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Cultura

En el camino de Jimmy Barnatán 

El actor y músico recorre en su último documental los famosos pasos de Jack  Kerouac por Estados Unidos 

En el camino de Jimmy Barnatán 

Jimmy Barnatán. | EP

Dícese que en un mundo loco solo los locos están cuerdos. Hay, por tanto, quien no  puede evitar vacilar tras ellos. Quien los sigue cuando van como peonzas enloquecidas,  adicto a su combustión, a la locura de sus palabras y al fervor de su vitalidad,  ausentando lugares comunes para residir en el derrame. Y Estados Unidos es un  país —casi un continente— que, flirteando con los extremos, ha sido cuna de  no pocos locos geniales a los que seguir. 

De Este a Oeste, la tierra de las oportunidades, tan oportunas para el éxito como para  el fracaso más estrepitoso, ha abrigado y dejado en la estacada a las mejores mentes  de cada generación. A ambas orillas del Misisipi, bajo la oscuridad púrpura o la  amarillenta luz de la niebla, se dan cita lo peor y lo mejor de la raza. 

Cuando Jack Kerouac escribió, con idea de aliento y pulso espontáneo, aporreando  con su Underwood un inmenso rollo de papel, En el camino (1957), sabía que esa  selva estadounidense que se traga a sus habitantes, haciéndolos parte de ella, era  inmensa y heterogénea. Una revelación que adquirió recorriendo el país, y a la que  también ha llegado Jimmy Barnatán. 

El actor, músico y escritor, conocido por sus interpretaciones en series como Los  Serrano o Al salir de clase, y largometrajes como Mi gran noche o Torrente, se lanzó  a seguir en 2023, junto al músico Mike Invierno, los pasos de Kerouac por  Estados Unidos. 

Pero Barnatán no lo ha hecho a la manera de los cosmopaletos; de los idealizantes que  hablan con dificultad el inglés, conocen los States solo por pastiches hollywoodianos o  canciones sin traducción en su cabeza, y aun así creen que no hay nada mejor  que el American Way of Life. Signifique lo que signifique eso a a día de hoy…  Tampoco de quienes presumen de que un poblacho de Oklahoma o Nebraska encarna  la promesa de un mundo mejor, mientras ningunean sus vidas en Santander o Albacete (con creces mejores, sin duda, aunque solo sea por la gastronomía). 

Barnatán ha estado vitalmente ligado, como relata en esta entrevista, a Estados Unidos  desde joven, tanto física como culturalmente. Y ese extenso, atribulado y a tientas  errático viaje por carretera ha culminado en un documental que lo atestigua: Sal &  Dean: tras los pasos de Kerouac, dirigido por Rosa García Loire y Miguel  Hualde Viscarret.

En una terraza del centro de Madrid, con su tono ronco, impecablemente roto, de  vigoréxica cuerda vocal que invita a sus asociados vicios on the rocks, Jimmy Barnatán  relata a THE OBJECTIVE sus aventuras al otro lado del charco. 

Haciendo bluseras incursiones en el relato con expresiones en inglés, del estilo: «I  don’t give a shit» o «they call it San Fran right now. I don’t know exactly why», con lo  que no sabes si hablas con Barnatán o con Clint Eastwood en Gran Torino, el artista  revive su infancia, sus aficiones y esas extraordinarias circunstancias que  lo llevaron a este ambicioso proyecto, donde se ha cruzado de todo: gentes  solemnes y graves, quincalla emocional, personas resultonas y emotivas, mercheros  gringos, pistoleros del siglo XXI, mofas, pitorreo y algún que otro susto. 

Pregunta. – Llevas Nueva York tatuado en el ADN, pero tus raíces son  cántabras. ¿Cómo conviven esos dos mundos en ti? 

Respuesta. – Mi relación con Nueva York es orgánica, existe desde que tengo uso de  razón. Mi abuela, Noemí Odari de Barnatán, vivió allí décadas y yo fui desde mi primer  o segundo verano de vida. Es más, fui engendrado allí. Para mí no es «Estados  Unidos», ese concepto abstracto; es Nueva York, el lugar donde se me quitan las  contracturas junto a mi Santander natal. Tengo una frase clásica: mis aurículas son  cántabras y mis ventrículos neoyorquinos. Alguna membrana será madrileña, pero el  pericardio —lo primero que se inflama— es Madrid. Madrid tiene algo de bilis, es  donde sale la infección, pero es una ciudad maravillosa donde me he enamorado y he  trabajado desde siempre. 

