Pesadilla en Londres
«La ciudad no trata muy bien a sus habitantes. Atrae a gente adinerada y expulsa a quienes le daban su carácter»

El Big Ben al atardecer. | Vernon Yuen (Zuma Press)
«Cuando uno está cansado de Londres, está cansado de la vida», dijo Samuel Johnson. No sé si estoy cansado de la vida, pero cuatro días allí me dejaron exhausto.
Por las afueras, llegando en tren, edificios en construcción, moles revestidas de ladrillo oscuro. Londres no para de crecer. ¿Vivir allí es vivir en Londres? ¿Dónde empieza y dónde termina? Cuando uno vive fuera y trabaja dentro, lo que hace se llama «commute». «Commute» también quiere decir: cambiar una condena por otra menos severa. Vivir fuera de Londres tal vez sea más leve.
Alquilamos un apartamento por un ojo de la cara. En las fotos todo parecía moderno, espacioso, impecable. Cuando llegamos nos hacen bajar unas escaleras. Está en un sótano. Pregunto si hay ventanas. «Claro. En la habitación hay una ventana», me dice el encargado, un griego que me recuerda a Peter Lorre. Me agacho y veo un patio trasero y una diminuta raya de cielo gris.
Le pregunto cómo funciona la cafetera. Me dice: «Te lo puedo enseñar, pero también puedes hacer una foto y preguntárselo a ChatGPT». «Ugarte», le digo, «yo no quiero que me lo explique ChatGPT. Quiero que me lo expliques tú». Me mira como si fuera un marciano. No es el comienzo de una hermosa amistad.
No iba a Londres desde 2002. Entonces sentí una gran aceleración, un ritmo que no era para mí. Hoy esa sensación se ha centuplicado. En el metro todos van estresados. La gente se pone en fila a la derecha de las escaleras mecánicas. Si estás en la izquierda, enseguida aparece un tipo apresurado que grita «excuse me» con una voz metálica que se te clava en el oído. Te apartas para evitar un atropello, pues no contempla la posibilidad de pararse.
Todo es carísimo. La ciudad no trata muy bien a sus habitantes. Atrae a gente adinerada, inversores, turistas, y expulsa a quienes le daban su carácter. Poco a poco se ha vuelto un gran centro comercial a cielo abierto. El sobreprecio que se paga hasta por respirar no da más vida ni mejor vida.
Claro que hoy en día uno recorre la calle Fuencarral y Carnaby Street sin notar la diferencia. Mismas tiendas, mismos rostros, misma inanidad. La forma de ser anglosajona, con su prolongación estadounidense y global, es un modo curioso de estar en el mundo. Acentúa algunos rasgos de la civilización europea a la vez que reduce los temperamentos que pueden darle un equilibrio. Viven para el trabajo, para el comercio, para los negocios. Tienen un sano pragmatismo que llevado al extremo resulta demasiado crudo. Todo tiene una etiqueta con un precio. Tú tal vez no la veas, pero ellos sí.
Una mañana visitamos la casa de Charles Dickens. Es una construcción modesta. Luego hizo dinero, se separó y se fue a vivir a una villa cerca de Kent. Reliquias de Dickens. Mechones de pelo. Su lecho de muerte. Su sillón. El pupitre que usaba en sus conferencias. Qué grandes son sus novelas. Al mismo tiempo, por las fotos y documentos expuestos, intuyo que era un hombre ampuloso y algo ridículo. También en Dickens, vanidad de los deseos humanos.
En el baño del restaurante indio en el que cenamos la primera noche encuentro un antiguo anuncio de las pastillas Gemini, reconstituyente hormonal para hombres que promete vigor renovado y un mayor gozo de vivir. Indicado para casos de débil procreación, neurastenia, tedio vital, exceso de trabajo, senilidad prematura, alta presión sanguínea, obesidad, etc., etc. En la publicidad aparece un arquero a punto de lanzar su flecha. Al lado, otro cartel publicita el «oonim ointment», que estimula el plexo solar, contrae la próstata y produce una extraordinaria virilidad.
