La moción de censura
«El PNV y Junts no consideran que sacar a Sánchez de la Moncloa sea una necesidad imperiosa para la pervivencia democrática»

Ilustración de Alejandra Svriz.
No puede uno distraerse ni un minuto si no quiere que el jefe de la oposición se líe con asuntos que no tocan. Alberto Núñez Feijóo se ha dejado enredar en la marea que viene creciendo, sobre todo por las redes sociales, reclamando una moción de censura. A uno, de momento, la propuesta que originariamente partió de Vox le parecía un regalo envenenado para el PP en esa incierta política de acometer antes la disputa por la primacía en la derecha que la tarea perentoria e inaplazable de sacar a Pedro Sánchez de la Moncloa. La moción fracasaría y debilitaría al proponente. Antes habría producido un efecto cuyo principal beneficiario sería el Gobierno sanchista: el cambio de conversación.
No parece razonable que, en una situación en la que el presidente está cada día un poco más acorralado que la víspera, con el juicio de su hermano en Badajoz, la inminente comparecencia de su mujer ante el juez Peinado y la sentencia de Ábalos y Koldo a punto de caer, empecemos a distraernos con la moción de censura.
Hasta ahora se han formulado seis en el Congreso de los Diputados. Me confieso retrospectivamente partidario de la primera, la que presentó Felipe González contra Adolfo Suárez. Diré por qué. Él y toda España sabíamos que la tenía perdida numéricamente, pero podía ganarla y lo hizo desde el punto de vista político. Felipe era una incógnita. Y aquella moción, celebrada entre el 28 y el 30 de mayo de 1980, demostró que en el candidato socialista había madera. Perdió con 152 votos a favor y 166 en contra, 21 abstenciones y una decena de ausencias, entre ellas las de los siete diputados del PNV, lo cual viene a revelar la escala de valores intelectuales y políticos que animan al partido jeltzale: hicieron novillos para no votar a Felipe González, pero votaron afirmativamente la de Pedro Sánchez hace ocho años. En realidad, siempre han hecho estas cosas. Aquel mismo año, en diciembre, todas las instituciones vascas controladas por el PNV cerraron sus puertas en las narices del presidente Suárez en la que había de ser su última visita al País Vasco. Ya es historia que en enero iba a dimitir en vísperas del 23-F. Bueno, pues el mismo partido que se plantó en huelga contra él lo reconocía en diciembre del 81 con uno de los premios de la revista Euzkadi, antecedente de los premios de la Fundación Sabino Arana, por su condición de «benefactor del pueblo vasco», cuando no había tenido tiempo ni ocasión de demostrar esa presunta buena predisposición por razones de calendario.
Feijóo se ha dirigido a Junts y al PNV para hacerles llegar la siguiente consideración: «Desde Vox al PNV, pasando por UPN, Coalición Canaria y Junts, somos 184 diputados los que estamos pidiendo elecciones anticipadas». Anticipándose a la objeción que ambos le iban a poner sobre la presencia de Vox, ha precisado que les ofrece una moción instrumental, sin otro propósito que convocar elecciones: «Para convocar elecciones no necesitamos a Vox en el Gobierno». Y aquí es donde uno empieza a ver un comportamiento errático en el presidente del PP. Tal como están las cosas, Vox es su aliado natural y es un partido más respetuoso con el orden constitucional que los dos a los que corteja. Eso sin hablar de que iba a recibir de ambos el pase del desdén: era un desenlace perfectamente previsible. Jordi Turull, golpista proclamado durante ocho segundos y secretario general de Junts, le retaba a viajar ayer mismo «a Waterloo para reunirse con Carles Puigdemont si tiene una propuesta ‘seria’ que plantear». Aitor Esteban, por su parte, dijo que no apoyarían ninguna moción de censura aunque lleve incorporado el apellido «instrumental».
El PP no parece guardar memoria del comportamiento del PNV en la moción de hace ocho años: pactó con Rajoy los Presupuestos para secundar la moción de censura contra él seis días después. El PNV y Junts no consideran que sacar a Sánchez de la Moncloa sea una necesidad imperiosa para la pervivencia democrática. Los dos son enemigos acérrimos de la democracia española, pero, como diría Juan Carlos Aparicio, no van a matar la vaca sin acabar de ordeñarla.
En la respuesta de Feijóo queda en evidencia su inanidad argumental al interpelar a «quienes sostienen parlamentariamente a un Gobierno sin Presupuestos, sin mayoría y sin decencia», como si la decencia fuera una cuestión secundaria a la hora de elegir socios para la moción.