El lupanar ibérico de Javier Rioyo
El periodista y escritor habla sobre su nuevo ensayo, que rescata la historia de la España de la doble moral

Javier Rioyo en THE OBJECTIVE. | Kevin Borja
Se ha quedado una actualidad perfecta para la última propuesta bibliográfica del periodista y escritor Javier Rioyo: Burdeles, picaderos y lupanares: la historia secreta del deseo. El negocio y la doble moral (Almuzara, 2026). Con abaleros carne de meme en los juzgados, libertadores de meretrices con mejores resultados en la emancipación femenina del prostíbulo que los últimos programas del Ministerio de Igualdad, tenemos un variado ágape de excusas para hablar de la mancebía.
Tratemos, por tanto, el burdel y sus golfos parroquianos. En estos tiempos tan pulcros, tan mirados, rescatar a los antihéroes del pasado y sus casquivanos escarceos es un irónico soplo de aire fresco. Digo irónico porque si de algo nos sirve la obra de Rioyo es para desvelar la práctica más antigua de la civilización. Y no me refiero a la prostitución, que aquí no es fin, sino medio. Hablo de la hipocresía. Un pecado que hemos exprimido al máximo, por los siglos de los siglos, y de formas muy parecidas a pesar de la distancia, como bien expone el ensayo.
Algunos andan enterándose en los juzgados de que jamás fue amor lo que vivieron. Solo intercambio. Un error, como cuenta Rioyo, al que se han visto enfrentados los hombres desde épocas celtíberas. Concretamente en Madrid, la geografía de estudio del autor, aunque cuando echa la mirada al pasado —a los fenicios y luego los grecorromanos—, podemos presumir que sus aseveraciones tienen vocación imperial, no solo local.
La Hispania prostibularia, putativa, que diría Camilo José Cela, es perfecto ejemplo de la doble vara de medir intrínseca a la conciencia y sus moralinas. No hay más que ver la Edad Media, en la que Rioyo profundiza con tino, revelando que no siempre la prenda religiosa fue sinónimo de castidad. Más bien al contrario. Rioyo llega a hablar de protestas clericales, auténticos piquetes del sindicato divino, cuando Alfonso X quiso prohibir los matrimonios de los párrocos. No fuese a quedarse el gatillo sin engrasar.
Esos concubinatos, tiempo al tiempo, cayeron en veto para los pobrecicos seminaristas, condenados al yugo del onanismo culpable. Qué desfogue más triste. Pero no siempre la picaresca corrió —oficialmente, claro— en dirección contraria a las solemnes huestes españolas. Mención especial de este cronista a la sapiencia etimológica desenterrada en la obra de Javier Rioyo. Da gusto pisparse de que «lupanar» viene de «lupa» —es decir, de «loba»— por la leyenda romana de la indomable Lupa, mujer de Faústulo, a quien su señora le limaba una cornamenta de ciervo mientras este andaba pastoreando. Lo mismo que la palabra «ramera» es consecuencia de un cambio simbólico. El de los fálicos monumentos en piedra a Príapo, con miembros viriles y fimóticos, sustituidos por una rama a la puerta de los lupanares.
PREGUNTA- ¿Cómo y cuándo se te ocurrió la idea de esto? ¿Por qué?
RESPUESTA.- Vamos a ver. Esto es una historia que me surgió de una petición de hace 30 años. Este libro tiene una vida inicial con el prólogo del periodista Haro Tecglen. Surgió porque un editor amigo de Espasa-Calpe quería hacer unos libros de lujo y me dijo: «Haz un tema canalla». Yo había hecho muchos reportajes sobre la vida prostibularia porque me dediqué un año a ir con Manuel Ferreras en Radio 3 y Radio Nacional por los barrios chinos, burdeles, cárceles, manicomios… Fue de los trabajos más interesantes de mi vida: un año recorriendo la España profunda.
P.- Una vida durísima…
R.- Iba a los burdeles de carretera a ver la explotación de las chicas. Y de jovencito me inquietaba mucho que algunos amigos mayores iban a Casa La Chata. Era el burdel permitido; oficialmente no estaban autorizados, pero al ser plaza militar, había esa doble vara de medir. La Chata era un personaje; yo nunca fui usuario, pero fui a mirar a la barra. Tenía un trapo tapándole la nariz y se decía que la había perdido por un mordisco de un legionario. Era todo como de fantasía.
P.- Esa doble moral de la que hablas a lo largo del libro.
