La guitarra flamenca de Paco Soto
El guitarrista murciano se embarca en una gira previa a la publicación de su siguiente álbum tras ‘La mesa redonda’ (2025)

Paco Soto.
Hay un arrebato en la figura del guitarrista flamenco. El duende de sus dedos embruja la mirada. Descarga melodías imposibles, a ritmos rotos y arpegios con acelerones de transbordador, seguidos de un silencio espacial. El tocaor, en éxtasis, parece dominar su instrumento. Como una fiera.
Luego abandona las tablas y la bruma atmosférica se rebaja. Regresa el hombre de una guerra por conquistar el sonido. Y los hay que dejan caer al suelo, como un vestido, su poderosa aura para convertirse en seres tímidos. Discretos. Los hay incluso apesadumbrados. Paco Soto (Águilas, 1991) no se encuentra entre ellos.
El guitarrista murciano anda dándole la puntilla a su cuarto disco. El más personalista, después de La mesa redonda (2025), donde su tratamiento de las cuerdas brilló sobre las voces de Estrella Morente, Israel Fernández e incluso, gracias a una grabación póstuma, de Chavela Vargas. «Fue uno de los momentos más emocionantes de mi carrera, poner música a la voz única de Chavela», asegura Soto frente a un doble en la cervecería Oskar, de la madrileña plaza de Santo Domingo.
Decía que Soto despioja el prejuicio introvertido del tocaor. Todo en él, desde la charla hasta el tono de su guitarra, expira jubileo. Es de esos que con su presencia aligeran la pesadumbre. Una persona ligera, que responde vigorosa a esa «obligación de la alegría» clamada por Fernando Savater. «Casi me muero tres veces, eso educa la forma en que miras el mundo», asegura el guitarrista.
Quizás sea ese careo con la parca, del que Soto ha salido victorioso, lo que lo aleja de lo estomagante y postizo. No hay impostura en su sonrisa, frente a la artificial mueca Profidén a la que tantos rinden pleitesía. Nada gazmoño, filisteísta o cursi. Esa capacidad de obrar un efecto benéfico a su alrededor facilita escucharlo. Reírse. Darle carrete. O red, más bien. No se pescan pocas frases lapidarias y fortuitas de su conversación. «Al componer, me rindo a la alegría. Incluso cuando estoy mal, intento sacar algo alegre. Busco el lado bueno de las cosas. No soy muy dramático en ese sentido», confiesa. «Si tenemos el privilegio de vivir de lo que nos gusta, y no somos responsables con ello, ¿a dónde vamos?».
Pero los privilegios bien pueden trabajarse o heredarse, y el de Paco Soto de vivir a costa de su guitarra tiene un poco de ambos. Los dones, a la manera de las apariciones marianas, llegan a uno sin previo aviso, pero se tornan ineludibles. Cierto, hay quien se desentiende. Hace oídos sordos y manda al garete el talento, desaprovechándolo. Porque hacerse cargo de un don puede ser una jodienda, habiendo de bregar con la exigencia de seguir el camino de la gracia, que acaba convertida en cansina compañera.
«Mi madre dice que yo cantaba antes de hablar», dice Soto. «Aprendí a hablar cantando; tarareaba canciones aunque no me supiera las letras. Con cinco años me apuntaron al conservatorio para estudiar violín, pero me aburría muchísimo. Me pasaba la hora haciendo ritmos y me echaban de clase a la mínima que me ponía a cantar o a tocar la ‘percus’. Al final le dije a mi madre que quería ser más autodidacta».
Soto cuenta con mueca tierna cómo empezó a tocar gracias a su primo Juan. Narra esos primeros contactos aupados por la curiosidad del niño, que agarra la guitarra y la rasguea sin saber bien lo que hace, salvo que le gusta hacerlo. «Yo veía la guitarra ahí, encima de la cama, y me dejaba cogerla. Iba y la aporreaba. Claro, no sabía nada. Un día le dije: ‘Juan, porfa, enséñame algo, tío’. Tenía unos siete u ocho años. Me enseñó tres acordes y se quedó alucinado porque los toqué a la primera».
Un poco a la manera de la etnia, Paco Soto llevaba la chispa. Los gitanos tienen ese nervio en la sangre, como tatuado en el ADN, y para el tocaor se trata de «una pena, una nostalgia, una melancolía. Heredamos una carga sentimental de nuestros padres y abuelos. Mira los niños gitanos: cantan con ese corazón y te parten el alma sin haber vivido esas fatigas, pero ahí está, en las vísceras», asegura Soto. «Hay algo ahí, una herencia, que me hace creer en la existencia de algo más que se nos escapa». Eso no quita para que Soto sea un payo en un mundo de gitanos. Un payo de alma medio moruna, para más inri, pues no se desentiende de esos siete años que pasó en Marruecos durante su infancia, los cuales moldearon parte de su psique.
