Dos maneras de vivir una ‘Lush Life’
«Me gusta la canción de Zara Larsson, pero me gusta mucho más la de Billy Strayhorn en su apertura y sus posibilidades»

La cantante Zara Larsson. | Ron Smits (EP)
Hay una canción de hace una década que sigue sonando, que niñas y adolescentes siguen bailando con una de esas coreografías que todas saben. No puedo decir que no me gusta. Me gusta lo que tiene de fresco, de sencillo, algo pegadizo, aunque puede volverse pegajoso. Es la típica canción que oyes por la noche y te despiertas tarareándola. La tarareas mientras tomas el café, en la ducha, en el metro, yendo al trabajo, volviendo del trabajo. Está en sol menor, pero es alegre. Hay muchas notas repetidas, estructuras básicas, acordes sencillos. Su alegría está en el ritmo, en la textura, en el bajo, en la suavidad de una voz joven que no conoce la tristeza.
En el vídeo musical la cantante, Zara Larsson, lleva un traje negro de tirantes. Es una rubia de ojos azules, muy guapa. Sabemos que es sueca, lo que contrasta con la voz y con la pronunciación, que parece la de una cantante afroamericana, una cantante de soul o rhythm and blues, con voz profunda y rica, pero con esa moda actual de desarticular los fonemas y buscar una dicción laxa en la que algunas consonantes se deshacen o se acercan a otras, en la que todo es fluido y no hay aristas, una prosodia que me fastidiaba al principio, pero a la que me he ido acostumbrando. Lleva los labios pintados de carmín. Se arranca un collar con un corazón y lo tira al aire con gesto displicente, como liberándose de un amor pasado. En cada imagen aparece con un vestido distinto, uno negro, otro de colores, otro con enormes lentejuelas doradas. El color se mezcla con el blanco y negro, con siluetas oscuras y labios pintados, con figuras esquemáticas.
La cantante esboza un baile rudimentario. Da palmas. Las manos pasan del vientre al pecho, los brazos se cruzan, se levantan, da patadas, pisotones, lanza besos. No baila muy bien. Surgen corazones. No pueden faltar los corazones. La cantante está seria, incluso abatida, o ausente, pero de pronto esboza una sonrisa, parece más serena. Ahora lleva un vestido blanco. Se siente segura y avanza con paso firme. Su larga melena se despliega como en un anuncio de champú. Se multiplica, hay varias Zara Larsson haciendo el mismo baile. Caen rayos, caen pétalos. Tiene un trozo de papel con un número de teléfono: «CALL ME», pero también lo lanza al aire. No va a llamar. Vaya chasco se llevará quien lo haya escrito, que creía haber encontrado el amor de su vida, o del verano. La canción da dos o tres vueltas. Tiene una parte un poco distinta, con ligeras variaciones. Luego se acaba. Es un hit perfecto en su sencillez, en su gancho, en su frescura.
La letra es interesante. Alterna entre una profundidad casi filosófica y una gran trivialidad. Empieza diciendo que vive cada día como si fuera el último, como si el pasado no existiera («I live my day as if it was the last / Live my day as if there was no past»). Es casi lo mismo que recomienda Marco Aurelio en las Meditaciones: «Pasar cada día como si fuera el último». Aunque el filósofo estoico añade: «Sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías» (Gredos, traducción de Ramón Bach Pellicer, 2019). No parece precisamente estoica, Zara Larsson, sino más bien hedonista, pues desea hacerlo toda la noche, todo el verano, como le plazca, bailando hasta el amanecer, incluso más allá del alba, disfrutando más que nadie («Doin’ it all night, all summer / Doin’ it the way I wanna / Yeah, I’ma dance my heart out till the dawn», etc.). Lo que quiere hacer no se elucida y puede referirse al modo de vida que quiere llevar o a otra cosa que se deja a la imaginación del oyente. Fue un flechazo, claro («It was a crush»).