P.- Creciste rodeado de lo que podríamos llamar una «jet set» intelectual:  Borges, Umbral, los Panero… ¿Cómo marcó eso al niño que acabaría  cantando blues? 

R.- Tuve el privilegio de escuchar. Mis lecturas estuvieron muy bien tuteladas por mis  padres, Marcos Barnatán y Rosa Pereda. Mi padre tenía predilección por Stevenson.  Crecí viendo a mi madre preparar gin-tonics para los Panero, escuchando charlas  sobre literatura y una filosofía de vivir que no era de esnobs, sino de hechos  fundamentales, sin la pátina de distinción patriótico-territorial-festiva de otros  lugares. En casa el espíritu era internacional: pasaban Cabrera Infante, Cortázar y el  propio Borges, que estuvo allí en el 85. El blues me lo enseñó mi tía Josephine, mi  «hermana mayor» de confidencias; ella me enseñó que el blues es ese gran río del que  nace todo. Y después del blues, el diluvio. Con 11 años, en la prueba para Los  Miserables, le canté a la examinadora el tema de Jevetta Steele, Calling You (Bagdad  Café). Se quedó en shock al ver a un niño conociendo esa canción y cantándola sin  desafinar. 

P.- En tu formación mencionas a Santiago Segura y un «envenenamiento»  por la cultura estadounidense. ¿Cómo ocurrió?

R.- A Santiago le debo mucho; su amistad viene de cuando yo tenía 12 años. La primera  vez que me grabó una cámara fue en un sketch donde él hacía de mi madre. Un hito  clave fue rodando Petra Delicado: me preguntó si me gustaba el cine de mafia y me  invitó a su casa a ver Uno de los nuestros. Yo tenía 14 años y no la había visto. Así,  entre películas y devorando a Ginsberg —al que conocí en el 93—, se forjó mi universo.  De crío, Nueva York no era exótica, era mi casa; luego el cine le dio una pátina de  exotismo, pero ahora ha vuelto a esa «mismidad» de la ciudad que me vio crecer. 

P.- Tu viaje «Coast to Coast» con Mike Inverno nace de una carambola.  Cuéntame cómo se fraguó en el bar Blackbird, de Madrid. 

R.- A Mike lo conocí hace 20 años en Los Serrano. Yo ya había trabajado con su primo,  Félix Vizcarret, en un corto donde mi personaje lograba escapar de una Malasaña que  entonces era un lugar agreste de yonquis y putas. Tras un concierto en el Blackbird,  Mike apareció con gafas ahumadas y sombrero de cowboy. Me dijo si me acordaba de  él y algo así como: «Voy a llevarte a Estados Unidos». Él quería ir con su padre motero,  pero el hombre se pegó una hostia con la moto y dijo que no se metía seis mil  kilómetros ni harto de grifa. Mike me dijo: «Solo pensaba en ti». En mayo del 23  estábamos en Barajas. 

P.- El viaje sigue el rastro de Kerouac, pero no deja de recordar a Hunter  S. Thompson en su búsqueda del sueño americano. ¿Qué buscabais en  esos «márgenes del folio»? 

R.- Buscábamos el sueño americano, un concepto antiguo y dispar. Thompson hizo  ese viaje en Miedo y asco en Las Vegas. Dickens, por ejemplo, también tenía sus Notas  de América; un pasquín colonialista inglés un tanto repugnante, una imbecilidad que  decía que los americanos eran unos cerdos. Nosotros seguimos el esqueleto que marcó  Kerouac en su apartamento de la calle 20 West. Recorrimos el país en un Mustang de  los 90 y un Dodge Charger rojo. Fue un viaje personal e interior; descubrimos dónde  estaban nuestros límites y nuestra libertad. Mike y yo conocimos el día, pero sobre  todo no perdonamos ni una sola noche. Yo soy propenso al insomnio y aproveché cada  momento en que los fantasmas hablan demasiado. Lo que queda de la aventura está  en el documental. 