R.- Luego, en Madrid, en la calle de la Ballesta, había bares modernos. En uno de ellos, el pianista era Manuel Alejandro, el gran compositor de Raphael y Julio Iglesias. Años después, trabajé en una serie e íbamos mucho a Casa Perico, donde venían las chicas, los golfos, los chulos… Cuando me propusieron el libro, decidí hacer uno sobre la vida canalla y empecé a buscar en textos históricos. La prostitución nace con la civilización.
«La prostitución nace con la civilización»
P.- Y cuando empezaste a leer, ¿te apasionó?
R.- Sin duda. En todas las épocas, hasta en el catolicismo más recalcitrante, ha existido. Vi que no podía abarcarlo todo y decidí centrarme en Madrid, aunque hago excursiones a Valencia —que tuvo el gran burdel del siglo XV, con sus normas y protocolo— y a Sevilla. Me metí en el teatro de la picaresca y en el Arcipreste de Hita persiguiendo barraganas.
P.- La palabra «barragana» me encanta.
R.- Eran las que estaban al servicio del clero, chicas que hacían «oficios de todo». Me enredé tanto con la documentación que tuve que pedir dos meses sin trabajo. El libro está resumido respecto al original porque se me iba por todos lados. No quería prescindir del principio porque me parece interesante cómo lo regularon los romanos.
P.- Hay una cantidad de documentación bestial de los primeros siglos, pero es verdad que el siglo XX lo reduces un poco.
R.– Es que ya se me había desbordado. En el libro original hay mucho más del siglo XX, pero decidí quitar cosas para descubrir la época romántica, muy desconocida. ¿Tú sabes qué es la portada del libro? Un dibujo de la reina Isabel II, que tuvo muchísimos amantes porque la casaron con un hombre que era gay. Y el que sale con ella es Carlos Marfori, gobernador de Madrid; Blasco Ibáñez decía que era uno de los chulos más reconocidos de Madrid. Es un retrato de Valeriano Bécquer, que con su hermano Gustavo Adolfo hizo una serie satírica prohibida sobre la reina.
«Personajes poderosos que han abusado del poder los ha habido siempre»
P.- Lo cierto es que, en general, se trata de un tema espinoso. ¿Tiene que ver con lo que está pasando ahora el que haya renacido el libro?
R.- Es, sin duda, oportunísimo, aunque no lo he hecho por oportunismo. Las historias se repiten como el ajo. Personajes poderosos que han abusado del poder los ha habido siempre: Godoy, Felipe IV o Fernando VII. Tenían paso libre para el abuso. La Moncloa o la Zarzuela eran sitios de recreo para esconder lo que querían hacer. Tiene que ver con nuestra historia de la doble moral.
P.- Me refiero a que hoy estamos en una sociedad que mira esto con reserva, lo condena y lo cancela.
R.- Yo estoy a favor de la víctima. Sor Juana Inés de la Cruz decía: «¿Quién es más culpable: el que paga por pecar o la que peca por cobrar?». Generalmente, es un sometimiento y una humillación. Estoy a favor de que se condene el abuso, pero hay que entenderlo y regularlo para que no haya marginación. En mi generación, el burdel representaba un rito de paso de la adolescencia a la madurez. A Borges lo llevó su padre a un burdel en Ginebra y resultó que la mujer que lo iba a desvirgar era la amante del padre; eso lo bloqueó. Dámaso Alonso también iba al burdel por las tardes a tomar ginebras y luego era tan formalito. Ahí no hay ideología ni clase social.
P.- Volviendo al siglo XX en España, me pregunto si el franquismo, al imponer una doctrina moral restrictiva, quizá convirtió un poco la vida golfa en algo más de izquierdas. Como reacción contra el nacionalcatolicismo.
R.- No lo sé si tanto así. Pero Juan Benet y Luis Martín Santos eran burdelescos; se iban al burdel de la calle Hortaleza a tomar sus copas. Eran los «golfos de verdad».
P.- El apartado etimológico es genial.
R.– Es que hay cosas que están claras: ¿por qué lupanar?, ¿por qué mancebía? Porque allí ganaron los mancebos. ¿O el lenocinio? Porque el «leno» era el explotador, el controlador. Es acojonante investigar y escarbar de repente en términos que usamos y que tienen una historia detrás.
P.– Me pareció sorprendente la sucesión de capítulos que yo llamaría: «Con la Iglesia hemos topado».
R.- Si repasas la lista de los papas más conocidos del pasado, tienen hijos reconocidos a los que colocan como obispos. Ese uso no moral estaba normalizado. O los Reyes Católicos: instalaron el catolicismo en contra del islam, ¿y cuál era el premio que daban a sus valedores? Un burdel. Igual que luego daban un estanco. Concesión del burdel de Málaga al señor Chávez… ahí estaba la Iglesia en el juego de las pasiones.