Casi todas las canciones son canciones de amor. Le gustaba, no le bastaba, quería más y más. Pero era solo un flechazo y por eso lo dejó («But that’s all it was, so I gave it up»). Lo dejó porque sí, sin trucos, sin engaños, pues prefiere vivir sin ataduras, sin esposas («No tricks, no bluff, I’m just better off without them cuffs»). Su humor fluctúa, tiene que animarse otra vez, lo que importa es el presente («Went low, went high… / Gotta get back in the groove… / what matters is now»). La canción cambia un poco cuando encuentra otro ligue («Now I’ve found another crush»). Obviamente, iba a encontrarlo con facilidad. Entonces hay unas frases que resultan misteriosas, que tal vez están ahí por cómo suenan más que por lo que dicen: «La vida loca me ha alucinado / Una vez pudo dejarme el rostro sonrojado / No esperaré a la segunda» (traducción libre de «The lush life’s given me a rush / Had one chance to make me blush / Second time is one too late»).
«La letra de la canción de Zara Larsson conmina a vivir en el instante, a exprimir hasta el fondo el limón de la juventud»
La letra se funde con la música. A menudo escuchamos letras que no casan con la estructura melódica, que no entran ni con calzador. Suele pasar con las letras españolas, francesas o italianas cuando tratan de encajar en esquemas de rock o pop, cuyo ritmo no se adapta a la prosodia de esas lenguas. En cambio, qué bien suena el español en un bolero, en las canciones de Agustín Lara, o el francés en las de Brassens, o el italiano cuando canta Domenico Modugno o Gino Paoli.
La letra de la canción de Zara Larsson conmina a vivir en el instante, a disfrutar de los placeres, a exprimir hasta el fondo el limón de la juventud, afrontando cada día como si fuera una tabla rasa. Es un epicureísmo superficial. Una forma de vivir como otra cualquiera, por supuesto. No la peor que pueda pensarse. Pero viéndola bailar así, escuchando su voz y la letra de la canción, uno se pregunta cómo podrá envejecer esta mujer, qué sinsabores le deparará la vida, partiendo de un lugar tan envidiable como peligroso.
Esa canción la escuchan y la bailan mis hijas. No sé si entienden la letra. Tal vez sí. Cuando yo era niño, escuchaba las canciones de los Beatles en el 127 de mis padres. Me encantaba la música pero no entendía nada. Más mayor las comprendí y pensé que no me había perdido gran cosa. Cuando me enteré del título de la canción de Zara Larsson, enseguida pensé en un standard de jazz que lleva el mismo título, Lush Life, del gran Billy Strayhorn, el brazo derecho de Duke Ellington, pianista virtuoso, compositor de temas inolvidables, afroamericano, homosexual, neurótico, retraído, que murió de cáncer a los 51 años, en 1967. Si Zara Larsson la cantó con 17 años, Strayhorn la compuso con 16, algo inaudito, dada la complejidad armónica de la música y la madurez de la letra.
La canción está en Re bemol mayor. En este caso, inversamente a la de Zara Larsson, un tono mayor produce una impresión melancólica, por la letra, por las modulaciones y los cambios de tonalidad. La progresión de acordes, las sustituciones, especie de aliteraciones musicales, la irregularidad de la estructura, resultan originales y sugestivas. Los acordes son complejos y se pueden añadir diferentes tensiones, matizando los sentimientos que transmiten. No es fácil improvisar sobre esa estructura. Es una de esas melodías de jazz, como Waltz for Debby de Bill Evans o Ruby, my Dear de Thelonious Monk, que casi llaman más a la mera interpretación con sutiles variaciones que a la improvisación como tal. También por lo bonita que es la melodía. Uno casi no se atreve a glosarla. Hay que tener un oído entrenado para disfrutar con el standard de Strayhorn. Viniendo de la canción de Zara Larsson, puede resultar oscuro, incluso expulsar al que lo escucha. Es lento, zigzagueante, oblicuo. Su mensaje musical no es unívoco. Acumula tensiones sin resolver. Al final se deshace en jirones y es como si no terminara.
