The Objective
Leyendo y escribiendo

Cuando todo se vuelve arma

«Vivimos tiempos de canibalismo nihilista. Una deshumanización fagocita a otra, y otra, y otra. No se asimila nada»

Cuando todo se vuelve arma

Ilustración generada mediante IA.

El verbo «weaponize», volverse algo un arma, se está usando mucho en los análisis de geopolítica. Todo huele a guerra. Hay amenazas por doquier.

En Underground Empire: How America Weaponized the World Economy (Penguin, 2024), Farrell y Newman describen nuestro planeta como un campo de minas que puede explotar en cualquier momento y en cualquier lugar. La obra explica que en los últimos años los Estados Unidos están usando la interdependencia económica como arma arrojadiza de manera oportunista e imprevisible, en interés propio. El sistema de pagos, el comercio, la propiedad intelectual, la energía, los aranceles o las redes digitales se usan como instrumentos de política internacional.

Farrell y Newman muestran que, por mucho que las grandes empresas de esos sectores sean privadas, Estados Unidos las usa para fines geopolíticos. Como reacción, China está construyendo sistemas paralelos que presentan los mismos peligros en el contexto del capitalismo de Estado chino. Europa ha quedado fuera de juego, en una situación muy frágil. A medio o largo plazo, esa dinámica podría tener consecuencias catastróficas para los Estados Unidos y para el orden global.

El libro analiza los errores y quimeras del pasado: la fe ciega en el libre comercio, la creencia de que capitalismo y democracia formaban un binomio inseparable, la ilusión de que las interdependencias comerciales podían garantizar la seguridad, la idea de que el libre mercado conducía necesariamente a la libertad individual o de que podía transformar las sociedades, llevándonos a un mundo sin política ni historia, definitivamente pacificado y domesticado. Todo eso se ha desvanecido. Hay sistemas no democráticos, con bajos niveles de libertad, que tienen grandes ventajas en el capitalismo global. Tras la caída del telón de acero, se ha ido fraguando otro sistema económico y político global. Un momento decisivo de esa transformación fue el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, cuyos ecos todavía resuenan.

En el nuevo desorden mundial, la esfera digital parece dominarlo todo: conciencias, sociedad, economía, seguridad. El valor en bolsa de las cinco mayores empresas tecnológicas estadounidenses (Alphabet, Apple, Amazon, Meta y Microsoft) se acerca al producto interior bruto de la Unión Europea. Esas corporaciones, auténticos imperia in imperio, tienen un inmenso poder económico y estratégico. El conglomerado digital-militar que han formado con la esfera pública genera múltiples dependencias. En Imperialismo digitale: economia e guerra ai tempi delle piattaforme e dell’IA (Laterza, 2026), Dario Guarascio explora ese conglomerado, en Estados Unidos y China, y sus efectos sobre economía y sociedad.

«La aleación entre lo público y lo privado que caracteriza los sistemas políticos actuales se lo pone muy difícil a la democracia»

Para empezar, es un sector que concentra ingentes inversiones de utilidad variable, recursos que se retiran de actividades más útiles para la sociedad, como la educación o la sanidad. En segundo lugar, esas tecnologías permiten un control de una intensidad nunca vista con un impacto notable en la intimidad, deshaciendo las fronteras entre lo público y lo privado, reduciendo la dimensión colectiva y alimentando un individualismo romo. En tercer lugar, muchas de esas actividades son monopolios casi naturales que generan enormes beneficios pero escasa ocupación laboral. La importancia del trabajo humano en la economía del futuro será menor, sin duda. Muchos tal vez sobremos.

En teoría, esas actividades deberían ser servicios públicos fuertemente regulados o incluso gestionados por los poderes públicos, pero se han dejado en manos de empresas privadas, lo que genera asimetrías de poder sin precedentes. La aleación entre lo público y lo privado que caracteriza los sistemas políticos actuales se lo pone muy difícil a la democracia. Algunas de esas empresas están dirigidas por personas de ideología iliberal y abiertamente antidemocrática.

En cuarto lugar, la concentración de esos poderes en Estados Unidos conduce a fenómenos de colonialismo digital, llevando a relaciones de extracción y dependencia con otros países. En fin, hoy se fabrican drones y robots diseñados para matar. Existen dispositivos informáticos que pueden decidir o ayudar a decidir si habrá o no una guerra, quién morirá mañana y cómo. ¿Es posible que algunos de los conflictos que asolan nuestro planeta sean el resultado de un análisis de la inteligencia artificial, de una alucinación en su compleja e insensible arte combinatoria?

Esas dependencias cruzadas no son nuevas, aunque nunca tuvieron la intensidad de las redes globales actuales, con sus puntos neurálgicos y estrechos cuellos de botella de flujos financieros, tecnológicos o de información en los que, si quien los controla lo desea, se puede estrangular un área económica entera, con efectos nefastos para la población. El problema no es tanto la interdependencia como las dependencias asimétricas o con respecto a actores que no comparten los mismos valores. Si aceptas relaciones unidireccionales, te vuelves un esclavo impotente. Si en un momento de ofuscación te atas a un criminal que no duda en asesinar a sus enemigos políticos, ya nunca podrás saber a qué atenerte.