P.- Un libro perfecto para descubrir lo hipócrita que ha sido la doctrina.
R.– Me alegra que me digas eso. Yo no soy un moralista, ni su más extremo contrario, pero entiendo muy bien a los inmoralistas, en el sentido de André Gide. Estamos llenos de trampas que ocultamos y quiero destaparlas. Nunca fui domesticable. Por eso soy amigo, por ejemplo, de Savater. Para mí fue muy importante; él nos trajo a Cioran. Su lección es la valentía para estar en heterosexualidades múltiples. O reconocer que son fantásticos los cómics de Guillermo Brown o las películas de vaqueros.
P.- En el libro hablas de la Inquisición y de Quevedo, dos elementos que parecen ir de la mano en esa época. ¿Cómo encaja su literatura para entender esa sociedad?
R.- Fíjate, sin la literatura barroca y sin la picaresca no entenderías muy bien cómo fue esa sociedad; no la entiendes ni de coña. Quevedo es el gran narrador del lenocinio. Aunque la Inquisición se portaba muy mal con lo que se esquivaba, él y otros autores eran los cronistas de lo que pasaba en la calle. Pasaban del relato geográfico o de la veneración a Dios y hacer la pelota a los reyes —porque tenían que vivir de algo— a bajar al barro y contar las historias de buscones, de busconas, de La lozana andaluza. Toda esa literatura está hecha por grandes renovadores, como Cervantes también, gente que vivía en la calle y con las trampas. Quevedo estuvo encarcelado mil veces por eso. Pero es que, además, comparándolo con Góngora —que era sacerdote—, Quevedo destapa ese mundo de garitos y juego. Góngora escribió las Soledades, que es una maravilla de fuerza lírica, pero luego resulta que también se iba de garitos. Quevedo refleja perfectamente ese mundo de lupanar que convivía con la corte, un mundo que él conocía de primera mano.
«Si se contara la historia erótico-sexual del ejército rojo, nos llevaríamos muchas sorpresas»
P.- Hablas de Carlos III como el único menos sospechoso, pero que aun así prohibió cosas.
R.- Es que Carlos III era un coñazo; no le gustaban los toros, ni el baile, ni la música. Prohíbe cosas y el negocio se vuelve colateral. Pero lo de Felipe IV o Fernando VII es peor: prohíben oficialmente, pero ellos son usuarios, abusadores y tienen hijos por todos lados. Lo prohibían para el pueblo, no para ellos. Esa falsa doble moral está presente hasta en los progres más progres: los republicanos mantuvieron los burdeles. Lo de «mujeres libres» era pura retórica. No hicieron casi nada. Si se contara la historia erótico-sexual del ejército rojo, nos llevaríamos muchas sorpresas.
P.- Por mencionar a alguna mujer sonada del ensayo, hablas de Ava Gardner y el decálogo de Chicote.
R.- Pedro Chicote tenía un decálogo de comportamiento para las «señoritas putas»: no abordar al cliente, mantener la finesse. Ava Gardner visitaba ese mundo; era el mito de la mujer libre. Decían que Dios le dio España porque era divertida y barata. El libro también va de esas seducciones al margen de lo oficial.
«Buñuel era un hombre muy cultivado, un humanista y un lector estupendo, pero en la sexualidad era un poco bruto»
P.– ¿Y qué hay de Buñuel? Le dedicas un capítulo sobre sus perversiones y malos gestos.
R.- Yo hice un documental sobre Buñuel y me jode esa parte de él, porque es verdad. Hablé mucho con Pepín Bello, con amigos y con Paco Rabal. Buñuel era un hombre muy cultivado, un humanista y un lector estupendo, pero en la sexualidad era un poco bruto, un «macho» en sus expresiones. Lo fue con su mujer y también con esa persecución de no querer aceptar que Federico García Lorca fuera homosexual; no podía ser, le pegaba una hostia al que se lo dijera. Y resulta que su hermano Alfonso, que se quedó aquí y fue un estupendo collagista, era homosexual y Buñuel no lo admitía ni quería hablar de ello. Es una contradicción, pero vivimos con ellas. Como curiosidad: el escultor de la estatua del Cid de Burgos usó el cuerpo de Alfonso, el hermano de Buñuel, para la obra.
P. Acabas con Cela y esta frase: «No culpemos a nadie, que el pecado es de todos».
R.– Cela era un maestro. Pisó la calle, conoció el mundo oscuro de la posguerra. Y creo que esa frase, en general, define muy bien la esencia del libro.