«La letra de Strayhorn es más compleja que la de la canción que canta Zara Larsson»
Como ocurre con todos los clásicos del jazz, hay numerosas versiones. Aconsejaría empezar escuchando las del propio Strayhorn, una instrumental al piano con voces agudas de fondo, otra cantando sin gran voz pero con mucho sentimiento. Luego pasaría a la versión de saxofón solo de Joe Henderson. Vi dos conciertos suyos en Madrid en los años 90, uno en el mítico Johnny, otro en el Conde Duque, y creo recordar que la interpretó en uno de ellos, aunque igual es un falso recuerdo. Henderson, con su instrumento, sin ningún acompañamiento, desgrana y deconstruye la melodía, la armonía, es todo invención y maravilla. Hay una versión cantada de Johnny Hartman, acompañado por John Coltrane. Otra de Nat King Cole. La ha cantado Sarah Vaughan. En la web se puede encontrar una interpretación preciosa de Ignasi Terraza. Durante casi tres minutos solo toca con la mano izquierda. No necesita la derecha. Qué envidia para los que no tenemos mano izquierda. Luego entra la derecha. Deja el rubato y marca el ritmo. Esboza algún solo, pero por lo general la interpretación es contenida, muy cercana a la melodía.
La letra es también más compleja que la de la canción que canta Zara Larsson. Strayhorn cuenta cómo solía visitar los lugares alegres, tal vez con un doble sentido al usar el término «gay» («I used to visit all the very gay places»), antros en los que uno escucha jazz, bebe cócteles y se relaja de las tensiones de la vida. Las mujeres tienen rostros tristes y grises, con restos de su antiguo brillo. «Entonces llegaste con tu canción de sirena / y tu tentación de locura» («Then you came along with your siren of song / To tempt me to madness»). Cree haber encontrado el gran amor pero se equivoca una vez más. La vida es triste y horrible otra vez («Life is lonely again . . . / Life is awful again»). Una semana en París tal vez le ayude a olvidar y a recuperar la sonrisa. Olvidará ese amor, sin duda, y el amor en general, que acaba resultando empalagoso y asfixiante («Romance is mush / Stifling those who strive»). Así, acaba llevando una vida disipada en un antro cualquiera, pudriéndose junto a otras almas solitarias («I’ll live a lush life in some small dive / And there I’ll be while I rot / With the rest of those / Whose lives are lonely too»).
La traducción de «lush» no es fácil. Literalmente y en su etimología corresponde a «lujuriante», «exuberante», «suntuoso». Pero creo que en este caso se refiere a la vida disipada de los que han perdido la juventud, se han visto traicionados una y otra vez por la esperanza del amor y también viven en el momento, que no es el de Zara Larsson. En el momento presente de Strayhorn no hay acordes sencillos ni ritmos seductores, sino tensiones y rubato, como si el tiempo se robara a sí mismo, anulándose. No hay una llamada a disfrutar con bailes y brillos de lentejuelas. Solo vapores alcohólicos, el tugurio oscuro, la pérdida.
Me gusta la canción de Zara Larsson, pero me gusta mucho más y de otra manera la de Billy Strayhorn en su apertura y sus posibilidades. Me gusta Karol G y me gusta Thelonious Monk, y Bach, y Pretenders, y Ravel, y Mozart, y Blasco de Nebra, y György Kurtág… ¿Por qué no gustar de todo?
Me imagino a Zara Larsson y Billy Strayhorn sentados en el banco del parque de una gran ciudad, bajo los castaños en flor. Ella es vieja y sabia. Él es un joven desorientado. Tendrían mucho de qué hablar.
(Por error mi texto pasa por la IA, que me recomienda un final más contundente. Pero yo no quiero un final contundente. Quiero un final desganado que casi no acaba, como el de la canción de Billy Strayhorn).
