The Objective
Félix de Azúa

Guerra, arte y una mujer

«La biografía de Berthe Morisot, la mejor pintora de la Francia impresionista, es uno de los asuntos del excelente ensayo de Sebastian Smee ‘París en ruinas’»

Opinión
Guerra, arte y una mujer

El puerto de Lorient, de Berthe Morisot. | Wikimedia Commons

Una clásica discusión entre filósofos del arte disputa si la escuela francesa del impresionismo es o no es el primer movimiento de vanguardia. Voy a recordar a mis lectores más jóvenes que aquella escuela, cuyo nacimiento tuvo lugar entre 1869 y 1874, incluía a pintores como Monet, Pissarro, Sisley, Renoir y (pero solo accidentalmente) Degas. No he mencionado a la protagonista, Berthe Morisot, porque luego me ocuparé de ella. Ni tampoco a su maestro, Édouard Manet, el más grande de todos, pero quien se negó una y otra vez a formar parte de la escuela. Con razón, porque él sí fue el primer vanguardista, junto con Cézanne.

No he mencionado a Berthe Morisot, personaje admirable, porque suele estar preterida en muchas de las historias del impresionismo. Sin embargo, fue ella casi sin duda, la más dotada y la más interesante del grupo, aunque limitada en su imaginario. La biografía de Berthe, siempre a la sombra de Manet y suspendida del gran transformador, es uno de los asuntos del excelente ensayo de Sebastian Smee París en ruinas (Taurus).

Digo uno, porque el estudio lleva como subtítulo Amor, guerra y el nacimiento del impresionismo y se compone de tres grandes asuntos, el amor de Berthe por Manet, la ofensiva de los invasores prusianos seguida de la guerra civil de los Comuneros, y, en efecto, el nacimiento del impresionismo. Porque, asombrosamente, la pintura de esa escuela coincide con uno de los periodos más feroces y brutales de la vida parisina.

Todo sucedió a gran velocidad, en apenas cuatro años. El emperador Napoleón III, un perfecto imbécil al que Victor Hugo llamaba «Napoleon le petit», declaró en 1870 la guerra a Prusia con gran entusiasmo por parte de los parisinos que eran (y siguen siendo) gente rarita. Pocos meses más tarde los prusianos habían aplastado a los ejércitos franceses, puesto en ridículo a sus generales, y capturado al pequeño y muy engreído Napoleón el pequeño. París padeció el asedio durante cuatro meses, hasta rendirse en 1871.

Pero a la rendición le siguió una guerra civil, llamada «de la Comuna» porque fueron los agitadores los que se organizaron en comunas y pusieron a París bajo su dominio, con barricadas en todas las avenidas para impedir que entraran los restos del ejército francés al mando de Thiers. Fue una sangrienta matanza que recordaba los años del Comité de Salud Pública de Robespierre, es decir, el Terror. Matanzas feroces por ambos bandos, hambre, plagas, crímenes y destrucción que terminaron diez días después con decenas de miles de fusilados cuando las tropas de Thiers tomaron París.

«Fue justamente en esos años terribles cuando nació y se afianzó la escuela impresionista»

Pues bien, fue justamente en esos años terribles cuando nació y se afianzó la escuela impresionista (toda ella republicana y enemiga de la monarquía) y es justamente eso lo que desconcierta a los especialistas. ¿Cómo es posible que fuera un baño de sangre y una catástrofe nacional el catalizador de una de las escuelas pictóricas más hedonistas de la historia? Porque, si usted se ha fijado un poco en esos pintores, sus temas son el ocio, la diversión, los hermosos paisajes, las grandes avenidas de París, las elegantes damas reposando sobre la hierba, los caballeros remando en el Sena, y cosas por el estilo. Los historiadores del arte no alcanzan a explicar que hubiera surgido una magnífica escuela que sacralizaba la diversión, la vida de los parques, el mundo como un domingo eterno, la felicidad social, resumiendo: el momento más afirmativo de la pintura desde Botticelli, y que haya nacido justamente en el infierno y en los cementerios.

Esta ha sido la gran errancia de la historia del arte, una especialidad marcada por la sociología y la obediencia marxista. Muchos historiadores han sido incapaces de justificar las variaciones caprichosas del arte, si no era mediante proclamas políticas. Algunos, como el insufrible Albert Boime, explican cada pincelada como si fuera la consecuencia de la lucha de clases, todo ello publicado en cuatro carísimos volúmenes. Algunos, más listos, como T.J. Clark (el mejor, creo yo), exponen excelentes análisis políticos, pero precarias explicaciones artísticas.

Y, sin embargo, a nadie le extraña que el mejor cine de entretenimiento americano se produjera precisamente gracias a dos guerras mundiales y un genocidio. Como si el arte verdadero tuviese alguna obediencia a los sangrientos asuntos de la historia nacional. En el mejor de los casos se puede decir, con mucha prudencia, que los anuncia, que los adivina, que se adelanta a los asuntos nacionales. Los versos de Garcilaso nacieron a los pies de las murallas tunecinas, donde murió como sobresaliente soldado.

Así que guerra, arte… y amor. En efecto, nos falta comentar la brillante y triste historia de Berthe Morisot, la mejor pintora de la Francia impresionista y uno de los personajes más conmovedores del mundo artístico parisino. Su vida, una emocionante novela sentimental, va en paralelo con las dos carnicerías anteriormente mencionadas y les dejo el placer de leerla sin desmontar el argumento.

Creo que Smee tiene mejor disciplina literaria en los episodios de la guerra y las barbaridades civiles, soberbiamente descritas, que en los momentos artísticos. Es muy superior el relato de la guerra franco prusiana, el asedio de París y las carnicerías de la Comuna, que sus comentarios a la pintura de los impresionistas. Aun así, el híbrido de horror, terror, y gozo, es audaz y un verdadero hallazgo.

Nota bene. Si alguien tiene curiosidad, vea en Madrid (Thyssen), la única pintura de Morisot en España, una breve y deliciosa Muchacha ante el espejo que tiene toda la gracia de los interiores «femeninos» de la pintora en donde uno querría refugiarse.

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