P.- Seguro que ha habido encuentros más que cinematográficos. 

R.- En Claysville, Pensilvania, buscábamos las típicas casas victorianas descritas en la  novela. Entramos en un garito a eso de las 12 de la mañana pidiendo whisky y una  birra. La camarera nos soltó: «En esta ciudad estamos libres de pecado». Había tipos  obesos mirándonos con banderas, digamos, «complicadas». Al final, nos comimos  unas tortitas, algo tensos, y a la hora de pagar nos dijeron que todo lo había abonado  Randy —el dueño, predicador y alcalde de la localidad—. Después nos pidió que  paráramos de grabar porque quería rezar por nosotros. Tenía una gorra que ponía «La  fe por encima del miedo». Fue una gentileza fanática que nos dejó locos, y acabamos en un momento muy emotivo. Me dio su teléfono y me convidó a llamarlo si quería  cualquier cosa y a que tuviera cuidado con las «mandíbulas metálicas de este país».  Acojonante. 

P.- ¿Alguno más tenso? 

R.- En Denver sí vivimos algo más peligroso. Estábamos en un motel de Colfax  Avenue, un polvero de tráfico de drogas, porque queríamos rendir homenaje al estilo  de vida de En el camino. Un tipo en bicicleta nos abordó en una gasolinera con una  pipa brillante y tuneada en la mano, mientras Mike sacaba pasta. Nos preguntó qué  hacíamos en esa gasolinera. Yo pensé: «Adiós, se acabó, no voy a conocer las onduladas  y doradas olas del Pacífico». Le dije la verdad, que éramos españoles haciendo un docu  sobre lo maravilloso que es Denver. El tío nos miró y, aunque tenía bajada la pistola,  no daba ninguna tranquilidad. A saber cuántas dosis de fentanilo podía llevar en el  mes, ¿sabes? Tras una sonrisa, nos invitó a disfrutar de Denver. Salimos de allí  pitando. 

P.- ¿Qué queda hoy del legado de la Generación Beat y del sueño  americano? 

R.- El legado es mucho más grande de lo que pensamos. Aquí, en España, la antología  de mi padre de 1971 era casi contrabando, lecturas de estraperlo fotocopiadas. Para  Kerouac, el sueño americano era una libertad absoluta, una libertad que trascendía la  idea de libertad de un Estado. Era una libertad del individuo. Hoy el sueño es  individual y material. En Indianápolis logramos hablar con una pequeña brutal porque  en el microcosmos de unas carreras de coches confluían el clásico chalé con buzón y  bandera, con los Ángeles del Infierno o un tío nazi con una esvástica tatuada a cuchillo  y dos revólveres cargados, que nos lo dijo, porque «¿para qué quieres un revólver si no  está cargado?». También hablamos, a lo largo del viaje, con libreros, camareras  aspirantes a escritoras, prostitutas, homeless… EE. UU. es un continente inabarcable;  Seattle no tiene nada que ver con Pensilvania, ni un tipo de Iowa con uno de Nueva  York. Estuvimos en Columbus, en el Café Kerouac, un lugar de encuentro donde los  universitarios leen libros que no encuentran en sus facultades y hablan de política.  Pero, en fin, para saber si hay, o no, sueño americano, hay que ver la peli (ríe). 

P.- ¿Alguna «epifanía» en la carretera? Eso es muy propio de la novela de  Kerouac. 

R.- Cuando llegamos al río Misisipi. Nos quedamos en un templete de pescadores  viendo el atardecer, bebiendo whisky de mis petacas y compusimos una canción  viendo la frontera que formaba el río. Y en el lago Tahoe; allí creí entender la vida, la  muerte y el futuro. Como si me hubiera hinchado a vivir. 

P.- ¿Cómo harías un En la carretera español?

R.- Lo haría con el espíritu de Kerouac y Neal Cassady: ir a descubrir tantísimo que no  conocemos de nuestro país. De hecho, al volver inventé el Cantabria Music Rally: toqué  en los 102 municipios de Cantabria para conocer de primera mano mi lugar en el  mundo, que comparto con Nueva York. No hay nada más beat que afrontar un viaje  como una improvisación de blues.

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