En barbecho, Paco oía los minaretes, y ese arabismo no abandonó sus dedos. «Empecé a componer para aprender canciones porque no tenía a nadie que me enseñara. En Marruecos no tenía otra manera», dice. «De hecho, tengo como 40 canciones de cuando tenía 12 años». Y de aquel impulso, una curiosa lección revelada hoy: «Antes me pasaba la vida queriendo tocar como un adulto —que todo sonara difícil, para demostrar que sabía—, pero ahora que soy padre quiero tocar como un niño. La música es como las emociones de los niños: directa y sin filtro. Ahora busco la simpleza bien llevada».
Preguntado un poco más en profundidad por su relación con el pueblo gitano, Soto no duda en asumir que los admira y los quiere. «Son como un animal mitológico al que tienes que acercarte y escuchar. La convivencia se vuelve fácil cuando te pones en predisposición de aprender y respetas sus códigos. No vas a ser uno de ellos, pero puedes ser un hermano». Una aseveración que Soto remata con una lección: «Si todos nos fijáramos en ellos un poquito más, aprenderíamos cosas muy valiosas porque son gente muy pura. Al final, no creo en la igualdad de que todos seamos iguales —me parece un concepto falso y hasta terrible—, sino en el respeto mutuo entre nuestras diferencias».
Y yendo a lo musical, ¿qué diferencia a Paco Soto de otros guitarristas flamencos? «Yo no sé definirme», declara tajante el murciano, «pero me dicen que cuando escuchan algo mío saben que soy yo. Un buen amigo, el pianista José María Cortina, me dio la clave: ‘Tío, tú te has criado en Tánger y te suena la guitarra mora; nunca pierdas eso’». Consejo clave para Soto en su camino a la aceptación. «Antes me quejaba de no haber nacido en una familia flamenca para tenerlo más fácil, pero luego entendí que ese sonido ‘marino’ y moruno era mi virtud».
Sin resentimiento, rendido a la chanza, Soto vive la música y la vida con la hondura de la comedia. De la comedia genuina, entiéndase. Esa que no invoca la risa fácil apoyada en el histrionismo, sino que se deja llevar contentadiza, vaciada de mala sangre o rencor, regalando alborozo a quien lo quiera. Quizás algo que se deba a cómo, a lo largo de su carrera, Paco Soto reconoce arrepentimientos, sí, pero no úlceras de culpa. «Me arrepiento de miles de cosas: por fallos míos, por no haber sido más listo, por haber quedado mal algún día, por no haber echado más horas cuando era pequeño… pero no me atormento. Arrepentirse no significa ir latigándose con la culpa. Lo reconozco, aprendo y sigo».
Y sigue, claro que sigue, tanto sigue que presume de una ética laboral rozando el masoquismo. «He llegado a tocar con 40 de fiebre. Para mí el trabajo es sagrado; soy muy responsable. Eso es algo que aprendí de mi padre: él nunca fallaba al trabajo aunque estuviera mal». Para el joven guitarrista, no hay cosa como el esfuerzo. Aunque si hablamos de talento, del je ne sais quoi, su tesis se altera: «El esfuerzo te sirve para tocar muy bien y llegar a una cima técnica, pero para transmitir, tienes que tener talento. Si no tienes esa parte, puedes hacerlo perfecto, pero será frío».
A modo de remate, preguntado por este disco en inminente cajón de salida, el músico presume su excelsa calidad, claro, pero no esa determinación absolutista que claman algunos. «Si pensara que estoy haciendo el mejor disco de mi vida, me retiraría. El que estoy haciendo ahora es el mejor que puedo hacer hoy, pero sé que el siguiente será mejor», destaca risueño. «El éxito para mí es hacer algo que pueda cantar todo el mundo, como las melodías de John Williams que se te quedan grabadas para siempre».
Con la sala aligerada, Paco Soto se acaricia el sedoso pañuelo que porta al cuello; para él, más uniforme que complemento. Relaja la mirada sonriente y asume que, ahora mismo, en el arte, su único objetivo en la vida es seguir. «Antes me ponía metas muy altas y vivía frustrado por cosas que no dependen de mí, como los premios o nominaciones. Ahora, el premio es tocar», afirma. «En esta gira me mola ir cambiando de músicos, rotar con Javier Colina, Alana Sinkey o David de Jacoba, porque me he dado cuenta de que cuando mejor lo hago es cuando peor pienso que me va a salir. Esa sensación de estreno constante me pone mucho».
Vivir como si fuera la primera vez y la última. Esa es la guitarra flamenca de Paco Soto.