Esperamos media hora a que nos den una mesa. Un anuncio sugiere usar el wifi gratuito para pasar el tiempo. Mientras estábamos en Londres arrestaron al príncipe Andrés. Compramos el Daily Telegraph, uno de esos periódicos gigantescos con los que uno podría cubrirse en las noches de invierno. En la foto de la portada tiene las manos unidas, la cabeza gacha, los ojos rojos. Por la tarde tomamos algo en un pub. Bajo al baño. Han puesto la portada del periódico delante del urinario. Notable efecto diurético.
Visito con un amigo la casa de Samuel Johnson, una isla de tranquilidad en un mar turbulento. Sobre alguien que volvió a casarse tras un divorcio, Johnson dijo: «Es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia». El matrimonio era un tema recurrente en sus ensayos (hay una selección en The Major Works, OUP, 2000). Con el conocimiento acumulado sobre esa institución, también podría decirse de las primeras nupcias. En eso y en general, hoy triunfa la experiencia sobre la esperanza, o la desesperanza sobre la inexperiencia.
En la casa hay un retrato de Francis Barber, el sirviente jamaicano de Johnson, un esclavo de origen africano a quien liberó y educó, dejándole una renta en herencia. En la plaza donde está el edificio hay una estatua de Hodge, el gato de Johnson. El escritor iba a comprarle ostras al mercado. Entonces las ostras eran poco apreciadas. El gato está encima de su famoso diccionario.
Poca gente lee hoy a Johnson, conocido sobre todo por la biografía de Boswell, pero sus ensayos valen la pena. A menudo adopta el punto de vista de los oprimidos o de las mujeres. Era contrario a la esclavitud, al patriotismo, a la pena de muerte y a la prisión por deudas. En un diálogo, un buitre explica a sus crías que el ser humano es mucho peor que el lobo, pues es la única bestia que mata a seres que no devora, sus semejantes, lo que le convierte en un benefactor de los buitres. Johnson fue un adelantado a su tiempo… y al nuestro.
Su diccionario fue muy superior a los anteriores. Por ejemplo, un diccionario de su época definía de la misma forma «perro» y «caballo»: «Animal conocido de los hombres». Pero el trabajo de Johnson no siempre fue un ejemplo de lexicografía. Así define la avena: «Un cereal que en Inglaterra se da a los caballos pero que en Escocia alimenta a la gente».
Johnson escribió un poema sobre Londres en el que dice que allí son todos esclavos del oro, la mirada es mercancía, y se venden las sonrisas. Eso no ha cambiado mucho en tres siglos. Johnson quería buscar refugio en las zonas agrestes de Kent. Poco de agreste queda en Kent. Lo que pasa con esos países tan desarrollados es que poco a poco desaparece la naturaleza. Hasta en el campo te quieren vender un paisaje que recuerda a un cuadro de John Constable, previo pago.
Otro día visitamos el estudio de Sigmund Freud, fielmente conservado, en su casa de Hampstead. La impresión fue inquietante. Todo parecía suspendido en el tiempo y tuve una visión de su cuerpo embalsamado en el diván, tal vez fundido con el de Vladimir Lenin, condenado a autoanalizarse por toda la eternidad. Resultó más agradable el estudio de su hija Anna Freud, que habitó esa casa hasta su muerte en 1982. En un ángulo podía verse el telar que usaba, acaso más útil que el psicoanálisis para mantener el equilibrio mental. Leo algunos textos de Anna Freud (Selected Writings, Penguin, 2015). Son interesantes pero técnicos, menos inspirados que los de su padre.
En Londres se ven muchas personas haciendo equilibrismos y grandes dispendios de energía y dinero para adecuarse a la imagen que quieren dar de sí mismas. Muchas de ellas tienen al menos un nose job, lips job, chin job, etc. Los rostros intactos ya no abundan tanto. Un rostro retocado desentona. Se nota que sobra algo o falta algo, que una pieza del puzle se ha alterado o no está. Mejor ser feo de forma coherente.
Todos los jóvenes lucen el mismo flequillo abultado que intenta ocultar el acné, producto de la mala piel o de posibles intolerancias alimentarias. Los padres lo llevan igual cuando salen de compras con sus hijos.
He visto a gente haciendo cola para entrar en una tienda de ropa. En todas partes te preguntan si tienes alergias. Hoy, si no tienes al menos una no eres nadie. Los padres llevan a sus hijos a varios médicos hasta que descubren la alergia que los distingue de los hijos del vecino. Esa proliferación, ¿no será otro síntoma del malestar en la sociedad?