«Volvemos a la lógica de poder ‘puro’ e interés nacional que imperó durante las guerras mundiales»

La transformación de los mercados en campos de batalla tampoco es algo nuevo: en el pasado también se instrumentalizaron a través de medidas coercitivas, amenazas y chantajes, aunque la intensidad de los flujos comerciales globales aumenta el peso de esas amenazas. Siempre hubo un paso, más o menos largo, que llevaba de la guerra económica a la guerra militar, y las guerras comerciales o financieras podían conducir a una espiral de destrucción. Entre las naciones, la paz puede verse como una tregua entre dos guerras.

Por muy larga que sea, la historia muestra que nunca llega a ser perpetua. La guerra, expresión de la agresividad colectiva, podría ser un ruido de fondo que se canaliza a través de conflictos económicos, políticos y culturales. Pero en ciertos periodos se pasa como si nada de la guerra sin explosiones a las bombas. Hay retóricas que lo propician. Hoy estamos viviendo uno de esos momentos. Hemos olvidado la historia del siglo XX. Los valores de la posguerra se han eclipsado. Volvemos a la lógica de poder «puro» e interés nacional que imperó durante las guerras mundiales.

El análisis de Farrell y Newman es lúcido, pero llegan a una conclusión equivocada. Su propuesta es buscar una dinámica positiva en la que «el poder nacional refuerce la legitimidad global y la legitimidad global refuerce el poder nacional», definiendo un área en la que el interés estadounidense y el interés global se solapen. Propugnan mantener esas dependencias como armas «para el bien», por ejemplo, para luchar contra el cambio climático.

Tras 200 páginas relatando los abusos del poder imperial, esa conclusión resulta ingenua. Dan la impresión de no darse cuenta de que el problema es la idea misma del imperio. La ideología del nacionalismo sigue teniendo una fuerza irresistible. Es un velo que no permite ver la realidad. Los imperios siempre persiguen sus propios intereses. La idea de un imperio benévolo que usa los mecanismos de coerción para el bien común es un contrasentido. Por su naturaleza, el imperio tiende a modificar todo lo que le rodea, incluida la esfera de poder económico con la que se fusiona. Lo que Farrell y Newman no alcanzan a ver es la necesidad de instituciones globales eficaces y legítimas que puedan abordar ciertas cuestiones, como el cambio climático, la energía, el comercio, la esfera digital o las finanzas, en la única escala en la que pueden tratarse.

«El imperativo de dignidad humana que recorre la encíclica de León XIV se ve negado a diario por la indignidad circundante»

Me atraen más las ideas de la encíclica Magnifica humanitas, publicada hace unas semanas. Confieso que el título me hizo reír. ¿Hay una punta de ironía en él? ¿Cabe la ironía en una encíclica? Porque se mire como se mire, de la humanidad actual puede decirse de todo salvo que es magnífica. Somos seres complejos, capaces de cosas buenas, pero también de la mayor estupidez y de la mayor barbarie (Un titular de periódico decía ayer: «Estamos sufriendo estupidez y caos, pero sobreviviremos al caos»; a la estupidez, obviamente, no se sobrevive).

El imperativo de dignidad humana que recorre las páginas de la encíclica se ve negado a diario por la indignidad circundante. León XIV lo reconoce. En un pasaje se refiere a una humanidad «magnífica y herida». En otro subraya que «vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural». Y apunta a los riesgos de dominio y deshumanización de las tecnologías digitales. Como reacción, propone prácticas rehumanizadoras que pongan a cada ser humano en el centro, como un fin en sí mismo y no como un dato, también con respecto al trabajo, para evitar que nos convirtamos en consumidores manipulables, medios para optimizar procesos productivos o votantes a seducir con promesas vanas.

La idea de fondo de la encíclica es la antítesis de la weaponization. En efecto, León XIV propone desarmar: desarmar la inteligencia artificial, desarmar todo lo que nunca debió usarse como arma, promover una civilización global basada en el amor, la esperanza, la educación, la igualdad, la justicia y la solidaridad.

No hace falta ser religioso para compartir esas ideas. La razón puede encontrarlas y defenderlas por sí sola. Ahora bien, muchos tal vez serían mejores personas si tuvieran algún tipo de creencia religiosa o espiritual. Con todo, en la época digital es más fácil pregonar la virtud que practicarla. Una humanidad lastrada por múltiples carencias, una razón débil, pulsiones inconscientes, incontrolables, agresividad, codicia, envidia, ¿podrá desarmar un conglomerado tan poderoso de intereses y poder?

Otra expresión en boga es cannibalize (lit.: «canibalizar»). Son las empresas y los actores geopolíticos los que se canibalizan hasta el tuétano. Ese término designa con exactitud el estadio de desarrollo al que ha llegado la «magnífica humanidad». El canibalismo real al menos tenía un sentido como práctica cultural. Hoy ya no se canibaliza para incorporarse simbólicamente la esencia del otro. Vivimos tiempos de canibalismo nihilista. Una deshumanización fagocita a otra, y otra, y otra. No se asimila nada. Buen provecho.

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