voz; en tu tristeza, la mía; en tu esperanza, también mi consuelo. No se trata de una trampa evasiva, sino de algo más hondo, más preciso: el recordatorio de que nuestras vidas necesitan ser narradas.
Estudios como el de Venkatesan —financiados, irónicamente, por la misma industria musical— no deberían sorprendernos. El lenguaje clínico de la ciencia cognitiva describe una experiencia que se ha dado en todas las culturas. Los salmos, por ejemplo, nos ofrecen innumerables ejemplos de esta tristeza apropiable. Son oraciones de desolación, duelo y esperanza que generaciones y generaciones de creyentes han entonado en sus rezos. En la tradición islámica del sufismo, el gran Mawlana Rumi hizo hablar, en su poema Masnavi, a la flauta de caña arrancada del cañaveral, convirtiendo así el dolor en canto. El arte y las religiones han construido amplias estructuras sobre la convicción de que el hombre puede entrar en el lamento colectivo de la humanidad y encontrar en él alivio. De ahí que la belleza –cierta belleza, al menos– nos consuele.
No siempre, por supuesto. Venkatesan señala que, aunque el arte triste puede ser saludable, su exceso puede convertirse en un marcador evidente de depresión. Lo es. Pero lo que subyace es algo distinto. Pienso en una cultura que ha desmantelado las formas comunitarias de duelo y las ha reemplazado por el consumo individual de redes sociales y plataformas de streaming, condicionados siempre por algoritmos y suscripciones. Quizás por eso los conciertos de masas se han convertido en actos culturales de primer orden.
El monje trapense Erik Varden, en los ejercicios espirituales que predicó al Papa esta pasada Cuaresma, se detuvo en la versión de Camden interpretada por Gracie Abrams en su último concierto en Madrid. Aquella noche, con miles de jóvenes llenando el estadio, no pocos corearon las palabras de esa canción para asumir su propia angustia. Nadie sobrevive a la tristeza en soledad. Convertir el dolor en una voz compartida es una necesidad humana tan antigua como el primer salmo.