Vamos a la exposición de retratos de Lucian Freud en la National Portrait Gallery. Lucian y sus compañeros de ruta, Francis Bacon y Frank Auerbach, nunca habrían pintado así si no hubiera existido Sigmund Freud. Aparte de su enfermiza pasión por la carne, tiene ese desarreglo que lleva a mezclar mayúsculas y minúsculas en la misma palabra, incluso en su firma: LuCiAN.
En los pasos de peatones: «LOOK RIGHT, LOOK LEFT, LOOK BOTH WAYS» [«Mire a la derecha, mire a la izquierda, mire en ambas direcciones»]. Una forma de recordarle su tontería al peatón. O en el metro: «MIND THE GAP» [«Cuidado con el hueco»]. Siempre es útil recordarle a uno su tontería. O una forma de decirle: «No te preocupes, la ciudad te protege». O de engañarlo: mira a la izquierda; viene un coche por el otro lado y te atropella.
Inglaterra se basa en el mito de la diferencia insular. Las ventanas son de guillotina. No se les ocurre hacerlas de hojas verticales. Es un sistema que aísla mejor y ahorra energía. O la forma de las aceras, con grandes losas de piedra o cemento. O las escaleras con moqueta, las cabinas telefónicas rojas que han dejado de muestra, los enchufes distintos, las señales en la calzada.
Aquí y allá percibo destellos de antigua belleza arquitectónica. Brunswick Centre, Barbican Centre, la Biblioteca Británica, otros edificios sin nombre ni apellido, muestras de creatividad, armonía, ruptura, algo original que ya no late. A menudo uno pasa delante de oficinas vacías con las luces encendidas y las papeleras llenas. Hay filas de ordenadores abandonados. ¿La empresa ha quebrado y todos han salido corriendo? ¿En breve abrirá otra que durará unas semanas?
Una tienda de juguetes en Regent Street. Unos animadores haciendo el payaso fuera. Cinco pisos de juguetes. Alrededor, tiendas de moda: Breitling, Coach, Gant, Lacoste, Boss, Levi’s, Michael Kors, Hackett, Church’s, Aesop, Lululemon, Kate Spade, etc. Como Sócrates paseando por el mercado de Atenas, me reconforta ver la cantidad de cosas que no necesito ni deseo.
En el antiguo mercado de Covent Garden todavía hay letreros donde se lee «Apples», «Pears», etc., pero hace décadas que no se venden alimentos. Ya solo hay productos de lujo. En el Royal Exchange no se negocia nada: solo hay tiendas de moda. Puedes tomar un té por un precio indecente. En la antigua sala de lectura del British Museum ya no lee nadie. Los visitantes admiran un decorado espectral donde los libros parecen hologramas. Lo antiguo se mantiene como reliquia, pero adulterado y sin función.
Hay una calle con tiendas dedicadas al mercado adolescente de ropa y cosméticos. Viendo a las jóvenes y a sus madres entrar en Mango Teen, Brandy Melville, Hollister y otras, y abalanzarse sobre montones de prendas como si fueran a devorarlas, he pensado que las depresiones actuales palidecerán ante las del futuro.
En la tienda oficial de Harry Potter en la estación de King’s Cross había una hora y media de cola para hacerse una foto en el andén 9 3/4, desde el que salen los trenes hacia el colegio para magos. La tienda era un delirio de gente. Vendían varitas mágicas, ranas de chocolate, corbatas del colegio, caramelos con sabor a vómito, un sinfín de tonterías. Los clientes estaban encantados a pesar de los empujones y los codazos.
¿De dónde sale todo el dinero que circula en Londres, si ya no hacemos nada ni sabemos hacer nada? Es dinero antiguo que sigue moviéndose y reproduciéndose sin razón, en una civilización basada en grandes principios, democracia, libertad, progreso, etc., con una práctica imperfecta, y minada por injusticias internas y externas. Una civilización que sigue tratando de adiestrar a la gente, aunque con convicción y éxito decrecientes, y que vacila entre el hedonismo y la violencia.
El oráculo ha dicho: «Una civilización entera morirá esta noche». ¿Podría ser la nuestra la que se apaga de forma lenta y natural?
